sábado, 24 de julio de 2010

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Sobre el día del amigo
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Por Jorge Piva
jorospiva@yahoo.com.ar

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Hacia 1989 mi destino laboral me llevó a una tarea de clasificación de correspondencia dirigida a la Gobernación de Córdoba. Habían sido las elecciones generales ganadas por Carlos Menem y Angeloz, el candidato presidencial derrotado, reasumió la gobernación un día después. Entonces el secretario de prensa de la Gobernación, de quien yo dependía, me convocó a su despacho para decirme que estaban precisando provisoriamente alguien que supiera leer y escribir, y que habían pensado en mí, no porque yo destacara en esas funciones, sino simplemente porque terminada la campaña electoral –y agotado el presupuesto anual del área- no habría nada que hacer allí hasta el año siguiente, y yo debía justificar mi contrato. Era 15 de mayo.

Mi nueva tarea protocolar comenzó por ordenar una parva de papeles que se habían amontonado desde fines del año anterior, derivando las misivas hacia las áreas correspondientes, según cada tema. Téngase en cuenta que aún no existía el correo electrónico, los teléfonos seguían perteneciendo a la vetusta Entel y la comunicación epistolar tenía una vigencia que ahora nos parece anacrónica. Al cabo de la tarea –y del recalentamiento de la trituradora de papeles- quedaron algunas decenas de cartas cuyo destino o respuesta debía decidir la superioridad. Si bien la mayoría estaba dirigida al gobernador, a éste le llegaba solamente lo que antes había pasado por el secretario del secretario, y luego por el secretario, quienes en el camino disponían por sí la mayoría de las cuestiones. Esto, por comprensibles razones de ahorro de tiempo y atención de quien se suponía estaba para cosas más importantes que decidir si se donaba o no una bandera a los bomberos de Chazón, o si se declaraba de interés provincial un campeonato de bochas en Pasco.

Una de las carpetas más voluminosas era la que rotulé, para simplificar, como “Locos”. Había allí un poco de todo: propuestas para solucionar en un santiamén diversos problemas como el hambre en el mundo o la falta de agua en el desierto, videntes que anunciaban cataclismos varios, inventores, pruebas de la vida extraterrestre y avisos de conspiraciones para asesinar a presidentes, gobernadores y ministros. Recuerdo una deliciosa secuencia que duró varios meses: un grupo de estudiosos de los ovnis, de Tucumán, anunciaba su viaje a Córdoba para una fecha determinada, cuando, según ellos, se iría a producir un aterrizaje extragaláctico en el cerro Uritorco. A medida que se acercaba la fecha las notas eran más apocalípticas, inquiriendo sobre si las autoridades habían tomado los debidos recaudos, extrañados por no haber tenido respuesta. Fue por esos años que algunos vivarachos funcionarios de turismo de Capilla del Monte y alrededores habían vuelto a difundir noticias sobre avistaje de ovnis y fenómenos celestiales. Un noticiero televisivo de entonces, Nuevediario, dedicó varios programas a mostrar lucecitas que se movían en el cielo nocturno (eran autos trepando o bajando el camino a las Altas Cumbres), enanitos verdes y gnomos que salían desde abajo de la tierra. La serie de alertas del grupo tucumano terminó con un telegrama donde avisaban que los extraterrestres habían decidido postergar el aterrizaje.

En medio de todo ello había cartas que si bien no eran extravagantes, no encajaban en la clasificación temática común. Me llamó la atención una correctamente escrita por un tal Dr. Enrique Febbraro, donde solicitaba a las autoridades el apoyo necesario para la difusión de una iniciativa destinada a promover la concordia y la paz entre los argentinos y por qué no en la humanidad toda: el Día del Amigo. Interiorizado sobre el tema, el secretario respondió: “Hay que estar al reverendo pedo para ocuparse de estas cosas”. Yo entonces, que ya había aprendido la diferencia entre la verdad poética y la verdad política, escribí un borrador de respuesta a Febbraro donde se lo felicitaba por la iniciativa, deseándole éxito y asegurándole que el gobierno de Córdoba haría lo que estuviera a su alcance para difuminar en los espíritus de esta provincia la celebración de tan tocante fecha, o algo así. Y lo que estaba más al alcance, al lado del escritorio, era el tarrito de la basura, adonde derivó la carta de Febbraro. No recuerdo si la respuesta la firmó el secretario o el secretario del secretario, o el administrativo que ponía los sellos.

En los meses siguientes llegaron cartas similares y, dado el ajuste presupuestario vigente, directamente se ahorró papel y franqueo; no se respondieron y fueron a parar a lo que estaba al alcance.

Varios años después, alejado yo de aquellos protocolos oficiales, escuché por radio el anuncio de un menú para celebrar el día del amigo. Y después la publicidad de una regalería con el mismo motivo. Me sonreí: la iniciativa de Febbraro había prosperado. Supuse que había interiorizado a alguna cámara comercial, o algunos vendedores habían advertido que la ocasión podía servir para mover un poco el negocio. Mis sentimientos fueron encontrados: por una parte, pensé en la perseverancia de un individuo que un día, solo en el living de su casa, comienza a enviar cartas con una propuesta, que al cabo de los años comienza a efectivizarse. Por otra parte, en la actitud de rebaño abierto a las novedades de buena parte de nosotros, que vamos tras el arbitrio de cualquiera que un buen día se le ocurre cualquier cosa. En este caso, promover saludos, encuentros gastronómicos y regalos por el día del amigo. Pensé que habría quienes se sentirían obligados a comprar un regalito para el amigo invisible, saludar personalmente o por lo menos llamar por teléfono a los amigos, afligidos por la posibilidad de olvidarse de alguien. Y no faltarían quienes no recibieran el saludo y se sintieran menoscabados, elucubrando por qué fulano no lo saludó. Habida cuenta de los destinatarios que generarían dudas: ¿lo saludo o no? Y todo ello porque a Febbraro se le ocurrió, en 1969, viendo el primer alunizaje, que ese día podía festejarse como de concordia universal, paz entre los argentinos y demás etéreos valores.

Febbraro no fue original: diez años antes, un paraguayo perteneciente al Rotary Club –como nuestro inspirador- promovió la Cruzada Mundial de la Amistad entre los Seres Humanos (¿y los animales y vegetales?), en el marco a la vez de un programa o plan o ensoñación de Cultura por la Paz. Con distintos nombres y diversas fechas, la amistad tiene su día festivo en muchos países. No es de extrañar que el tema haya enraizado entre nosotros, propensos a festejar cualquier cosa, hasta las derrotas, como lo demostraron las miles de personas que fueron a recibir a la selección nacional de fútbol luego de su inelegante eliminación del campeonato mundial.

Tiempo atrás, a raíz de que a un diputado bonaerense se le ocurrió instituir por ley el Día de la Parrilla, el periodista y escritor Norberto Firpo recopiló en su columna de La Nación algunas de las más extravagantes celebraciones que tenemos los argentinos, fuera de broma: días de la suegra, del kiosquero, del condiscípulo, del tasador, del parapsicólogo, del entorno acústico saludable, de la prevención sísmica y de la refrigeración. En la ciudad de Córdoba, no sé en otras geografías, tenemos el día del vecino, curioso homenaje que involucra a todos, ya que todos somos vecinos de alguien. Disculpas por la obviedad, pero a veces, por ser mínimas, se nos pasan por alto estas tonterías.

Yo en lo esencial soy la misma persona, o creo serlo, que era antes de 1989, o 1994, o cuando empezó a difundirse esto del día del amigo. Hasta entonces no saludaba a ningún amigo en un día en particular, a lo sumo para su cumpleaños o año nuevo. No veo por qué tenga que hacerlo ahora, o sí: porque a alguien se le ocurrió imponer el día, que año tras año los dueños de restaurantes, ante todo, nos lo recuerdan, escudados en la excusa del valor espiritual, para vender treinta platos más o menos de milanesas con papas fritas. No rechazo por cierto los saludos para la ocasión, pero no se me ocurriría regalarle algo a algún conocido por el Día del Ingeniero Electricista, y supongo que no se enojará conmigo si no lo saludo, inadvertido de tan magno acontecimiento nacional.

El ejemplo actual más extremo de inducción de conductas sociales con fines comerciales quizá sea en nuestro país el de Halloween, una celebración tradicional en países anglosajones, y que aquí han empezado a promover los vendedores de disfraces y bolicheros, de modo de motivar a los jóvenes para que tengan una excusa más para juntarse, festejar, consumir, emborracharse, recibir el alba del día siguiente orinando en las veredas y vomitando en el auto, olvidados de qué festejaban y qué hacían allí. Podríamos devolverle la idea a los estadounidenses y la embajada argentina en Washington, por ejemplo, promover un festejo equivalente: el Día de la Pachamama, y ver cuántos norteamericanos pavotes se juntan a festejar disfrazados con ponchos y sombreros collas.

Mientras esto escribo oigo otro aviso radial: una oferta aprovechando el mes del amigo. ¿Y por qué ya que estamos no instituimos el trimestre del amigo? De igual modo y aunque no es mi caso, propongo poner en valor una problemática sensible a muchos de nuestros connacionales y seres humanos en general: la sequedad de vientre. El Día del Seco de Vientre, de promoverse e instalarse en los medios a través de una buena campaña publicitaria, puede revitalizar la industria farmacéutica de los laxantes, motivar a los restaurantes a preparar platos en base a ciruelas y remolacha, reforzar la venta de yogures para el tránsito lento y reflotar la alicaída fabricación de enemas, aquellas peritas de goma que recordamos con una mezcla de nostalgia y pavor cuando pensamos en nuestra infancia. Sólo faltaría determinar la fecha. ¿Alguien sabe qué día se inventó el aceite de ricino?

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sábado, 15 de mayo de 2010

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Los poderosos escriben la historia…
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Por J. L.
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Durante mucho tiempo –fíjese usted: desde la década del ’60– se ha venido hablando de la presidencia de John Fitzgerald Kennedy como ejemplar. Evidentemente a Jack le tocó vivir un momento afortunado de la economía y de la política de su país.

“El presidente más joven de la historia de los EEUU”, como se lo denominó en ese momento, vivió la gloria hasta aquel desafortunado 22 de noviembre de 1963 en que comenzó el duelo del pueblo norteamericano en particular y del resto de parte del mundo en general. Aquel magnicidio hizo temblar la Tierra y desde entonces pasó a ser un héroe y un mártir en suelo propio y ajeno.

Cuando su joven viuda se casó años más tarde, un sueño se derrumbó: ¿cómo osaba la reina sin corona casarse con un armador griego del que se decían las peores cosas?
Quien además, para colmo, había abandonado a la diva del canto lírico María Callas para concertar un casamiento de conveniencia con la viuda más famosa del mundo…
Todos apuntaban con dedo acusador a Jackie, quien estuvo algunos años a su lado, le sacó algunos buenos millones y al final de sus días, lo dejó solo.

Simultáneamente, comenzó a conocerse la relación que el ex presidente había mantenido con la también desafortunada Marilyn Monroe (amante de su hermano Bob, además, y de varios de los amigos del famoso Rat Pack encabezado por Frank Sinatra). Fue como que el público no se había repuesto de una sorpresa para ya internarse en la siguiente…

Personalmente he leído decenas de libros sobre la muerte de la actriz con toda una sarta interminable de suposiciones: suicidio, asesinato, etc, etc, etc. En general, historias que rozaban la prensa amarilla cuando no el escándalo. Al morir la rubia actriz, todos a su alrededor se irguieron como poseedores de la verdad revelada y cada uno tenía su versión. Por suerte, no me até a ninguna hipótesis, esperando que el tiempo asentara la polvareda y se despejara la incógnita.

De alguna manera, casi cincuenta años después, un librito de no más de 250 páginas parece echar un viso de verosimilitud al asunto. Pero va más allá: revela, de manera casi sorprendente y creíble, el porqué de los asesinatos de los dos hermanos Kennedy.

El libro en cuestión se titula “Marilyn y JFK” y pertenece a la pluma (y, sobre todo, a la investigación) de Francois Forestier, periodista y escritor francés, quien, con una vasta, seria y profusa bibliografía sobre ambos personajes, de manera clara y sencilla confirma lo que siempre fue un secreto a voces: la familia Kennedy tenía una estrecha y comprometida relación con la mafia que manejaba intereses en las grandes capitales de los EEUU, amén de controlar la Cuba sometida por Fidel Castro.
Sam Giancana, Santo Trafficante, Skinny D’Amato, Jimmy Hoffa eran algunos de los capomafia que tenían a los Kennedy agarrados de los pelos.
Además les seguía los pasos de cerca el implacable J. Edgar Hoover, “dueño” del FBI por más de cincuenta años, servil y obsecuente con el poder que odiaba a aquellos dos hermanos - a quienes hacía espiar por sus agentes - que lo trataban con arrogancia y que ocultaba a toda costa una homosexualidad que les servía de elemento de presión a Jack, Bob y antes a Joe, el patriarca de la familia, quien comenzara todos aquellos turbios manejos en las primeras décadas del siglo XX.
Algunas deudas pendientes; un par de idiotas útiles (llámense Oswald y Ruby); la supuesta conspiración de la URSS para sacarse al presidente demócrata de encima (la crisis desatada con Cuba en octubre de 1962 estaba muy fresca aún); algunas facturas a cobrar y el guiso ya estaba listo para ser servido.

A los hermanos Kennedy la sociedad wasp no le perdonó ser católicos y descendientes de irlandeses, por una parte. Por la otra, sus formas autoritarias y déspotas les granjearon muchos enemigos. Se llevaron el mundo por delante pero no fueron dos redentores víctimas de la incomprensión. Más bien, parece ser que debían saldar muchas cuentas y eso es lo que sucedió.
Interesante la teoría desarrollada por Forestier. Se aprecia como un rompecabezas cuyas piezas encajan perfectamente al final. Sobre todo, esclarecedora para quienes vivimos aquellos años.

Una última disquisición sobre el tema: al título “Los poderosos escriben la historia…” podría agregársele como corolario:
“… pero el tiempo pasa, y en la era de la información muchas verdades salen a relucir”
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miércoles, 28 de abril de 2010

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¿La Voz del pueblo?
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por J.L.
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Pocos días atrás –precisamente tras la conmemoración del Día de Libro– me/nos llegó a un grupo de personas relacionadas con las actividades artístico-culturales, la siguiente circular, firmada por Leandro Calle, escritor (sobre todo poeta), docente universitario y varias etcéteras que dicen de sus capacidades (entre otras, la de portar la estirpe del bien ser) y de sus inquietudes (muchas, por cierto), que refleja un actual sentir colectivo. Lo invito a leerla:

Estimados amigos y amigas,

es sólo una consulta o impresión que quiero compartir con ustedes siendo muchos de entre vosotros que están en la "cuestión cultural". Lejos de querer generar un malestar pero sí tomando conciencia de lo que nos acontece a nivel cultural me interrogo acerca de lo que surge en nuestro principal medio gráfico de la ciudad de Córdoba.
Con pesar vi el jueves una notita chiquita de la aparición de Antonio Gamoneda , premio Cervantes de Literatura, en el suplemento VOS de La Voz. Lo presentó Lila Perrén en el Centro Cultural España Córdoba. Hoy domingo también me llamó la atención la nota (también exigua) sobre Rubén Goldberg. Rubén recibió el premio "Librero del año", otorgado por la Feria Internacional del libro de Buenos Aires. Generalmente los cordobeses (yo me siento cordobés a pesar de haber nacido en Zárate) nos quejamos del centralismo de Buenos Aires, sin embargo Buenos Aires parece que reconoce a uno de nuestros libreros pero preferimos en vez de darle la tapa del suplemento reservarle un exiguo cuartito en página par. La tapa se la reservó para un actor extranjero y dentro del suplemento el director prefirió escribir sobre Amalia Granata. La tapa del sábado y el artículo central del mismo día, está dedicado a Anabela Ascar que conduce un popular programa de Crónica TV. Por supuesto que nada tengo en contra de Anabela ni del actor extranjero ni de la chica Granata pero tal vez yo desearía un lugar un poco más amplio para algún sector de la literatura, los libros y el arte. Ejemplos podría dar muchos pero siento que estos son los que se acumularon esta semana y refieren en lo inmediato por si alguno sale a mirar los diarios con premura.
Ya sabemos que no existe el viejo suplemento Cultural, que desapareció hace poco y se transformó en VOS, un suplemento nuevo que habrá que dejar crecer pero a modo de reflexión personal, de interrogante triste, y sí tal vez un poquito de denuncia polémica quería compartir mi pena por no contar en nuestro medio principal con una hondura un poco más grata en lo que refiere a la cultura.
Espero no bajonearlos con esto, es simplemente a modo de conciencia que fluye y quiere dejarse leer por aquellos que hacen a la cultura de Córdoba que tanto queremos.
Abrazo
Leandro

Ni lerda ni perezosa, comulgando sentires, le contesté lo que ahora –de mutuo acuerdo- queremos compartir con la mayor cantidad de amigos posible:


Querido Leandro:

no olvidar aquello de "poderoso caballero, etcétera". Los medios reflejan la condición y conducta decadente de los pueblos y en esas estamos, en esas estamos...
Es muy triste; pero nivelar para abajo es más fácil y rápido y no hay que andar “perdiendo el tiempo" educando a la gente. En esta era de consumismo, los poderosos miran para otro lado, mientras la plebe -o el pueblo, como prefieras- devora la carroña. Creo que los periodistas de La Voz se deben sentir muy mal por lo que está pasando, pero, justamente, es como que a mí - y lo digo a título personal - se me han redoblado las energías para poder seguir dándole lo mejor al ciudadano: yo desde mi cuasi tribuna en radio, tele y página web. Vos desde tus poemas, escritos y cátedras, etcétera. A no desfallecer y a seguir empeñándose, que hay mucho para hacer en esta POBRE PATRIA MÍA (Aguinis dixit).

Un abrazo
Jorgelina

PS: más allá de mi optimismo por pura voluntad, entiendo lo que querés decir.
¡Y la verdad es que es vergonzoso!
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martes, 13 de abril de 2010

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Dos genios tronchados.
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por J.L..
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Fue una especie de meteoro, de centella, de estrella fugaz que cruzó el firmamento, pero en este caso, dejó una estela. ¡Y cómo! ¡Y cuánto! Desde entonces su nombre se convirtió en un mito, en una leyenda trágica, que fulguró y quedó en las imaginativas retinas de los fanáticos.
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Pensándolo bien, ha sido el boca a boca de los admiradores del mundo entero lo que lo ha hecho perdurar. Han quedado fotos de algunos momentos de sus actuaciones y hasta algunos fragmentos de viejos y trémulos filmes –segundos apenas– que dejan entrever su figura pero nunca su arte. Por eso hay que tomarse de las crónicas de la época y creerles, como se creen tantas otras cosas. Pero quizá lo que más se valore, ahora, con el paso de los años, sea su creatividad como coreógrafo: relativa, por cierto, ya que dejó poco escrito o dibujado. Pero con empeño algunos estudiosos han conseguido recopilar momentos, pasos, coreografías perdidas en el tiempo.Fue un tornado, un talento monstruoso para su tiempo, un verdadero creador. Se adelantó cincuenta años a su época. Tanto fue así, que una noche de mayo de 1913, París entero se horrorizó ante tamaño desmadre, ante tamaña osadía. Desde entonces, el arte de la danza comenzó a mirarse de otra manera. Había nacido un genio. Había nacido una criatura privilegiada a quien otro grande, como Maurice Bejart, denominó “el clown de Dios”. También había comenzado su descenso a los infiernos.
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Vaslav Nijinsky –que de él se trata– luego de una brillante trayectoria en el Teatro Imperial ruso, primero como estudiante y luego como bailarín, fue descubierto por un personaje subyugante, mezcla de bon vivant con empresario y mecenas. Serge Diaghilev se enamoró de aquel muchachito de rasgos caucásicos y decir torpe, perodeslumbrante sobre los escenarios y decidió que el mundo entero (léase toda Europa y América) debía conocerlo.
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Lo tomó bajo su protección; le contrató los mejores maestros y compositores, vestuaristas y escenógrafos, lo ubicó en lo más alto y juntos subyugaron a los públicos. En una época en que los danzarines varones casi brillaban por su ausencia, la presencia de los Ballets Russes de Diaghilev en 1909 en París, con un grupo de bailarinas y bailarines de altísimo nivel, dejó al tout París con la boca abierta. Y sobre todo fue la presencia inigualable de Nijinsky – sus saltos de casi ocho metros de largo, mientras permanecía suspendido eternos segundos en el aire, se transformaron en leyenda - lo que rodeó a la compañía de un halo mágico.
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Después de El espectro de la rosa, Petrushka, La siesta de un fauno o La consagración de la primavera (estas dos coreografiadas por él) ya nada volvió a ser lo mismo en el mundo del ballet. Nijinsky rompió los moldes tradicionales de lo clásico e innovó con nuevas formas, adecuándose a lo que en música proponían Claude Debussy o Igor Stravinsky.Pero esa gloria sería efímera.El bailarín rompió la relación personal que lo unía a Diaghilev; este lo despidió del cuerpo de baile y allí comenzó un deambular sin rumbo para Nijinsky, que nunca más encontró la cordura ni el apoyo imprescindible para sostener su arte. Se internó en un mundo de sombras del que ya no saldría. El empresario y la compañía también sufrieron la ausencia de su étoile.
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Diaghilev moriría en 1929 sin haber podido recobrar el antiguo fulgor.Nijinsky, que comenzó sus períodos de internación a partir de 1919, fallecería en abril de 1950, hace exactamente sesenta años. Dos vidas trágicamente desperdiciadas mientras se encontraban en el apogeo de su gloria..
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lunes, 15 de marzo de 2010

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En el verdadero país de las maravillas…
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por J.L.

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Vino precedida con todo el aparato publicitario necesario. Por supuesto que se lo merece: es el mismísimo Tim Burton (La leyenda del jinete sin cabeza, El cadáver de la novia, El gran pez, Sweeney Todd, entre otras producciones) el que se tomó el trabajo – y poner su creatividad, de paso – de llevar a la pantalla el mágico libro de Lewis Carroll. Tarea nada fácil, por cierto, pues a la interpretación de texto tan complejo le debía adosar los efectos que transportaran al espectador al mundo fantástico de Carroll.

La primera pregunta que cabe es:¿Lo logró? Respuesta (escueta): Sí.
La segunda pregunta (lógica), es: ¿Conmueve? Respuesta: Poco, casi nada.
¿Entonces? Entonces, queridos amigos, nos quedamos en lo exterior – muy buena puesta en escena, por cierto – y el espíritu…bueno, el espíritu, el alma, el encanto, es otra cosa. ¿Lo logró? Rotunda respuesta: NO.


Nadie en su sano juicio se atrevería a decir que la tal Alicia, etcétera no es efectiva. Claro que sorprende por los efectos especiales –como lo comprobamos en Avatar, cada vez más logrados en su refinamiento– pero de allí a conmover… Creo que parte de la respuesta la dio la propia Academia de Cine de Hollywood cuando premió Vivir al límite como mejor filme de 2009 y Kathryn Bigelow se llevó el premio a la dirección. Más claro, échele agua: no todo son los efectos especiales. Lo que deja una esperanza para el porvenir:¿estarán los miembros de la tal Academia espabilándose y dándose cuenta de cómo es la cosa, en realidad? Esperemos que sí.


Todo esto viene a cuento tras ver, regocijada, que efectos especiales aparte, aún hay quienes pueden contar una historia mágica con magia, precisamente. Me refiero al filme El imaginario mundo del Doctor Parnassus, una recreación del mito de Fausto; el que vende su alma al Diablo a cambio de algo muy importante, etcétera.

Viene acompañado el tal filme con una publicidad chiquita, como si el talento que lo concibió ya no pinchara ni cortara porque ya no está de moda. En verdad, hay universos que cada vez se me hacen más impenetrables. Pero ésa es otra cuestión. Lo cierto es que este trabajo se debe a la pluma y a la cámara de un genio del cine: Terry Gilliam, uno de los integrantes del aquel mítico grupo Monty Python que nos sorprendió en los 80 con La vida de Brian, Los caballeros de la mesa cuadrada o Estamos todos locos, junto a sus compañeros de fórmula Terry Jones y John Cleese, entre otros.

Terry Gilliam, más allá del trabajo en conjunto, hizo por su cuenta otras películas memorables: Brasil, Las aventuras del Barón Munchausen, Pescador de ilusiones y Doce monos. Todos trabajos que revelaban a un artista poco común con un mensaje poco común. Y ahora, porque evidentemente no está en los titulares de la primera plana, su trabajo se ve, no diría menospreciado, pero sí subvalorado.


También en este caso usa de suntuosos efectos de animación, pero no son ellos, precisamente, los que más conmueven. Lo que sí más toca es el tratamiento sagaz de un mundo enloquecido y la ternura con que lo mira y esos momentos mágicos del teatrillo de variedades con sus añejas luces de candilejas.


También hay aquí un universo paralelo; un mundo del otro lado del espejo; una país de maravillas. Que, como le decía al comienzo, no necesita de tantos recursos técnicos.

Necesita sí de más corazón.
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lunes, 15 de febrero de 2010

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Algunas consideraciones sobre una elección
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por J. L.
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Antes de pasar a darles varios datos sobre algunos de los programas que, a lo largo de todos los domingos de 2009 tuve el gusto de hacer en FM Cielo, quiero contarles el porqué de mi elección de los dos temas musicales que abren y cierran el programa.

El primero es una versión del Moritat de “La ópera de tres centavos” de Brecht – Weill interpretado por la alemana Ute Lemper. Un momento musical que –para mí– es la esencia del mundo del espectáculo. Ese universo mezcla de music-hall, varieté, cabaret berlinés, grand guignol, burlesque, revista, café concert, vodevil o como se prefiera llamarlo –denominaciones varias que a su vez representan vertientes diferentes- que condensa lo que de feroz, burlón, grotesco, ridículo, etcétera, muestra la vida, cuando a sus matices ácidos se los pasa por el tamiz del arte, con canciones “a favor de la resistencia ante la desgracia”, como muy bien expresara un crítico teatral. El segundo tema es, precisamente,”El viejo varieté”, versión acriollada de aquellos temas que aborda ese universo tan particular, con letra y música de María Elena Walsh y la voz incomparable de Susana Rinaldi.

Haber elegido estas dos composiciones tienen un gran sentido para mí y de alguna manera, quisiera transmitírselo a ustedes, mis amigos.

Despreciado por muchos, es, sin dudas un género que comenzó siendo para la plebe y, como sucede con muchas otras facetas del arte, pasó a tener otra envergadura, Pensemos en Chaplin o en Bretch y Weill, quienes pergeñaran precisamente aquella ópera… Lo mismo sucedió en su momento con el propio género operístico; lo mismo está pasando con la llamada comedia musical, que entre sus referentes “serios” tiene a Gershwin o a Sondheim entre otros… Como todos bien sabemos, la cultura (en este caso la artística) va evolucionando y lo que hoy se anatemiza (recordemos los ataques que sufrió Piazzolla en sus inicios, nomás), mañana puede pasar a tener la categoría de “clásico” o de obra de arte.

Pero vuelvo al porqué de mi elección -aunque ni yo lo tenga muy definido-, más allá del gusto personal. Lo que quiero explicitar es lo siguiente: a esta altura de mi vida me gustan los mensajes esclarecidos, y lo edulcorado (o disfrazado de color rosa) me molesta. Por lo tanto descreo del Hollywood tradicional con sus mensajes falsos. Y si bien acepto de buena gana entrar en los códigos del espectáculo –si no es así, ni vale la pena que usted se moleste en seguir leyendo– con toda la artificiosidad que contiene, creo que el mensaje debe mostrar la realidad y, si es necesario, hasta la mugre del mundo. Cuando a todo éso se le añade el moño de la compasión, mejor que mejor. Por tal razón (y vaya a saber por cuántas más, sin lugar a dudas) amo ese género mezcla de escepticismo y de mordacidad, más una pizca de ternura hacia el ser humano.

En definitiva, condensa a través de letra y música un aspecto de la naturaleza humana, a veces terrible, a veces atroz, que hay que tener en cuenta. Ni más ni menos. Visto a través de la óptica de una de las tantas facetas que posee el arte del espectáculo.

Lo que no es poco, por cierto.
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lunes, 1 de febrero de 2010

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Una despedida conmovedora
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por J. L.
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Se ha ido un grande de la cultura y los que estamos en esto del periodismo y la literatura bien lo sabemos. La muerte de Tomás Eloy Martínez deja, sin dudas, un espacio vacío que, esperamos, sea llenado con alguien de su talla.

Pero más allá de las loas que seguramente, ya se están entonando en el mundo, -su novela más famosa, Santa Evita, fue traducida a más de 30 idiomas– quiero detenerme en otro autor, también argentino él, sin tantos lauros, pero de quien, semana tras semana (y desde hace varios años, temporada tras temporada) nos ofrece las páginas más íntimas de la circunstancia humana (por ejemplo, los momentos postreros de alguien que, después nos enteramos, acaba de morir) de una manera tan leve, tan delicada, que provocan una ternura indescriptible. Me estoy refiriendo a las crónicas que, periódicamente, Jorge Fernández Díaz nos ofrece desde las páginas sabatinas del diario La Nación.

No quisiera hacer una enumeración aburrida de los personajes a los que se ha referido desde esas columnas. Pero tras aquella conmovedora crónica sobre la vida de Mira Erlich (la heroína de la novela El ghetto de las ocho puertas) hasta la nota de despedida que le hiciera a T.E. Martínez este 1 de febrero –en la que narra la última vez que lo vió, durante una visita que le efectuara un caluroso día de este pasado enero- he ido advirtiendo (y esto lo digo a título muy personal) que estamos delante de un narrador de excepción que, además de caracterizarse por tener valiosísimas fuentes de información, sabe adentrarse en lo más profundo de la condición humana. Cosa que sin duda no es poco. Por otra parte, la prosa de F Díaz, además de mostrarlo como un caballero hidalgo, tiene encanto. Algo que, por muy buenos que sean, pocos consiguen.

Lejos estoy de querer hacer un paralelismo entre la literatura notable de un grande consagrado en el mundo como lo es Tomás Eloy Martínez y la de Jorge Fernández Díaz, quien, a pesar de tener mucha obra bellísima en su haber (a las crónicas periodísticas, se le deben sumar sus novelas Mamá, Fernández, El dilema de los próceres, Corazones desatados, La logia de Cádiz, La segunda vida de las flores) aún es muy joven y tiene ante sí un largo camino para recorrer. Pero luego de leer su crónica sobre la “despedida” que le hiciera al escritor recientemente desaparecido y tras la desesperación que provoca la partida de un grande, cuando deja el interrogante de “quién será capaz de llenar ese espacio” (que tampoco es así la cuestión), leyéndolo a Fernández Díaz me pregunto: ¿Por qué no?
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