lunes, 15 de febrero de 2010

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Algunas consideraciones sobre una elección
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por J. L.
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Antes de pasar a darles varios datos sobre algunos de los programas que, a lo largo de todos los domingos de 2009 tuve el gusto de hacer en FM Cielo, quiero contarles el porqué de mi elección de los dos temas musicales que abren y cierran el programa.

El primero es una versión del Moritat de “La ópera de tres centavos” de Brecht – Weill interpretado por la alemana Ute Lemper. Un momento musical que –para mí– es la esencia del mundo del espectáculo. Ese universo mezcla de music-hall, varieté, cabaret berlinés, grand guignol, burlesque, revista, café concert, vodevil o como se prefiera llamarlo –denominaciones varias que a su vez representan vertientes diferentes- que condensa lo que de feroz, burlón, grotesco, ridículo, etcétera, muestra la vida, cuando a sus matices ácidos se los pasa por el tamiz del arte, con canciones “a favor de la resistencia ante la desgracia”, como muy bien expresara un crítico teatral. El segundo tema es, precisamente,”El viejo varieté”, versión acriollada de aquellos temas que aborda ese universo tan particular, con letra y música de María Elena Walsh y la voz incomparable de Susana Rinaldi.

Haber elegido estas dos composiciones tienen un gran sentido para mí y de alguna manera, quisiera transmitírselo a ustedes, mis amigos.

Despreciado por muchos, es, sin dudas un género que comenzó siendo para la plebe y, como sucede con muchas otras facetas del arte, pasó a tener otra envergadura, Pensemos en Chaplin o en Bretch y Weill, quienes pergeñaran precisamente aquella ópera… Lo mismo sucedió en su momento con el propio género operístico; lo mismo está pasando con la llamada comedia musical, que entre sus referentes “serios” tiene a Gershwin o a Sondheim entre otros… Como todos bien sabemos, la cultura (en este caso la artística) va evolucionando y lo que hoy se anatemiza (recordemos los ataques que sufrió Piazzolla en sus inicios, nomás), mañana puede pasar a tener la categoría de “clásico” o de obra de arte.

Pero vuelvo al porqué de mi elección -aunque ni yo lo tenga muy definido-, más allá del gusto personal. Lo que quiero explicitar es lo siguiente: a esta altura de mi vida me gustan los mensajes esclarecidos, y lo edulcorado (o disfrazado de color rosa) me molesta. Por lo tanto descreo del Hollywood tradicional con sus mensajes falsos. Y si bien acepto de buena gana entrar en los códigos del espectáculo –si no es así, ni vale la pena que usted se moleste en seguir leyendo– con toda la artificiosidad que contiene, creo que el mensaje debe mostrar la realidad y, si es necesario, hasta la mugre del mundo. Cuando a todo éso se le añade el moño de la compasión, mejor que mejor. Por tal razón (y vaya a saber por cuántas más, sin lugar a dudas) amo ese género mezcla de escepticismo y de mordacidad, más una pizca de ternura hacia el ser humano.

En definitiva, condensa a través de letra y música un aspecto de la naturaleza humana, a veces terrible, a veces atroz, que hay que tener en cuenta. Ni más ni menos. Visto a través de la óptica de una de las tantas facetas que posee el arte del espectáculo.

Lo que no es poco, por cierto.
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lunes, 1 de febrero de 2010

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Una despedida conmovedora
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por J. L.
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Se ha ido un grande de la cultura y los que estamos en esto del periodismo y la literatura bien lo sabemos. La muerte de Tomás Eloy Martínez deja, sin dudas, un espacio vacío que, esperamos, sea llenado con alguien de su talla.

Pero más allá de las loas que seguramente, ya se están entonando en el mundo, -su novela más famosa, Santa Evita, fue traducida a más de 30 idiomas– quiero detenerme en otro autor, también argentino él, sin tantos lauros, pero de quien, semana tras semana (y desde hace varios años, temporada tras temporada) nos ofrece las páginas más íntimas de la circunstancia humana (por ejemplo, los momentos postreros de alguien que, después nos enteramos, acaba de morir) de una manera tan leve, tan delicada, que provocan una ternura indescriptible. Me estoy refiriendo a las crónicas que, periódicamente, Jorge Fernández Díaz nos ofrece desde las páginas sabatinas del diario La Nación.

No quisiera hacer una enumeración aburrida de los personajes a los que se ha referido desde esas columnas. Pero tras aquella conmovedora crónica sobre la vida de Mira Erlich (la heroína de la novela El ghetto de las ocho puertas) hasta la nota de despedida que le hiciera a T.E. Martínez este 1 de febrero –en la que narra la última vez que lo vió, durante una visita que le efectuara un caluroso día de este pasado enero- he ido advirtiendo (y esto lo digo a título muy personal) que estamos delante de un narrador de excepción que, además de caracterizarse por tener valiosísimas fuentes de información, sabe adentrarse en lo más profundo de la condición humana. Cosa que sin duda no es poco. Por otra parte, la prosa de F Díaz, además de mostrarlo como un caballero hidalgo, tiene encanto. Algo que, por muy buenos que sean, pocos consiguen.

Lejos estoy de querer hacer un paralelismo entre la literatura notable de un grande consagrado en el mundo como lo es Tomás Eloy Martínez y la de Jorge Fernández Díaz, quien, a pesar de tener mucha obra bellísima en su haber (a las crónicas periodísticas, se le deben sumar sus novelas Mamá, Fernández, El dilema de los próceres, Corazones desatados, La logia de Cádiz, La segunda vida de las flores) aún es muy joven y tiene ante sí un largo camino para recorrer. Pero luego de leer su crónica sobre la “despedida” que le hiciera al escritor recientemente desaparecido y tras la desesperación que provoca la partida de un grande, cuando deja el interrogante de “quién será capaz de llenar ese espacio” (que tampoco es así la cuestión), leyéndolo a Fernández Díaz me pregunto: ¿Por qué no?
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domingo, 24 de enero de 2010

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"El Museo de la Inocencia"
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por J. L.
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Acabo de terminar – al cabo de unos diez días de lectura salteada - uno de los libros más deliciosos que haya llegado a mis manos en los últimos tiempos. Tal como usted puede apreciar en el título de esta nota, me refiero a El museo de la Inocencia (Mondadori),el último trabajo aparecido en español del autor turco ( premio Nobel 2006) Orhan Pamuk.


Esta es una pura y convencional – o no, según cómo se mire – historia de amor. De un amor contrariado desde el principio y que le duró a Kemal Bey, protagonista de la novela (escrita en primera persona) alrededor de treinta años; es decir, su vida entera.
No busque aquí alguna postura política específica del autor (algo contra lo cual ha tenido que batallar hasta llegar al autoexilio hace algunos años). No; ésta es solamente una historia estupendamente narrada, con toda la minuciosidad de un espíritu riquísimo, para el cual nada es accesorio y todo es esencial.


En este largo relato, que consta de 640 páginas, Kemal nos cuenta la circunstancia que lo llevó a conocer a la joven Füsum y enamorarse perdidamente de ella, estando ya comprometido para casarse a través de un matrimonio concertado anteriormente. Y si bien la novela mantiene al lector en vilo hasta el final, no dejando entrever ni un atisbo de lo que sucederá y de cómo se resolverá ese capricho amoroso que dura varias décadas, no es el suspenso lo que enamora del libro. Lo que apasiona es cómo Pamuk describe detalladamente cuanto rodea de la vida y las circunstancias de ese hombre obsesionado, que para honrar a la amada decide recoger cuanto objeto haya tenido que ver con la existencia cotidiana de esa muchacha: un lápiz, una prenda, un adorno, una hebilla para el pelo, una estatuilla tosca de cerámica, frascos vacíos de perfume, colillas de cigarrillos, etcétera.


Y lo maravilloso es que ese extraordinario despliegue de detalles no aburre: sirve sí para hacerse el lector una composición de lugar más certera, forjar un sentimiento más aproximado a las vicisitudes, alegrías y desventuras de ese hombre perdido por una mujer ¿Perdido? En realidad, no. Pues la novela comienza haciendo mención al día más feliz en la vida de Kemal Bey: el 27 de abril de 1975 y termina el 12 de marzo de 2007, en que antes de morir asegura: “Que todo el mundo sepa que he tenido una vida muy feliz”


Quizá esté de más mencionar que a través de los vericuetos de esta historia amorosa, se van descubriendo la vida y los seres que pueblan esa ciudad increíble, por muchas circunstancias, que es Estambul. Todo es riquísimo y variopinto allí; además se atisba su realidad política, tan vapuleada. Nada de esto extraña, al ser Pamuk un autor tan avezado y brillante, amante incondicional de esa ciudad que tanto ha mostrado en sus otras novelas.


En la revista adnCultura (La Nación) de hace tres semanas, un crítico literario, con todo el vuelo de un académico, hizo un comentario sobre este libro. Pero al advertir qué flaco favor le hacía al dejar de lado todo el encanto que contiene y la delicia que provoca, me decidí a escribir esta nota. No tan solemne quizá, ni con la mirada distante de un observador despojado de emoción, pero con un poco más de pasión.
Pues eso es lo que me provocó el libro.
Que además, por cierto, es una verdadera obra de arte.
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viernes, 8 de enero de 2010

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“Con Jorgelina”
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por Jorgelina Lagos
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Como comienzan muchas cosas importantes en la vida, esta historia comenzó casi sin haberla pensado. El 8 de marzo de 2009 yo le daba el puntapié inicial a un programa de radio que, en verdad, no sabía muy bien qué formato tendría. Sí sabía que daría mis pareceres sobre cine, teatro, literatura y todo lo que, de una u otra manera, ha venido develándome en las últimas décadas. Es decir, difundir y apuntalar la cultura artística; la razón de mi vida (uy, qué feo suena ¿no?), por otra parte.


Días antes de comenzar a gestar aquel primer programa, alguien, avisado, se apresuró en decirme: “Vas a comenzar el Día de la Mujer”. No pude ocultar mi sorpresa y turbación.
Sentí que, de alguna manera, la circunstancia me obligaría a abordar el tema. Yo, que detesto “los días de” que siempre hacen alusión a minorías desprotegidas por la sociedad (aunque los comprendo, pues por algo existen), decidí tomar la oportunidad y sacarle provecho. Así, a los tumbos, sin una idea muy clara todavía, me lancé a dedicarle aquel primer domingo a LA mujer. ¡Qué dilema! Y bueno, fue un programa un tanto improvisado, sobre la marcha, con todo el material literario que anda dando vueltas por allí: Neruda, Machado, Hernández, etcétera, tratando de no caer en la cursilería. Y en lo musical allí estuvieron desde Naná Mouskouri, pasando por Paloma San Basilio y Frank Sinatra, hasta llegar a un Plácido Domingo cantando algún bolero de Agustín Lara.


Todo anduvo muy bien y el recién nacido fue recibido con aplausos. Yo, feliz.
Hasta que alguien me sugirió: “¿Vas a seguir esa tónica? ¿Cada programa abordará un tema específico?” Debo decir que la tal pregunta me obligó a tomar una decisión: sí, así lo haría. Cada programa se referiría a un tópico puntual. De esa manera, casi sin cavilarlo, se me aclaró el panorama. Trataría de encontrar fechas, personajes, efemérides, conmemoraciones, movimientos artísticos, sociales e históricos que significaran un punto de partida y una reflexión.
Y, como todos sabemos, el pensamiento debe ser envuelto en un papel de colores atractivos - y con un bello moño, si es posible - para captar la atención. El mensaje radial es fugaz, efímero, inasible: lo sé por experiencia. En el caso de este programa, el envoltorio serían los temas musicales que adornarían a cada uno y le añadirían su cuota de sustancia y cerrarían la idea propuesta.


Sabía que me había metido en una cuestión ardua. Pero amo los desafíos y me lancé al ruedo. Por eso, el segundo programa, el del 15 de marzo, versó sobre la frase del bardo de Avon: “La vida es un escenario y todos somos meros actores sobre él”. Con lectura de trozos de “Como gustéis”; con reflexiones propias acerca del sentido de la existencia; con poesía referida al asunto; con el aporte del ingenio de Sabina (que de la vida sabe y mucho); con momentos musicales de María Elena Walsh interpretados por Susana Rinaldi; con Monserrat Caballé y Freddy Mercury entonando el descomunal “Barcelona” y con la cereza del postre en la voz de Sinatra haciendo “A mi manera”, el segundo programa me dejó casi satisfecha (nunca del todo, ¿eh?) y así me preparé para el siguiente. Para entonces, ya un montón de nuevos amigos radiales (y virtuales) se había incorporado a mi vida y yo entendía que el esfuerzo estaba valiendo la pena.


A lo que siguió después se lo seguiré contando en nuevos envíos (como llama el Dr.
Héctor Rubio a estas notas). Mientras tanto, lo invito a que los domingos a las 11 de la mañana, por 105.5 - FM Cielo – sin tomarme vacaciones: faltaba más – usted, con toda su buena voluntad siga escuchando “Con Jorgelina”. Después del valioso programa de René Sierra, claro.

Lo espero.
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lunes, 19 de octubre de 2009

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¿Cine argentino?: ¡Jamás!
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por Jorgelina Lagos
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Hay tres películas nacionales en cartelera en estos momentos que, por una u otra razón, no espantan al público a quién, en ¡tantas oportunidades! hemos escuchado rezongar a lo largo de las décadas de manera rotunda: “Cine argentino¡ ni loca/o!” Al contrario: se dirían que son verdaderos éxitos de taquilla.

Creo conocer la respuesta, que es digna de ser tenida en cuenta: narran historias locales a “la mejor manera de”(cine yanqui, por supuesto), es decir, de forma dinámica y sencilla, con buenas historias locales contadas por guiones adecuados; con actores que saben decir - esencial en el séptimo arte, donde no es necesario exacerbar tonos ni volúmenes, salvo en contadas ocasiones: de violencia, sobre todo-, y con directores que los dirigen con aptitud y toman lo mejor de cada uno.

Sí, ya se sabe: fórmulas para el éxito no hay. Pero a través de la observación puede llegarse a una serie de conclusiones varias que no hay que desdeñar.

En definitiva: ¿qué tienen “Las viudas de los jueves”, “Cuestión de principios” y la muy atractiva “El secreto de sus ojos” para que estén gustando a nuestro público? Las tres cuentan historias muy actuales, muy nuestras y que le pegan duro a la sensibilidad del espectador.

Empecemos por la menos estrepitosa de las tres: “Las viudas de los jueves”

Basándose en la exitosa novela de Claudia Piñeiro, el realizador Marcelo Piñeyro ha seguido de cerca el clima de opresión e hipocresía que bañan la novela, ubicada en un barrio cerrado del Gran Buenos Aires. Después de los casos García Belsunce y Dalmasso, los argentinos conocen las habas que en tales círculos cerrados pueden
llegar a cocinarse. Sobre todo el tema mueve el morbo colectivo.
Con un tono solemne, muy común al cine vernáculo de otras épocas – el de Torre Nilsson, por ejemplo – Piñeyro cuenta una historia que no es privativa del “Amas de casa desesperadas” de la TV norteamericana , como muy bien lo demostró la versión argentina hace algunos años.
Una puesta en escena prolija, cuidadosa y algunas muy buenas actuaciones, hacen que el filme se ubique como uno de los que pueden reivindicar al alicaído cine nacional en las boleterías.

Pasamos a “Cuestión de principios”. Basándose en un libro escrito por el recordado e inefable Roberto Fontanarrosa, el director Rodrigo Grande ha realizado una sátira costumbrista con un enorme sentido del humor, muy actual, muy globalizada pero, al mismo tiempo, muy argentina.
La historia del viejo empleado de una empresa naviera – la acción transcurre en Rosario – que debe aceptar los desplantes del nuevo gerente treintañero, argentino pero residente en Barcelona durante muchos años, es un reflejo de las circunstancias que se están dando en muchos países del llamado Primer Mundo (supuestamente Argentina pertenecería a esa condición): hombres mayores, casi ancianos, fogueados en una vida plena de los principios que rigieron las costumbres familiares por varias generaciones, debiendo vérselas con jóvenes que los avasallan, los humillan y desprecian todos aquellos valores, mofándose despreocupadamente de tales conceptos. Junto a toda esta circunstancia, el personaje que interpreta Federico Luppi, un ciudadano correcto y mojigato, lleva toda una vida casado con la misma mujer, a la que siempre le ha sido fiel por no haberse atrevido a otra cosa…
Las circunstancias de esa vida apacible se modifican 180º ante la llegada del nuevo CEO. Es entonces cuando Castilla (Luppi) debe plantarse en sus reales y anunciar que
“no todo tiene un precio en la vida”. Pero…

Con un guión divertido, ocurrente, de léxico muy nuestro; con un sobrio y por momentos conmovedor Federico Luppi; una desopilante Norma Aleandro (que no le teme al ridículo) y dos o tres secundarios excelentes, más los rubros técnicos sumamente cuidados, el filme emociona a través del humor. Y hace pensar. ¡Vaya si lo
hace!

Y llegamos al plato fuerte de este año en materia cinematográfica: “El secreto de sus ojos”. Después de todo lo que se ha dicho de esta película no quiero sobreabundar.
Pero sí puntualizar lo que salta a la vista: Juan José Campanella, director y coguionista,que trabaja permanentemente para la televisión norteamericana, sabe muy bien cuál es uno de los secretos del éxito: tomar una buena historia y trasladarla a un guión dinámico. Esos factores, unidos a una historia profundamente argentina (pero no privativa: la corrupción), más una historia de amor desencontrada a través del tiempo, además de referencias a nuestro pasado reciente, han dado el éxito que es en este momento. Ni qué hablar de las actuaciones: soberbias.

En definitiva: tómense los elementos adecuados, bátanse hasta lograr un producto homogéneo y sírvaselo. Con hielo o sin. Da lo mismo.
Pero que se saborea, se saborea
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sábado, 26 de septiembre de 2009

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Eduardo William Hermes Ruccio, Sarlanga

Ultimas páginas de
un libro olvidado


Por Jorge Piva

Donde empieza el Cerro de las Rosas, en calle Tristán Malbrán, la luminosa mañana de primavera puede sugerir a cualquier desprevenido que la vida es bella.
Estoy frente a la casa de descanso “Cristo Rey”, esperando que me atiendan. “Vengo a ver a Sarlanga”, digo, y justifico mi falta de preaviso con un teléfono erróneo, mi ignorancia del horario de visitas, pasaba por ahí. “Hay un horario –dice una solícita señorita de guardapolvo blanco, Cecilia- pero Sarlanga es un caso aparte, es un personaje público. Pase”.
-Está con la novia – me anticipa, y me conduce a una sala amplia, impecable, donde hay un piano y algunos hombres y mujeres desayunan, silenciosos, otros están simplemente sentados y nadie atiende a un televisor.
Me asomo, con el pudor de asistir a una escena íntima. Una cabeza de pelo blanco y largo mira a una anciana locuaz y pequeña. Están tomados de la mano. “Están todo el día así” acota Cecilia.
La cabeza blanca gira, me ve, abre los ojos y sonríe; quizá tarde en reconocerme. Por las dudas, me presento ante la mujer, de mirada vivaz, que se llama María Ida. Sarlanga le suelta la mano sólo para incorporarse y darme un abrazo.
-Estás como siempre –le digo-. Pero no sé si porque seguís siendo joven, o siempre fuiste viejo.
Sarlanga larga la risotada larga y aguda de siempre. Ha cumplido 80 años. “El 22 de abril”, dice María Ida y a partir de allí hablará por ella y por Sarlanga, contándome de ambos, que ella es profesora de música, que toca el piano y que él se le declaró mediante una carta en un cuaderno, poco después de la fiesta de cumpleaños donde estuvieron varios amigos, que salió en el diario, y donde Sarlanga bailó tangos.

Eduardo William Hermes Ruccio dejó de llamarse así desde jovencito, cuando frecuentaba la cancha de Boca para ver a su ídolo, un centrodelantero goleador de los años ‘40: Sarlanga. El apelativo le sentó mejor que aquel nombre largo, raro y de apellido que siempre había que explicar cómo se pronunciaba y escribía. Hacía rato que era Sarlanga cuando llegó a Córdoba, hacia 1977, precedido de ilustres antecedentes profesionales como diagramador de diarios y revistas, para diseñar el formato de Tiempo de Córdoba. Según él mismo, rayar papeles y amasar tallarines era lo único que sabía hacer, o por lo menos hacerlo bien. El resto siempre había sido, y siguió siendo, más o menos caótico. Después del cierre de Tiempo, se incorporó a La Voz del Interior, donde se jubiló. Mientras tanto diagramó publicaciones fugaces y cosechó amigos estables, a la par de cimentar su fama de buen tipo, que excedió al ambiente periodístico. Sus últimos días productivos los transitó haciendo lo que más le gustaba, según decía, que era dibujar y diagramar sin que nadie le impusiera criterios, sin recibir órdenes ni darlas, y así pudo hacerlo con la revistas La Luciérnaga y Umbrales, del Cispren, en cuya sede de calle Obispo Trejo trabajaba, almorzaba, recibía a los amigos y portaba casi todo lo que tenía: un par de sacos cruzados, de solapas anchas, que de tan antiguos cada lustro volvían a ponerse de moda, una corbata con la imagen de Chaplin y un portafolio con papeles y lápices, que olvidaba en cualquier parte.
Allí me había citado en diciembre de 2005, para pedirme una nota para un libro, su libro, una especie de autobiografía profesional ilustrada. “Siempre hice cosas para los demás-me había dicho- Ahora voy a hacer un libro para mí, como yo quiero y contando lo que quiero”. Lo estaba diagramando, había relatado sus decenas de anécdotas a otros, para que se las escribieran, y estaba tratando de encontrar fotos olvidadas en el vasto armario que había elegido para dejar sus mejores cosas: Córdoba. Ya tenía, me dijo, escritos de Miguel Clariá, Daniel Salzano y Eduardo Galeano, entre varios otros.
Luego de ello, periódicamente, le llamé por teléfono para saber cómo andaba el libro, diciéndole que se dejara de embromar, lo terminara y lo publicara de una buena vez. Distraía así mi impresión –generalizada- de que Sarlanga y cualquier forma de organización eran incompatibles. La última vez que hablamos me contó una confusa historia de extravíos, apropiaciones indebidas, promesas incumplidas, cosas que no sabía describir muy bien porque ni él mismo las entendía: el mal siempre le fue una materia naturalmente ajena e inconcebible. Cuando tiempo después su teléfono me dio fuera de servicio y alguien me informó que Sarlanga había enfermado, me resigné al presentimiento original de que el libro no llegaría a hacerse. Volví a preguntarle, ahora, y María Ida contestó por él que el proyecto de libro anda por ahí, que alguien ha recuperado algunos originales, que la hermana que vivía en Londres y viajó para atenderlo se ocupó del tema, que tuvo que poner o amenazar con abogados, que Sarlanga anduvo en la residencia con algunos otros papeles del libro, pero que los regaló, como hace con todo lo que le llega, la ropa, las revistas, excepto los lápices, que no los regala pero como siempre los olvida, aunque se los devuelven.
Sarlanga me había dicho en aquella reunión de años atrás que quería contar en el libro, por ejemplo, su accidentado ingreso a La Voz del Interior. Y me la contó, por si yo quería escribirla, porque no recordaba si ya se la había encargado a otro.
-No; qué Alfonsín ni ocho cuartos –dije-. Yo voy a contar que vos eras un lancero compulsivo.
-Gracias. Pero contá también lo de Alfonsín.

Sarlanga había ingresado a La Voz pocos días antes de que el flamante presidente Alfonsín llegara a Córdoba por primera vez en tal carácter. En su agenda, el presidente había incluido una visita al diario y éste había previsto un estricto protocolo, que incluía la prohibición al personal de dirigirle la palabra, dado que venía con un programa muy ajustado y su visita sería brevísima, limitada a una reunión con el directorio. El personal sólo podía observar el paso del presidente hacia la sala de reuniones, sin demorarlo con saludos, ni pedidos de autógrafos, ni cercanías que le cortaran el paso. La cuestión es que cuando Alfonsín caminaba por el pasillo humano que le habían formado, se detuvo y exclamó:
-¡Sarlanga! ¿Qué hacés acá?
Se abrazaron, hablaron, los jefes de personal se pusieron nerviosos, algunos no entendían y otros no pudieron disimular su envidia, que no se agotaría allí. Al día siguiente, Sarlanga, que aún estaba a prueba, fue llamado a comparecer ante el directorio en pleno, reunido alrededor de una gran mesa tipo directorio, adonde lo convocaron y ni siquiera lo hicieron sentar. Le preguntaron por qué había desobedecido las órdenes.
-Yo no hice nada –se excusó Sarlanga-. El presidente vino y me saludó.
-¿Por qué a usted?
-Y … porque es mi amigo.
Sarlanga es peronista, pero esto siempre fue para él y los demás un dato menor. Había conocido al presidente en un gremio, en Buenos Aires, que el joven abogado Alfonsín asesoraba, además de escribir notas para la revista sindical que Sarlanga diagramaba. El directorio de La Voz no se animó a sancionar a un amigo del presidente.

-Voy a contar la anécdota de Alfonsín –le digo ahora-. Y la de las citas amorosas que te inventaban en el Tiempo de Córdoba, por si el libro que estabas haciendo no se publica.
-Contá lo que quieras – me dice, y encuentro en ello un tono de resignación y desinterés.
Vuelve a hablar María Ida, que ha soportado, inquieta, uno o dos minutos sin hablar. Ya sabe que su novio ha sido y es tan popular como querido, y me dice que ella antes de ser profesora de música fue empleada en el casino de Alta Gracia, adonde un buen día de 1978 un señor que ganó mucha plata le dio una propina “por ser la más linda de todas las empleadas”. Entonces Sarlanga agrega que sus primeros sueldos en Córdoba se los jugaba en el casino de Alta Gracia, y que una noche de 1978 había ganado una pequeña fortuna (“siete mil pesos de entonces”), y le había echado el ojo a una de las empleadas, a la que le dio una propina “por ser la más linda de todas”. Ambos creen ahora que la bella y el afortunado eran ella y él, que se han reencontrado gracias a un misterioso designio, treinta años después.
-¿Y el novio cómo se porta?-le pregunto a María Ida.
-Muy bien. Lo único, es un poco mano larga. Pero conmigo no se va a hacer el vivo.
Cuando me voy, Cecilia saca de un cajón con llave un retrato dibujado y dedicado por Sarlanga, con una perfecta caligrafía redonda y firme.
-¿Sigue dibujando?
-Lo hacía todo el tiempo. Pero dejó desde que se puso de novio.
Pienso en las miles de páginas dibujadas, publicadas y olvidadas y en el desuso de esa forma artesanal de diagramación que también está declinando, como sus hacedores.
Le pregunto a Cecilia si sabe algo sobre un libro biográfico y me dice que algo le ha oído hablar al respecto, que anduvieron dando vueltas algunas cosas, pero no mucho más. En todo caso, a Sarlanga ya no le interesa, o se ha olvidado, porque cada vez tiene menos recuerdos y se va pareciendo a un niño sin mucho pasado. Y lo que más le interesa ahora, casi lo único, es pasar el día de la mano de María Ida, lo cual significa haber cumplido el deseo oculto de todo niño: ponerse de novio con la señorita de música.


Setiembre de 2009.




A continuación se transcribe, corregido, lo escrito para el libro biográfico de Sarlanga que iría a publicarse en 2006, aún no ha sido publicado y quién sabe si algún día se publicará. Y por esta misma razón.


La más pública cita clandestina


-Hola, Sarlanga; soy Gladys. ¿Te acordás de mí?
Sarlanga quiere recordar; repasa su calendario de Gladys, Gracielas, Glauces, la Gradisca de Amarcord. Pega el teléfono al oído y mira a su alrededor por encima de sus anteojos mínimos, temiendo que alguien pueda escuchar.
-Gladys, la del Teatro Cervantes, de Buenos Aires. Me dijiste que cuando viniera a Córdoba te hablara. Y bueno: aquí estoy.
Sarlanga no recuerda a Gladys, o recuerda a tres o cuatro, pero no a ésta de voz insinuante.
-¿Qué Gladys?
Sarlanga apenas murmura y vuelve a mirar a los demás. Es la media tarde. La redacción de Tiempo de Córdoba está a pleno, aunque, curiosamente, no se siente el tipeo frenético de las Lexicon y Olivetti. Algunos leen, otros parecen abstraídos. Sarlanga no sabe que están todos pendientes de él.
-Llegué hoy y me quedo hasta mañana- dice la que se dice Gladys-. Puedo aceptarte el café que me invitaste.
Sarlanga murmura un lugar, una dirección, dentro de media hora. Vuelve a su tablero, guarda algunas cosas y deja diagramas prolijamente desordenados, para aparentar que está trabajando. Va al baño. Se lava la cara, se peina, mastica una pastilla de menta. Ha dormido la siesta en una pequeña oficina del altillo, la puerta con llave, acostado arriba del único escritorio, las piernas colgando. Cuando sale del baño le avisan que tiene otra llamada.
-Disculpame, Sarlanga, pero en Córdoba me pierdo. ¿En qué bar me dijiste?
Quien habla es un pelado fornido, pero imita a la perfección la voz de cualquier mujer. Quienes lo secundan reprimen la risa espiando desde atrás de una puerta, o un fichero, observando e informando sobre los movimientos de Sarlanga, que se pone el saco y sale a la calle.
Sarlanga es, para los jóvenes de entonces, un viejo: orilla los cincuenta años. Usa el pelo larguito, a lo Alberto de Mendoza o Vinicius de Moraes; habla poco, escucha mucho, mira por sobre los anteojos mínimos y de vez en cuando estalla en una indiscreta carcajada de niño feliz, que se corresponde a su voz finita. Los jóvenes de entonces –es el año 1979- lo respetan con la distancia que imponen numerosas leyendas sobre su paso por los principales diarios y revistas de Buenos Aires, entre ellos Crisis y Clarín, su relación con muchos hombres famosos y mujeres anónimas. Porque Sarlanga no cuenta nada, o muy poco, mucho menos sobre mujeres. Ya se sabe que no es de caballeros andar fanfarroneando. Por el contrario, cuando se habla del tema él sólo refiere algún fracaso, una intentona frustrada, un rebote. Se sabe, porque se le nota, que está enamorado de su joven esposa Silvia. Sólo basta verlos cuando ella viene a buscarlo, y él, orgulloso, la hace cruzar la redacción.
Sarlanga ha caminado hasta el bar de la cita y se ha instalado en una mesa junto a la ventana. A la media hora ha comenzado a sospechar que Gladys no llegará y eso lo entristece: siempre ha sido olvidadizo, distraído; posiblemente le haya dado otra dirección, haya mencionado otro bar. Se levanta, sale, recorre ida y vuelta la vereda como una penitencia, o una esperanza tanguera. A poco de volver a la redacción, ese itinerario está expuesto en un panel a la vista y las risotadas de todos, en forma de secuencia fotográfica: el Fino Pizarro, a escondidas, lo ha retratado tras el vidrio del bar, en la vereda, de frente, de perfil, mirando hacia el imposible punto por donde debía aparecer Gladys. Lo que no queda registrado es lo que hace Sarlanga todos los días, cuando sale a la calle a dar una vuelta. Compra una pizza en la pizzería San Luis y camina hasta los escalones donde mendiga un espástico, un penoso muchacho mudo y babeante que al ver a Sarlanga lanza unos aullidos de contentura. Con los ojos acuosos y la baba chorreante el pobrecito aúlla cuando Sarlanga le da de comer en la boca, pero cuando aúlla y llora no mira a la pizza sino a Sarlanga. Si pudiera hablar, el pobrecito diría que Sarlanga es su mejor, su único amigo.
Días después el imitador se hará pasar por la escritora Mónica, o la escultora Amanda, o Florencia, estudiante de periodismo, todas metódicamente deslumbradas por la personalidad y las promesas de Sarlanga, dispuestas a aceptar el café, a recordarle las circunstancias en que Sarlanga las invitó, a despejarle a Sarlanga la sospecha de que es una broma y a incitarlo a pensar que en una de esas no, quizá sea cierto, porque Sarlanga es un prometedor compulsivo y profuso, un olvidadizo invitador genérico que si tuviera la mala suerte de que todas las mujeres que invita a tomar café le aceptaran, tendría que mudarse al bar, vivir allí, gastar su sueldo, inventar ante su querida esposa inverosímiles fabulaciones, amparado en el mejor oficio para ello, que es el periodismo y sus imprevistos. O quizá no, probablemente no precise inventar demasiado. Porque los jóvenes periodistas que recién empiezan a saber algo de Sarlanga y de mujeres creen advertir que las mujeres son deslumbradas por Sarlanga sin necesidad de que éste diga o haga algo, ni que cuente que es amigo, por ejemplo, de Borges, Timerman, Frondizi o Galeano; que frecuentó a Neruda, ni nada parecido, ni que cuente nada. Sarlanga seduce -creen saber los que quieren empezar a saber qué diablos les gusta a las mujeres- porque Sarlanga tiene el escueto pero efectivo imán de su pinta de porteño cincuentón, tanguero, silencioso y discreto, levemente panzón y petiso, que lo único que sabe hacer es rayar hojas y amasar tallarines, que mira por sobre sus anteojos mínimos y ríe con extrovertidas risotadas de niño. Datos, por cierto, que desconciertan y arrojan a profundas meditaciones a jóvenes que hacen aerobismo y pesas, recorren boliches de onda, visten ropa de marca, usan lociones fuertes y fuman cigarrillos suaves. Es que quizá para parecerse a Sarlanga y tener éxito con las mujeres haya que empezar por leer a Neruda, recuperar revistas Crisis escondidas luego del golpe militar, rayar hojas, aprender a cocinar, escuchar a Eladia Blázquez, callar ante la belleza de cualquier índole, darle comida a los espásticos y de vez en cuando estallar en indiscretas carcajadas de niño feliz.

Jorge Piva
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domingo, 23 de agosto de 2009

El hombre que está solo...

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Por Jorgelina Lagos
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A 50 años de su muerte, el actual poder ejecutivo decretó que 2009 sea declarado el “Año Homenaje a Raúl Scalabrini Ortiz”. El periodista, pensador, filósofo y poeta correntino, fallecía el 30 de mayo de 1959, sumido en la desesperanza y la desilusión, tras el ninguneo que le hiciera el segundo período presidencial de Perón y el desconcierto que le provocó el desaire infligido a su apoyo moral e ideológico al gobierno de Arturo Frondizi.



A partir de la década del treinta y durante casi 20 años, un espíritu recorrió Buenos Aires. Es lo que se dió en llamar “el espíritu nacional o el espíritu de la tierra”. Se aposentó inspirando a cronistas, poetas, artistas. Los pensadores y los escritores respondieron al llamado de su gente, pues ésta era una nación necesitada de mitos, de leyendas, de identidades.

Un joven Jorge Luis Borges proclamaba: “No hay leyendas en estas calles y ni un solo fantasma camina por ellas”. El ciudadano de todos los días – castigado tras la Gran Depresión y desalentado por el golpe del año 30 - se reunía en los cafetines de la ciudad donde trataba de unir cuerpo con alma, mientras era de rigor la charla sobre el amor, la amistad, la política, el juego, la aventura y el aburrimiento. Despuntaba el espíritu de comunidad alrededor del fútbol y el cigarrillo era un gran aliado en la soledad. Detestaba a la mina traidora y seguía siendo la vieja el incondicional amor de su vida.

En una ciudad donde había pocas mujeres, la soledad del porteño era, en realidad, una soledad sexual, a la que el orgullo viril intentaba sublimar a través de ritos que nutrían el imaginario masculino. Este hombre oscilaba entre los 25 y los 50 años; se reunía con los amigos en el café; era un fanático cumplidor de la palabra empeñada; disimulaba los sentimientos; parco, recelaba de las palabras y, políticamente hablando, si su padre había sido un inmigrante con ideas anarquistas que intentaba hacerse la América, él, desilusionado, había llegado a ser el afanoso buscador de un gran mito nacional.

Este fue el hombre de Corrientes y Esmeralda…Este fue “el hombre que está solo y espera…” Este fue el que describiera Raúl Scalabrini Ortíz en 1931; un pensador que creyó encontrar en Perón al hombre que el destino tenía para la Patria. Soñó, junto a Arturo Jauretche y varios más que conformaron el grupo FORJA (Fuerza de orientación radical de la joven Argentina ) y aunado a artistas que pretendían una visión diferente((Homero Manzi, Enrique S. Discépolo, etcétera ), con un nuevo movimiento de neto corte nacional, una Argentina libre y soberana, sin vendepatrias ni ligada a intereses cipayos. Un país en el cual ni la oligarquía vacuna ni los capitales foráneos se quedaran con la tajada más grande

Mucho luchó S. Ortiz, al lado de A. Jauretche ( Manual de zonceras argentinas, El mediopelo en la sociedad de hoy) desde las páginas de libros y ensayos. Memorables son títulos como Política británica en el Río de la Plata e Historia de los Ferrocarriles Argentinos.. Recordables los artículos en revistas como Qué o De frente. Pero su ilusión se perdió en los meandros de las mezquindades que siempre rodean a los espíritus generosos.



Cincuenta años después se intenta hacer justicia a su memoria. Se lo usa como estandarte de una causa actual supuestamente emparentada con aquella. Se lo reivindica, conjeturando que tanto él, como Jauretche, como Manzi, como Discépolo, han sido arbitrariamente silenciados en las últimas décadas. Se enarbola sus nombres usufructuando la imagen de honestidad que aquellos sembraron a su paso y este gobierno de turno insta a seguir las bondades patrióticas que demostraron. Vano esfuerzo de manipuladores sin ética, aferrados a lo que está más a mano para hacer un poco de demagogia y conseguir una supuesta adhesión.

Apropiarse de la bandera enarbolada en su momento por Scalabrini Ortiz es propio de la actitud cerril y abusiva de estas gentes que nos gobiernan. El camino del infierno - o, al menos, el del purgatorio- está sembrado de buenas intenciones. No me queda ninguna duda de que Scalabrini Ortiz se volvería a sentir desconcertado si viera en qué estado se encuentra esta Nación (y cuál es el calibre del gobierno que propicia este homenaje ) que él, junto a un grupo de bienpensantes, se empeñó en forjar.
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