lunes, 21 de febrero de 2011

Prima ballerinas: ¿un mundo de poder?
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Por J. Lagos

Personalmente, debo admitir que me mantuvo en una saludable suspenso – no el que hace pensar: ¿cómo terminará esto?, sino la pulsión, la tensión que provoca la trama bien urdida, el tema bien manejado. “El cisne negro” es un magnífico trabajo cinematográfico, que, aunque puede parecer truculento o morboso, en verdad tiene las dosis de ingredientes adecuados para despertar el interés incondicional del espectador dentro de lo que se da en llamar un thriller psicológico de terror.
Estoy hablando obviamente del largometraje de Darren Aronofsky, que se está imponiendo, quizá, en la preferencia del público como mejor película del 2010 en vistas a la próxima entrega de los Oscar. Pero esta es una cuestión que no interesa para esta nota. Sí puntualizamos que el personaje de Nina (Natalie Portman) debe sufrir – además de sus propios terrores – el autoritarismo y la voluntad caprichosa de un cínico coreógrafo (exacto Vincent Cassel) que ¿intenta estimularla? poniéndola en evidencia y burlándose de su pudor y de su candidez. Ella sufre permanentemente por su falta de autoestima.
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Todos recordamos las películas inmersas en el mundo del ballet clásico que el cine ha dado. Sinfonía de París, Momento de decisión, Sol de medianoche, La compañía, Nijinsky o Billy Elliott son algunos de esos títulos. Pero, si retrocedemos en el tiempo, hay dos trabajos (uno de 1948 y el otro de 1951) que tienen puntos en común con este cisne y ambos se refieren a la manipulación que puede llegar a sufrir una prima ballerina – frágil, vulnerable - en manos de un coreógrafo, un empresario o un artista que intenta ejercer sobre ella un poder voluptuoso, totalitario y a veces, hasta inhumano.
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Los dos filmes a los que me refiero son “Las zapatillas rojas” (1948), expresión hechicera del cine de ballet, si las hay, en la que Michael Powell dirigió a una soberbia Moira Shearer, basándose en el cuento de Hans Christian Andersen y “Los cuentos de Hoffmann” (1951), donde se volvió a reunir esta dupla maravillosa.
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En “Los cuentos…” es el artista creador (Spalanzani - Coppelius) enamorado de su criatura mecánica (Olympia), quien la hace danzar sin límites y, de esa manera, ejerce su dominación sobre una materia prima sutil, tenue, que no ofrece resistencia.
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Por su parte “Las zapatillas…” narra la historia de una bailarina clásica que se encapricha con un par de zapatillas mágicas hechas de un furioso satén colorado que obliga a quien las use a bailar por siempre jamás. Clásico cuento del gran autor danés, uno de los más maravillosos escritos por su pluma y su imaginación inigualables.
Hay aquí un empresario déspota que intenta controlar a una muchacha candorosa, ingenua, entregada, ávida de éxito.
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Pero - y aquí viene lo interesante del asunto – en el filme de 1948 el maldito de turno le dice a la muchacha, cuando ella le cuenta que se ha enamorado del compositor: “El bailarín que dependa de las dudosa comodidad del amor humano jamás podrá ser un gran bailarín”.
Sesenta y tres años después, en “El cisne…” el coreógrafo le repite a Nina, atormentándola y burlándose de su supuesta virginidad, que viva y se deje fluir, pues si sigue constriñendo su naturaleza, jamás podrá llegar a ser una gran bailarina.
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Dos posturas diametralmente opuestas que responden, sin dudas, a dos criterios impuestos por los tiempos y sus modas o costumbres.
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Pero – y a esto quería llegar – estas tres películas muestran situaciones que indican una actitud machista, despótica, absolutista ante personajes femeninos que, por una u otra razón, no pueden ofrecer resistencia. Y que quizá son menoscabados pues sus verdugos adivinan que no los pueden poseer.
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En definitiva, toda una cuestión de poder sexista.
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domingo, 20 de febrero de 2011

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Help! (¡Socorro!)
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Por Jorge Piva

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Aproveché parte de mis vacaciones para hacer lo que normalmente se hace en este período, que es trabajar en arreglos domésticos postergados, selección y descarte de cosas inútiles, búsqueda minuciosa de algún objeto o papel extraviado durante el año anterior, y cosas así, con lo cual comencé a extrañar el meticuloso sedentarismo de la oficina. Mientras estaba en esa tarea, encontré diez o quince suplementos de espectáculos que había guardado para una nota que mi pereza recién se dispone a dictarme ahora. Aunque el registro de nombres pertenece a meses atrás, no afecta al sustrato del asunto, como se verá, y estoy seguro que poco cambiaría si me pusiera a actualizarlos coleccionando diez suplementos de estos días.
El asunto es que la lectura de aquellos suplementos de espectáculos me motivó un complejo de inferioridad en cuanto a información, formación o simple curiosidad sobre música actual. En otras palabras, me sentí un bruto musical, porque no pude desentrañar de qué me estaban hablando.
Cito algunos de los grupos y solistas que pasaron por los escenarios cordobeses: Trevor Harmonic, Hyperstatic, Doble Hache Team, Sullivan, Lautremont, Capuchas de Hop, Crosstrown Traffic, Toxic Twins (show visual), In Fieri I (experimentación sensorial), Rouge&Roll, Willy Crook, Artillería Soundsystem, Novik, Hammer, Acuática Point. Los lugares de actuación fueron Abya Yala, The Boss, Studio Theater, Babylon, Urban Club, Undici Resto Bar, Tsunami, entre otros, y algunas entradas se vendieron en Buda Town. Hubo dee jays denominados Morobox (un colectivo pop), Lady Lu y Ameri boy. Un concurso destinado a bandas locales (de músicos) tuvo por nombre Voodoo Lounge Music Contest. Hubieron unos tales GroovePlan y On Fire! que no pude desentrañar qué hacían, pero estaban en la sección de música. Los géneros interpretativos sí estuvieron bien delimitados por los cronistas: pop, rock, covers, techno, punk rock, funk, reggae, pop rock, blues, indie, metalcore, electropop, ska, heavy metal, rock mestizo, grunge, blues-rock.
En un reportaje a uno de aquellos músicos, el entrevistador preguntaba:
-"¿Cómo te ves para un freestyle para tirar alguna rima en una batalla de MC?” En otra nota, se informaba: “La banda de electropop presenta eeMm, su EP debut”.
Un comentario sobre no recuerdo qué grupo o solista –se me hizo imposible retener el nombre en jerga indoinglesa- expresaba el siguiente críptico párrafo, que seguramente es cristalino para la logia de iniciados que cultiva estas aficiones: “…
sigue generando (en pleno siglo XXI) una incendiaria y bien puesta distorsión (saturada).”
Cuando comenzaba a creer que mi irritación por no entender nada de todo ello era producto de estar convirtiéndome en un viejo anticuado y retrógrado, otro párrafo vino en auxilio de mi autoestima, ya que me llevó a pensar que mi ignorancia quizá sea la normal de un ciudadano común y corriente, y en cambio sean algunos de estos artistas los que tienen algún cable pelado. Leí:“Para el observador desapasionado y eventual del reggae nacional, la estrella de Dread Mar-I es hoy, y vaya saber gracias a qué designio divino, la más fulgurante de la escena sustentada por los dreadlocks argentinos. ( … ) Tiene referencias habituales al Ser superior que reconoce como Jah”. Luego el cronista alude al tracklist desarrollado por el grupo.
Quizá ocurra que a semejanza del Síndrome de Estocolmo (la víctima simpatiza con el victimario, dicho en elemental síntesis) los que escriben sobre la “incendiaria y bien puesta distorsión (saturada)” o dan cuenta del “Ser superior que reconoce como Jah”, también terminen con algunos tornillos flojos de tanto confraternizar con estos profetas del ruido.
Lo que no leí en ningún lado es si algo de toda esta parafernalia vale la pena de ir a presenciarse (no digo oírse, porque imagino que las sesiones son a un volumen propiciatorio de la hipoacusia) o si tiene algún atisbo de valor artístico, o si la profusa información es simple publicidad paga o gratuita para la secta ilustrada que en un golpe de oído puede diferenciar el funk del grunge o el indie y
la distorsión (saturada).
Sí, hay un par de cultores de estos ritmos que se autotitulan contestatarios, de protesta o ajenos –y objetores- del circuito comercial. Con cara desafiante para con el sistema capitalista posan para la foto en diarios que leen sectores de medio y alto poder adquisitivo.
¿Es criticable que estos chicos –y algunos disfrazados de tales- elijan nombres extranjeros para denominar grupos y seudónimos, como si ello fuera más prestigioso que llamarse, por ejemplo, “Los roñosos”? De ninguna manera. A mí, que de inglés sé poco más que el this is a pencil del primario, no me gusta. Pero la tendencia es una muestra de lo que somos. Locales de ropa, casas de comida y negocios de todo tipo, desde kioscos hasta inmobiliarias, se bautizan con la pátina de modernidad que supone un anglicismo. Basta recorrer algunas cuadras de cualquier avenida comercial de la ciudad y observar la cartelería para constatar este hecho. Es un mal menor, en todo caso, haber sido colonizados culturalmente a través del idioma de Shakespeare: no quiero pensar lo que sería nuestra nomenclatura comercial con nombres hindúes o nepaleses, y a una pizzería, por ejemplo, la bautizaran raphridatamakputra (para llevar).
Jorge Asís, en su breve gestión como Secretario de Cultura del gobierno de Carlos Menem, propuso obligar a los comercios a utilizar nombres castellanos, y, por ejemplo, anunciar “liquidación” en vez de “for sale” o volver al tradicional “saldos y retazos” en lugar de “outlet”. Tuvo que renunciar ante la ridiculización y el escarnio público motorizado principalmente por el diario Clarín, que en un perfecto ejemplo de inducción interesada de opinión pública convocó a intelectuales y especialistas que opinaron sobre el dinamismo del lenguaje y la imposibilidad de regularlo. (Podría haber convocado a otros tantos que apoyaran la iniciativa). El diario pasó a cobrarse así una vieja deuda: Asís, sin ningún prurito moral, había desnudado las andanzas profesionales y personales de quienes integraban Clarín cuando él trabajó allí, en época de la dictadura, en un libro que se llamó “Diario de la Argentina”. La venganza llegó quince años después y lamentablemente dejó trunco lo que hubiera sido, al menos, un interesante debate.
La misma pregunta anterior: ¿es este nomenclador extranjerizante criticable o preocupante? La misma respuesta: quizá no, quizá sea el epifenómeno de lo que somos, o nos hemos convertido. Hoy en día no hay actividad que no esté nutrida por terminología de otros idiomas, en algunos casos naturalmente (la jerga informática que nos llegó con el desarrollo de esa industria) y en otros por esnobismo o simple tontería (bautizar “Shoes” a una vulgar zapatería). En cualquier momento a nuestras autóctonas y ramplonas pollerías, donde a la vez se venden huevos, las dotaremos de mayor prestigio social denominándolas “Chickens and eggs”.
Especialistas en lenguaje sostienen que este fenómeno de globalización idiomática no representa un peligro para las lenguas nacionales. Quizá más preocupante sea el sustrato de todo ello, que, para no abundar aquí, puede leerse en notas de Juan Marguch que pueden rastrearse por Internet. Así, “La mesa de los argentinos” se inicia con esta frase: “Sorprende que el país que podría producir alimentos para 330 millones de personas haya transferido a capitales extranjeros la casi totalidad de sus industrias de la alimentación”. En “Los dueños de la tierra” Marguch señala que la Federación Agraria estima en un 10% el territorio nacional que pertenece a inversores foráneos, además de que “La mayor producción de soja, azúcar, pollo y carne ha quedado en manos de grandes empresas, casi todas ellas de capital extranjero”.
Ante esto y en la comparación, cualquier jovencito que forme su banda musical y le ponga un nombre inglés –algo ciertamente inofensivo- bien puede comentar estas líneas con el típico gesto anglosajón del dedo anular levantado, gritarnos ¡faquiu, chabón! y no habrá nada para objetarle.
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martes, 8 de febrero de 2011

Tres escritoras. Tres estilos. Tres heroínas .Un mismo tema
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Por J. Lagos
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Coincidentemente – o no, ya que por el temor a las malas traducciones leo libros escritos en español la mayoría de las veces, salvo excepciones que me garanticen buenos traductores, casos Umberto Eco o Ewan Mc Ewan o Martin Amis o Paul Auster y no mucho más – he leído, en estas semanas de verano, tres libros escritos por tres autoras españolas cuyo eje vertebral es la Guerra Civil que devastó a la península entre 1936 – 1939.
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Las tres escritoras a las que aludo son, por orden “de mérito” - empezando por lo menor y terminando por lo mejor- (ojo, que entiendo que esto puede sonar muy antipático y además, es muy personal – las comparaciones siempre son odiosas): Julia Navarro, María Dueñas y Almudena Grandes.
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Vamos por orden, como corresponde.
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Julia Navarro es una periodista que en los últimos años ha tenido un gran éxito con sus novelas, entre cuyos trabajos figuran La Hermandad de la Sábana Blanca o La sangre de los Inocentes. Ha vendido millones de ejemplares.
El título que nos ocupa hoy es Dime quién soy (Plaza & Janés)) un libraco de unas 1100 páginas - además la edición española, la única, es de tapas duras y pesa una tonelá (no lo recomiendo para leer en posición horizontal, precisamente, ya sea en el hogar o en la playa) – que se adentra en la investigación sobre una espía española que los descendientes han emprendido en nuestros días. Encargándole el trabajo a un joven periodista, la novela nos pasea por los años de la Segunda República española, la Guerra Civil, los tiempos de la guerra fría, la Alemania dividida o la caída del Muro de Berlín hasta llegar a la actualidad.
Lineal y desbordado de situaciones, con una prosa simple y con muchísimo diálogo, el libro entretiene por lo que de hechos históricos contiene y también por las coincidencias de las circunstancias, algunas tan inverosímiles que rozan el folletín. No faltan los momentos románticos, asimismo. Si bien la autora no presenta fuente bibliográfica alguna el conocedor del tema advierte las referencias verificables a lo largo de tantas páginas.
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La dejamos a J. Navarro para pasar a María Dueñas, autora de El tiempo entre costuras (Edit. Planeta – 650 págs). Con una prosa finísima, llena de metáforas sorprendentes por lo imaginativas y poseedora de un lenguaje depurado y rico, Dueñas también incursiona en el singular periplo de una muchacha española, que de simple modistilla de Madrid pasa a ocupar un lugar privilegiado entre los espías más reputados de su época. Con personajes de ficción enmarcados en un contexto histórico – y con una buena bibliografía a cuestas – la novela de María Dueñas tiene el tono de su autora, minuciosa en cuanto a verosimilitud (“Las convenciones de la vida académica de la cual formo parte, explica Dueñas en su nota final, exigen a los autores reconocer sus fuentes de manera ordenada y rigurosa”). Un excelente trabajo de una escritora hasta ahora desconocida para mí. Junto a la novela de Navarro, las dos se internan en el universo del suspenso policial.
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Finalmente, llegamos a Inés y la alegría de Almudena Grandes (Tusquets), obra monumental si las hay ya que integra una totalidad de seis volúmenes que la autora tiene planeado escribir en los próximos tiempos titulada Episodios de una Guerra Interminable, inspirada y vinculada a Episodios Nacionales de su admirado Benito Pérez Galdós, según ella confiesa. En alrededor de 730 páginas, Grandes (Las edades de Lulú o El corazón helado, entre otras) descubre para el fascinado lector la calidad de la literatura mayor; de una novela de episodios históricos donde no faltan el amor, ni los celos, ni la duda, ni la traición, ni el dolor, ni la revancha. Con personajes reales y otros de ficción, se recrean los vericuetos y circunstancias de un momento terrible de la historia del siglo XX, mediante una prosa compleja y riquísima por una parte, y sencilla y accesible por otra. A los personajes se los muestra humanos, mucho más que en las dos novelas anteriormente comentadas, quizá porque intentar el suspenso hace que el escritor provoque – a veces - situaciones forzadas.
Está el lector ante una gran novelista que, me atrevo a aseverarlo, aguardará ansioso la continuidad de este trabajo exhaustivo.
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En definitiva y volviendo al título de esta nota: tres escritoras; tres heroínas; tres estilos; un mismo tema. El pasado que vuelve y se refleja a través de lentes con colores y graduaciones diferentes.
Interesante fenómeno, por cierto.

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jueves, 3 de febrero de 2011

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“El cementerio de Praga”, última ficción del gran maestro
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Por J. Lagos
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Tras la catarata de opiniones (algunas divertidas, otras ofuscadas) que ha provocado el último libro de Umberto Eco poco es lo que se puede agregar. Ya mucho ha sido escrito. Esta es simplemente una apostilla más a lo que ha sido dicho mejor por críticos literarios varios.
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El viejo maestro, zorro, astuto, se ha dado el gusto – una vez más, pero quizá más que antes – y ha vuelto a patear el tablero. Con un tema risqué, audaz, atrevido. ¿Pero quién, si no son los más involucrados, se puede sentir tocado? ¿Acaso todo lo que dice no está aceptado, masticado, degustado, en la más cercana iconografía de cada uno de los tipos humanos que analiza hasta trocarlos en clichés? ¿Hasta llegar a transformarlos en estereotipos – rayanos en la caricatura -que se repiten una y otra vez? Él debe haber pensado: ¡no seamos hipócritas, muchachos y digámoslo!
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El personaje principal del libro es una suerte de pintoresco misántropo-misógino, falsificador experto (cercano a una lacra humana) que nada ve bien en los demás - odia a todo bicho que camina…y él, en más de una ocasión, se las ingenia para que vaya a parar al asador. Lo que es seguro es una cosa: conviene tomar con humor este devaneo por los documentos apócrifos que se encarga de trazar – y muy bien – el protagonista del libro, hasta llegar a pergeñar lo que la posteridad conoce como Los Protocolos de los sabios de Sión. Tema controvertido si los hay, que Eco desafía y del cual sale airoso. Nadie se salva aquí: ni los judíos(han puesto el grito en el cielo instituciones varias) ni los católicos (el Vaticano se ha rasgado las vestiduras), ni integrantes de diferentes logias (templarios, masones, carbonarios, cada una ubicada en su tiempo) y comunidades (jesuitas) que en el mundo ha habido…y que seguramente siguen y seguirán existiendo. El tema en definitiva, es desenmascarar a quienes intentan la dominación mundial que, por lo que sabemos, hay y muchos. Ahora, en estos tiempos - llámense corporaciones, gobiernos de derechas y totalitarios, multinacionales, ideologías diversas, bandas, fábricas de armamentos, laboratorios farmacéuticos, etcétera - se siguen irguiendo fantasmas de supuestos dueños de la verdad que intentan apoderarse de voluntades y bienes ajenos. Sobre todo siempre a través de métodos violentos y aberrantes. Las formas cambian pero intrínsecamente el fondo es el mismo...
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Eco, con su conocimiento de la condición humana y tomándolo un poco en solfa, un tanto en serio, pone sobre el tapete una enorme erudición y fascina al lector con todo su conocimiento y con su pluma inigualable. Alrededor de treinta años de investigación para la escritura de este libro se suman a lo que venimos sabiendo de Eco desde siempre: a su talento literario se une un innato sentido del humor que hacen que hasta los temas más urticantes puedan ser tratados con donaire.
En definitiva: ¡Chapeau, maestro!
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miércoles, 26 de enero de 2011

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Vanidad de vanidades…
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Por J. Lagos
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Es casi increíble lo que la vida a veces nos depara en cuanto a experiencia no como actores, sino simplemente como espectadores ¿Por qué digo esto?
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Hace muchísimos años (muchisííííísimos, diría el Chavo) las jovencitas de esta parte de Occidente asistimos, casi azoradas, a uno de los tantos casos de destinos de “cuento de hadas” que los ricos y poderosos suelen vivir con frecuencia. Pero claro, un mismo hecho, protagonizado en 1959, no se veía con la dimensión que una circunstancia parecida podría llegar a tener en este 2011.Entonces, el mundo entero abría la boca ante las desmesuras
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Vamos a los hechos. En una antigua y remota nación – alguna vez conocida como Persia – vivía una pareja de emperadores, hermosos y jóvenes los dos. A él se lo conocía como el Sha Reza Pahlevi, un morocho apuesto y gallardo; a ella, bellísima, con ojos color de esmeralda, se la conocía como la Emperatriz Soraya. Pero el Destino - que suele meter la cola, igual que el Diablo – no les dio descendencia. Y en ese país machista de corte de opereta en el que vivía la familia real con un entorno de lujo sin precedentes (mientras el pueblo, literalmente, se moría de hambre) el emperador se vio obligado a repudiar a su bella esposa; exiliarla en París y conseguirse una jovencita que le asegurara la descendencia…Un misterio, si se piensa bien: ¿habrá habido alguna prueba previa…? Pero, sigamos.
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A la muchacha en cuestión la ubicaron en una antigua familia persa. Evidentemente el Sha ya le había echado el ojo…Se casaron, dejaron atrás el pasado, en apariencia fueron felices y tuvieron cuatro hijos. El mayor, varón, heredero al trono. El tal Sha, habiendo tenido una hija con su primerísima esposa – a quien también dejó atrás – se
sintió más que satisfecho con el primogénito que le regalaba su tercera consorte. Pero… todo tiene un precio ¿no? Los años pasaron y tras los opulentos y casi increíbles festejos para celebrar los 2.500 años del imperio persa (que reunió a la crème de la crème de los poderosos del mundo) este emperador, autoproclamado sucesor de Ciro el Grande, que había seguido con la política de modernización de su país iniciada por su padre – también usurpador del trono - cayó en desgracia: el pueblo se hartó, llegaron los ayatoláes y tras ello, el exilio. Dorado, eso sí. Que osciló en un permanente deambular por varios países mientras la ex emperatriz mantenía incólume su bien ganado título de una de las mujeres mejor vestidas del mundo.
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El Sha murió de cáncer en 1980. Su viuda, Farah Diba, aún joven y hermosa lo lloró con convicción y siguió viviendo en su torre de marfil, mientras criaba a sus hijos al estilo occidental. En 2001 la hija menor sucumbía en París ante un combo de barbitúricos. Semanas atrás, nos llegó desde Boston la noticia del suicidio del menor de los dos varones. Se dijo que ninguno pudo superar el dolor del exilio y las humillaciones sufridas.
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Ante tanto boato y esplendor frente a un pueblo hambreado; ante tanto despliegue increíble de una corte de pacotilla; ante la miseria de tanto imbécil que se la cree; ante la imagen de esa mujer doblada por el dolor que creyó tener el mundo en sus brazos, nos vuelve a la memoria la frase sabia y añeja del Eclesiastés.
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domingo, 16 de enero de 2011

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No habrá ninguno igual, no habrá ninguno…
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Por J.L.
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Comienza el período de tardes largas y tórridas; el cuerpo se afloja un tanto y yo,
que he abandonado esta página desde hace varios meses – lo que denota lo ocupada que he estado en otros menesteres – siento la necesidad de “ponerme al día” (cosa que nunca conseguiré, pues sería cuestión de recuperar el tiempo que se ha dejado pasar, algo imposible) y de expresar una de las tantas conclusiones a las que uno llega después de un día trajinado. Traté de seducirlo periodísticamente a Jorge Piva, mi coequiper en este blog, pero evidentemente mis cantos de sirena ya tienen los anzuelos un poco desgastados… No se dio por aludido el hombre. Entonces me decidí. Varios temas han estado flotando delante de mis ojos, todos haciéndome señas con la mano para ser los primeros en ser tenidos en cuenta. Que la política; que los políticos; que las decisiones que se toman – y las que no se toman; que el verano; que las vacaciones; que el año electoral; que los candidatos…En fin, lista larga e imposible de satisfacer. Por lo tanto he decidido re-comenzar por lo que mejor se me da que es hablar de arte, de espectáculo. De cine, en definitiva.
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Vamos a un estreno de estos días. (No de lo mejorcito, por cierto, pero la cartelera está tan pobre. Es lo que hay).
La película en cuestión se lanza con el nombre de “Noches de encanto”, que demuestra una vez más que quienes son los encargados de titularlas no son precisamente gente muy avisada ni avezada ni avispada para hacerlo. (Le hubieran dejado el original en inglés: “Burlesque”, pero es como pedirle peras al olmo).
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Sigamos. Este filme es, en realidad, un pretexto pergeñado para lanzarla a Christina Aguilera como actriz y para cimentar su espléndida carrera como show-woman. Cosa ésta que la muchacha hace a las mil maravillas: voz poderosa, de buena modulación, temas propios y una excelente bailarina, por otra parte.
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“Burlesque” es el nombre del lugar nocturno de Los Angeles adonde llega esta suerte de Cenicienta buscando el éxito y la fama. Una historia vieja y vulgar que el cine ha reiterado una y otra vez. Hasta aquí ninguna objeción, ya que las actuaciones – la de la propia Aguilera y la de la resucitada Cher, más algunas otras – son discretas. Además el filme cuenta con una muy buena fotografía, con su cuota de filtros, que es como hacerle el photoshopping a una película. Música agradable, hermosas muchachas, estupenda puesta en escena sobre el minúsculo escenario del cabaret en cuestión.
Pero lo que sí me hizo sentir desasosegada fue darme cuenta, una vez más, que no hay nada nuevo bajo el sol… Y en este caso la copia barata y la falta de creatividad me angustian y molestan.
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Hace pocos años, Rob Marshall llevó el cine una versión remixada de “Chicago” el musical que Bob Fosse había hecho legendario sobre los escenarios. Pero en vez de hacer una versión propia – como sí hiciera Sam Mendes en Broadway con el “Cabaret” que Fosse inmortalizara en teatro y cine – se lanzó a una mélange desleída que no era ni chicha ni limonada. Pero al menos admitió que estaba “inspirado” en Fosse.
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Ahora los años han pasado y, como las nuevas generaciones no tienen idea de quién fue ese señor, se intenta copiarlo sin más. Nada de homenajes ni “en memoria de…” Solamente una burda copia, descarada y patética de algunos números musicales que Fosse dejara para la posteridad en “Sweet Charity”,“Cabaret”, “All that jazz” y en la coreografía diseñada para el inefable Michael Jackson (De paso ¿recuerda la escena de la Serpiente en “El Principito”, interpretada por el propio Fosse?).
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Para colmo – y como un remate triste – el genial Alan Cumming (Titus) – que hiciera de Emcee en la versión de Mendes - aquí interpreta a un recepcionista que nada dice en todo el filme. ¿Qué se intentó hacer? ¿Un homenaje? ¿A quién?
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Salí del cine con desazón. Ya el séptimo arte no es lo que era. La industria y la picadora de carne lo están desdibujando. Y no piense que yo creo que “todo tiempo pasado fue…” y que ese preconcepto me lleva a desvariar. Usted y yo sabemos que el poderoso caballero es implacable. Para qué nos vamos a engañar.
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domingo, 17 de octubre de 2010

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Mario Vargas Llosa y su sonado premio
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(Introducción de Jorge Piva a una nota sobre el reciente premio Nobel
de literatura, escrita por Guillermo Arias)
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El Nobel a Mario Vargas Llosa, como suele ser común en cada edición de la entrega del premio, originó una polémica entre escritores, gente de la cultura, políticos y lectores en general. El eje fue el viraje ideológico del escritor (izquierdista en su juventud, liberal en la actualidad, con igual grado de pasión y hasta fundamentalismo en ambos casos). También propensos a los extremos, varios críticos decantaron hacia la simplificación “buen escritor, mal político”, equiparándolo a Borges. La cuestión es mucho más matizada. En este último sentido, Guillermo Arias (subyugado en su juventud por la literatura de Marito y admirador de Borges) ha escrito una nota que explora algunos intersticios de aquella dicotomía esquemática y, como tal, inexacta o incompleta, aseverando que no todo lo que ha escrito es bueno, respetando el derecho a expresar ideas políticas pero rechazando sus últimas declaraciones, que entiende son un ataque injustificado al gobierno democrático y en consecuencia al pueblo argentino. La fundamentación con que está escrita, -alejada de los eslóganes o prejuicios- aunque sus puntos de vista no necesariamente sean compartidos, amerita al menos tenerse en cuenta como un aporte o un desafío, según cada lector, a nuestras propias convicciones. J.P.
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Sobre Marito, su talento literario y su derrape político
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Por Guillermo Arias(*)
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Será mi alma, tal vez
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Como buen hijo adolescente de padres exiliados, y con menos interés artístico que necesidad de temas de conversación para encarar a hermosísimas hijas de otros refugiados chilenos, argentinos y uruguayos que nunca me dieron corte ni me hubieran dado bola aunque hubiera sido yo el mismísimo creador del realismo mágico, devoraba en los años ‘70 y ‘80 toda la literatura latinoamericana contemporánea. Desde Miguel Ángel Asturias hasta Julio Cortázar, de Alejo Carpentier a Mario Benedetti, Octavio Paz, García Márquez; y, por supuesto, Mario Vargas Llosa. No por obligada fue menos placentera la lectura de “La ciudad y los perros” que me impusieron en el cole. Y cada tanto vuelvo a gozar releyendo, regalando o simplemente recordando y comentando episodios de “La tía Julia y el escribidor”. Al igual que sus colegas del “boom latinoamericano”, seguramente por aquellos años Vargas Llosa habrá firmado solicitadas, o participado en conferencias y simposios en los que se hacía saber al mundo que por estos lares se estaban cometiendo atrocidades. Y qué bueno era que gentes conocidas y respetadas por su pluma y por su inteligencia, difundieran aquello que los dictadores se empeñaban en ocultar. Me gustaría -la historia lo dirá- que los dichos de los que bien escriben hayan sido aunque sea una ínfima concausa del retorno de la democracia formal a la América del sur.
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Viviendo la adolescencia en otro país, hijo de exiliados, creía que estaba aprendiendo historia leyendo a Galeano y que hacía justicia omitiendo a Borges de mi biblioteca incipiente. ¡Cómo un hijo de peronistas va a claudicar leyendo a un viejo “gorila” que nunca condenó a Videla!
Y hoy, sin embargo, quizás por Gelman o por Dolina o vaya uno a saber por qué, puedo permitirme llenar el alma, ser otro, disfrutar de veras cada vez que repaso las páginas de “El Aleph”, de “Ficciones”, del “Libro de arena” y poblar una nueva pero siempre incipiente biblioteca con las obras completas, los textos recuperados y los ensayos dantescos del viejo “gorila” que nunca condenó a Videla, ni divinizó al pueblo y renegó de todo lo que asomase como popular, pero que dejó a la lengua de Castilla las páginas más memorables que en ella se hubieran escrito (según este simple lector aficionado que soy).
Los pasajes borgeanos por los que se lo condena al infierno de lo “antipopular” son residuales y por lo general extraños a su obra. Hay que ser muy perspicaz o muy prejuicioso para adivinar al enemigo en sus renglones; tal vez en su cuento “El otro”, quizás en algún poema, pero no mucho más. Creo que a Borges hay que disfrutarlo. Qué me importa hoy en día –desde lo artístico- lo que haya dicho Borges hace mucho en un reportaje, su anatema del peronismo, sus preferencias por lo europeo, si siento que no podría vivir sin leer y releer su obra, si la Literatura no sería la misma sin sus cuentos, sin sus relatos, sin su poesía; si todo estante estaría vacío aun lleno de todos los volúmenes de otras obras que no incluyeran las suyas.
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Y aunque sea también un gran escritor y dueño de una pluma privilegiada, no puedo sentir lo mismo por Vargas Llosa, de parecida ideología a la de Borges. Mi temor a la colimba no nació de improbables amenazas paternas ante berrinches infantiles, sino de la bala misteriosa que mató al conscripto en “La ciudad y los perros”; ese miedo, sin embargo, se compensaba con los contactos sexuales que la milicia aseguraba, según “Pantaleón y las visitadoras”.
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Vargas Llosas, Marito, como lo llama la Tía Julia, es un gran escritor y mucho cariño debería tenerle a quien, con su talento literario, me hizo pasar gratísimos momentos de juvenil lectura.
Pero no. Y aunque no está en mi ánimo reprochar a nadie la profesión de la ideología que se quiera, no puedo sentir aprecio por quien, por ejemplo, escribió el panfleto llamado “Lituma en los Andes”. No hace falta poner ese talento al servicio de una causa innoble. No se puede, creo yo muy humildemente que no se puede, o al menos no es válido, que tan buen escritor sienta odio hacia lo popular, que es de lo que se nutrió gran parte de su obra, y lo exprese cada vez que pueda no sólo en reportajes, discursos de campaña y artículos periodísticos, sino también, y esto es lo que más me duele, en su obra literaria. Que tenga inquietudes políticas no es nada grave, mas no sé si su bien ganado prestigio de hombre de letras lo avalaba para postularse a presidente de su país, dividir votos de la progresía y permitir que tan luego Fujimori gobernara al Perú. No me gusta cuando tan buen literato subordina su creación artística a su militancia política y, a qué negarlo, mucho menos me gusta cuando esa militancia es a favor de ideas y de políticas contrarias a los intereses nacionales y que se traducen en ataques a los movimientos y a los gobiernos que, a los tumbos y como pueden, buscan nuevas y realistas maneras de gobernar cada nación y de integrar nuestro continente de manera distinta y en algunos casos contraria a las formas y los fondos en que se vino haciendo, para desgracia, desde hace ya casi medio siglo.
No; hoy no me gusta Vargas Llosa.
Un premio Nobel de Literatura que por atendibles razones políticas se le negó a Borges, hoy lo obtiene -¿por idénticas razones políticas?- el Marito de la Tía Julia.
Después de todo, el de la Paz, hace un año, se lo dieron al poseedor de la más inconcebible y mortífera panoplia de toda la historia de la humanidad, y lo estrenó bombardeando aldeas desprotegidas. Vargas Llosa estrena el suyo agrediendo a un pueblo hermano, al nuestro, diciendo al día siguiente del anuncio de su galardón que, corroídos por la corrupción del actual gobierno, ya no somos los argentinos cultos ni modernos. En mi ignorancia, yo no sé cuándo lo fuimos ni qué entiende el novel Nobel por cultura y modernidad; quizás algo parecido a lo que nos sucedía antes de la dolorosísima crisis que estalló al iniciarse el siglo, cuando hubiéramos necesitado de su solidaridad y comprensión, y no de unas palabras que Vargas Llosa nos dedicó en el mismo sentido que las de ahora, más propias de un fanático que del excelente escritor que fue y que seguramente es.
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Entre el que me conmovió de adolescente y el de los ataques furibundos a un gobierno democrático, me quedo con aquél, el que en “Elogio de la madrastra”, fue capaz de hacer decir a un personaje
“...esa soy yo cuando, por ti, me saco la piel de diario y de días feriados. Esa será mi alma, tal vez ...”.
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(*)Guillermo Arias es abogado, tiene 45 años y desde hace 8 se desempeña como Secretario Legislativo de la Legislatura de Córdoba. Es autor del libro “Derecho Parlamentario” (Editorial Advocatus, 2009) y de numerosos artículos sobre el tema en diarios y revistas especializadas, entre ellos “Comercio y Justicia” y “Quórum”. Avido lector, en particular de literatura latinoamericana, tiene numerosas notas al respecto y sobre actualidad política –la mayoría aún inéditas- que a lo sumo ha compartido con sus amigos y contactos de correo electrónico.
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