lunes, 19 de octubre de 2009

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¿Cine argentino?: ¡Jamás!
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por Jorgelina Lagos
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Hay tres películas nacionales en cartelera en estos momentos que, por una u otra razón, no espantan al público a quién, en ¡tantas oportunidades! hemos escuchado rezongar a lo largo de las décadas de manera rotunda: “Cine argentino¡ ni loca/o!” Al contrario: se dirían que son verdaderos éxitos de taquilla.

Creo conocer la respuesta, que es digna de ser tenida en cuenta: narran historias locales a “la mejor manera de”(cine yanqui, por supuesto), es decir, de forma dinámica y sencilla, con buenas historias locales contadas por guiones adecuados; con actores que saben decir - esencial en el séptimo arte, donde no es necesario exacerbar tonos ni volúmenes, salvo en contadas ocasiones: de violencia, sobre todo-, y con directores que los dirigen con aptitud y toman lo mejor de cada uno.

Sí, ya se sabe: fórmulas para el éxito no hay. Pero a través de la observación puede llegarse a una serie de conclusiones varias que no hay que desdeñar.

En definitiva: ¿qué tienen “Las viudas de los jueves”, “Cuestión de principios” y la muy atractiva “El secreto de sus ojos” para que estén gustando a nuestro público? Las tres cuentan historias muy actuales, muy nuestras y que le pegan duro a la sensibilidad del espectador.

Empecemos por la menos estrepitosa de las tres: “Las viudas de los jueves”

Basándose en la exitosa novela de Claudia Piñeiro, el realizador Marcelo Piñeyro ha seguido de cerca el clima de opresión e hipocresía que bañan la novela, ubicada en un barrio cerrado del Gran Buenos Aires. Después de los casos García Belsunce y Dalmasso, los argentinos conocen las habas que en tales círculos cerrados pueden
llegar a cocinarse. Sobre todo el tema mueve el morbo colectivo.
Con un tono solemne, muy común al cine vernáculo de otras épocas – el de Torre Nilsson, por ejemplo – Piñeyro cuenta una historia que no es privativa del “Amas de casa desesperadas” de la TV norteamericana , como muy bien lo demostró la versión argentina hace algunos años.
Una puesta en escena prolija, cuidadosa y algunas muy buenas actuaciones, hacen que el filme se ubique como uno de los que pueden reivindicar al alicaído cine nacional en las boleterías.

Pasamos a “Cuestión de principios”. Basándose en un libro escrito por el recordado e inefable Roberto Fontanarrosa, el director Rodrigo Grande ha realizado una sátira costumbrista con un enorme sentido del humor, muy actual, muy globalizada pero, al mismo tiempo, muy argentina.
La historia del viejo empleado de una empresa naviera – la acción transcurre en Rosario – que debe aceptar los desplantes del nuevo gerente treintañero, argentino pero residente en Barcelona durante muchos años, es un reflejo de las circunstancias que se están dando en muchos países del llamado Primer Mundo (supuestamente Argentina pertenecería a esa condición): hombres mayores, casi ancianos, fogueados en una vida plena de los principios que rigieron las costumbres familiares por varias generaciones, debiendo vérselas con jóvenes que los avasallan, los humillan y desprecian todos aquellos valores, mofándose despreocupadamente de tales conceptos. Junto a toda esta circunstancia, el personaje que interpreta Federico Luppi, un ciudadano correcto y mojigato, lleva toda una vida casado con la misma mujer, a la que siempre le ha sido fiel por no haberse atrevido a otra cosa…
Las circunstancias de esa vida apacible se modifican 180º ante la llegada del nuevo CEO. Es entonces cuando Castilla (Luppi) debe plantarse en sus reales y anunciar que
“no todo tiene un precio en la vida”. Pero…

Con un guión divertido, ocurrente, de léxico muy nuestro; con un sobrio y por momentos conmovedor Federico Luppi; una desopilante Norma Aleandro (que no le teme al ridículo) y dos o tres secundarios excelentes, más los rubros técnicos sumamente cuidados, el filme emociona a través del humor. Y hace pensar. ¡Vaya si lo
hace!

Y llegamos al plato fuerte de este año en materia cinematográfica: “El secreto de sus ojos”. Después de todo lo que se ha dicho de esta película no quiero sobreabundar.
Pero sí puntualizar lo que salta a la vista: Juan José Campanella, director y coguionista,que trabaja permanentemente para la televisión norteamericana, sabe muy bien cuál es uno de los secretos del éxito: tomar una buena historia y trasladarla a un guión dinámico. Esos factores, unidos a una historia profundamente argentina (pero no privativa: la corrupción), más una historia de amor desencontrada a través del tiempo, además de referencias a nuestro pasado reciente, han dado el éxito que es en este momento. Ni qué hablar de las actuaciones: soberbias.

En definitiva: tómense los elementos adecuados, bátanse hasta lograr un producto homogéneo y sírvaselo. Con hielo o sin. Da lo mismo.
Pero que se saborea, se saborea
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sábado, 26 de septiembre de 2009

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Eduardo William Hermes Ruccio, Sarlanga

Ultimas páginas de
un libro olvidado


Por Jorge Piva

Donde empieza el Cerro de las Rosas, en calle Tristán Malbrán, la luminosa mañana de primavera puede sugerir a cualquier desprevenido que la vida es bella.
Estoy frente a la casa de descanso “Cristo Rey”, esperando que me atiendan. “Vengo a ver a Sarlanga”, digo, y justifico mi falta de preaviso con un teléfono erróneo, mi ignorancia del horario de visitas, pasaba por ahí. “Hay un horario –dice una solícita señorita de guardapolvo blanco, Cecilia- pero Sarlanga es un caso aparte, es un personaje público. Pase”.
-Está con la novia – me anticipa, y me conduce a una sala amplia, impecable, donde hay un piano y algunos hombres y mujeres desayunan, silenciosos, otros están simplemente sentados y nadie atiende a un televisor.
Me asomo, con el pudor de asistir a una escena íntima. Una cabeza de pelo blanco y largo mira a una anciana locuaz y pequeña. Están tomados de la mano. “Están todo el día así” acota Cecilia.
La cabeza blanca gira, me ve, abre los ojos y sonríe; quizá tarde en reconocerme. Por las dudas, me presento ante la mujer, de mirada vivaz, que se llama María Ida. Sarlanga le suelta la mano sólo para incorporarse y darme un abrazo.
-Estás como siempre –le digo-. Pero no sé si porque seguís siendo joven, o siempre fuiste viejo.
Sarlanga larga la risotada larga y aguda de siempre. Ha cumplido 80 años. “El 22 de abril”, dice María Ida y a partir de allí hablará por ella y por Sarlanga, contándome de ambos, que ella es profesora de música, que toca el piano y que él se le declaró mediante una carta en un cuaderno, poco después de la fiesta de cumpleaños donde estuvieron varios amigos, que salió en el diario, y donde Sarlanga bailó tangos.

Eduardo William Hermes Ruccio dejó de llamarse así desde jovencito, cuando frecuentaba la cancha de Boca para ver a su ídolo, un centrodelantero goleador de los años ‘40: Sarlanga. El apelativo le sentó mejor que aquel nombre largo, raro y de apellido que siempre había que explicar cómo se pronunciaba y escribía. Hacía rato que era Sarlanga cuando llegó a Córdoba, hacia 1977, precedido de ilustres antecedentes profesionales como diagramador de diarios y revistas, para diseñar el formato de Tiempo de Córdoba. Según él mismo, rayar papeles y amasar tallarines era lo único que sabía hacer, o por lo menos hacerlo bien. El resto siempre había sido, y siguió siendo, más o menos caótico. Después del cierre de Tiempo, se incorporó a La Voz del Interior, donde se jubiló. Mientras tanto diagramó publicaciones fugaces y cosechó amigos estables, a la par de cimentar su fama de buen tipo, que excedió al ambiente periodístico. Sus últimos días productivos los transitó haciendo lo que más le gustaba, según decía, que era dibujar y diagramar sin que nadie le impusiera criterios, sin recibir órdenes ni darlas, y así pudo hacerlo con la revistas La Luciérnaga y Umbrales, del Cispren, en cuya sede de calle Obispo Trejo trabajaba, almorzaba, recibía a los amigos y portaba casi todo lo que tenía: un par de sacos cruzados, de solapas anchas, que de tan antiguos cada lustro volvían a ponerse de moda, una corbata con la imagen de Chaplin y un portafolio con papeles y lápices, que olvidaba en cualquier parte.
Allí me había citado en diciembre de 2005, para pedirme una nota para un libro, su libro, una especie de autobiografía profesional ilustrada. “Siempre hice cosas para los demás-me había dicho- Ahora voy a hacer un libro para mí, como yo quiero y contando lo que quiero”. Lo estaba diagramando, había relatado sus decenas de anécdotas a otros, para que se las escribieran, y estaba tratando de encontrar fotos olvidadas en el vasto armario que había elegido para dejar sus mejores cosas: Córdoba. Ya tenía, me dijo, escritos de Miguel Clariá, Daniel Salzano y Eduardo Galeano, entre varios otros.
Luego de ello, periódicamente, le llamé por teléfono para saber cómo andaba el libro, diciéndole que se dejara de embromar, lo terminara y lo publicara de una buena vez. Distraía así mi impresión –generalizada- de que Sarlanga y cualquier forma de organización eran incompatibles. La última vez que hablamos me contó una confusa historia de extravíos, apropiaciones indebidas, promesas incumplidas, cosas que no sabía describir muy bien porque ni él mismo las entendía: el mal siempre le fue una materia naturalmente ajena e inconcebible. Cuando tiempo después su teléfono me dio fuera de servicio y alguien me informó que Sarlanga había enfermado, me resigné al presentimiento original de que el libro no llegaría a hacerse. Volví a preguntarle, ahora, y María Ida contestó por él que el proyecto de libro anda por ahí, que alguien ha recuperado algunos originales, que la hermana que vivía en Londres y viajó para atenderlo se ocupó del tema, que tuvo que poner o amenazar con abogados, que Sarlanga anduvo en la residencia con algunos otros papeles del libro, pero que los regaló, como hace con todo lo que le llega, la ropa, las revistas, excepto los lápices, que no los regala pero como siempre los olvida, aunque se los devuelven.
Sarlanga me había dicho en aquella reunión de años atrás que quería contar en el libro, por ejemplo, su accidentado ingreso a La Voz del Interior. Y me la contó, por si yo quería escribirla, porque no recordaba si ya se la había encargado a otro.
-No; qué Alfonsín ni ocho cuartos –dije-. Yo voy a contar que vos eras un lancero compulsivo.
-Gracias. Pero contá también lo de Alfonsín.

Sarlanga había ingresado a La Voz pocos días antes de que el flamante presidente Alfonsín llegara a Córdoba por primera vez en tal carácter. En su agenda, el presidente había incluido una visita al diario y éste había previsto un estricto protocolo, que incluía la prohibición al personal de dirigirle la palabra, dado que venía con un programa muy ajustado y su visita sería brevísima, limitada a una reunión con el directorio. El personal sólo podía observar el paso del presidente hacia la sala de reuniones, sin demorarlo con saludos, ni pedidos de autógrafos, ni cercanías que le cortaran el paso. La cuestión es que cuando Alfonsín caminaba por el pasillo humano que le habían formado, se detuvo y exclamó:
-¡Sarlanga! ¿Qué hacés acá?
Se abrazaron, hablaron, los jefes de personal se pusieron nerviosos, algunos no entendían y otros no pudieron disimular su envidia, que no se agotaría allí. Al día siguiente, Sarlanga, que aún estaba a prueba, fue llamado a comparecer ante el directorio en pleno, reunido alrededor de una gran mesa tipo directorio, adonde lo convocaron y ni siquiera lo hicieron sentar. Le preguntaron por qué había desobedecido las órdenes.
-Yo no hice nada –se excusó Sarlanga-. El presidente vino y me saludó.
-¿Por qué a usted?
-Y … porque es mi amigo.
Sarlanga es peronista, pero esto siempre fue para él y los demás un dato menor. Había conocido al presidente en un gremio, en Buenos Aires, que el joven abogado Alfonsín asesoraba, además de escribir notas para la revista sindical que Sarlanga diagramaba. El directorio de La Voz no se animó a sancionar a un amigo del presidente.

-Voy a contar la anécdota de Alfonsín –le digo ahora-. Y la de las citas amorosas que te inventaban en el Tiempo de Córdoba, por si el libro que estabas haciendo no se publica.
-Contá lo que quieras – me dice, y encuentro en ello un tono de resignación y desinterés.
Vuelve a hablar María Ida, que ha soportado, inquieta, uno o dos minutos sin hablar. Ya sabe que su novio ha sido y es tan popular como querido, y me dice que ella antes de ser profesora de música fue empleada en el casino de Alta Gracia, adonde un buen día de 1978 un señor que ganó mucha plata le dio una propina “por ser la más linda de todas las empleadas”. Entonces Sarlanga agrega que sus primeros sueldos en Córdoba se los jugaba en el casino de Alta Gracia, y que una noche de 1978 había ganado una pequeña fortuna (“siete mil pesos de entonces”), y le había echado el ojo a una de las empleadas, a la que le dio una propina “por ser la más linda de todas”. Ambos creen ahora que la bella y el afortunado eran ella y él, que se han reencontrado gracias a un misterioso designio, treinta años después.
-¿Y el novio cómo se porta?-le pregunto a María Ida.
-Muy bien. Lo único, es un poco mano larga. Pero conmigo no se va a hacer el vivo.
Cuando me voy, Cecilia saca de un cajón con llave un retrato dibujado y dedicado por Sarlanga, con una perfecta caligrafía redonda y firme.
-¿Sigue dibujando?
-Lo hacía todo el tiempo. Pero dejó desde que se puso de novio.
Pienso en las miles de páginas dibujadas, publicadas y olvidadas y en el desuso de esa forma artesanal de diagramación que también está declinando, como sus hacedores.
Le pregunto a Cecilia si sabe algo sobre un libro biográfico y me dice que algo le ha oído hablar al respecto, que anduvieron dando vueltas algunas cosas, pero no mucho más. En todo caso, a Sarlanga ya no le interesa, o se ha olvidado, porque cada vez tiene menos recuerdos y se va pareciendo a un niño sin mucho pasado. Y lo que más le interesa ahora, casi lo único, es pasar el día de la mano de María Ida, lo cual significa haber cumplido el deseo oculto de todo niño: ponerse de novio con la señorita de música.


Setiembre de 2009.




A continuación se transcribe, corregido, lo escrito para el libro biográfico de Sarlanga que iría a publicarse en 2006, aún no ha sido publicado y quién sabe si algún día se publicará. Y por esta misma razón.


La más pública cita clandestina


-Hola, Sarlanga; soy Gladys. ¿Te acordás de mí?
Sarlanga quiere recordar; repasa su calendario de Gladys, Gracielas, Glauces, la Gradisca de Amarcord. Pega el teléfono al oído y mira a su alrededor por encima de sus anteojos mínimos, temiendo que alguien pueda escuchar.
-Gladys, la del Teatro Cervantes, de Buenos Aires. Me dijiste que cuando viniera a Córdoba te hablara. Y bueno: aquí estoy.
Sarlanga no recuerda a Gladys, o recuerda a tres o cuatro, pero no a ésta de voz insinuante.
-¿Qué Gladys?
Sarlanga apenas murmura y vuelve a mirar a los demás. Es la media tarde. La redacción de Tiempo de Córdoba está a pleno, aunque, curiosamente, no se siente el tipeo frenético de las Lexicon y Olivetti. Algunos leen, otros parecen abstraídos. Sarlanga no sabe que están todos pendientes de él.
-Llegué hoy y me quedo hasta mañana- dice la que se dice Gladys-. Puedo aceptarte el café que me invitaste.
Sarlanga murmura un lugar, una dirección, dentro de media hora. Vuelve a su tablero, guarda algunas cosas y deja diagramas prolijamente desordenados, para aparentar que está trabajando. Va al baño. Se lava la cara, se peina, mastica una pastilla de menta. Ha dormido la siesta en una pequeña oficina del altillo, la puerta con llave, acostado arriba del único escritorio, las piernas colgando. Cuando sale del baño le avisan que tiene otra llamada.
-Disculpame, Sarlanga, pero en Córdoba me pierdo. ¿En qué bar me dijiste?
Quien habla es un pelado fornido, pero imita a la perfección la voz de cualquier mujer. Quienes lo secundan reprimen la risa espiando desde atrás de una puerta, o un fichero, observando e informando sobre los movimientos de Sarlanga, que se pone el saco y sale a la calle.
Sarlanga es, para los jóvenes de entonces, un viejo: orilla los cincuenta años. Usa el pelo larguito, a lo Alberto de Mendoza o Vinicius de Moraes; habla poco, escucha mucho, mira por sobre los anteojos mínimos y de vez en cuando estalla en una indiscreta carcajada de niño feliz, que se corresponde a su voz finita. Los jóvenes de entonces –es el año 1979- lo respetan con la distancia que imponen numerosas leyendas sobre su paso por los principales diarios y revistas de Buenos Aires, entre ellos Crisis y Clarín, su relación con muchos hombres famosos y mujeres anónimas. Porque Sarlanga no cuenta nada, o muy poco, mucho menos sobre mujeres. Ya se sabe que no es de caballeros andar fanfarroneando. Por el contrario, cuando se habla del tema él sólo refiere algún fracaso, una intentona frustrada, un rebote. Se sabe, porque se le nota, que está enamorado de su joven esposa Silvia. Sólo basta verlos cuando ella viene a buscarlo, y él, orgulloso, la hace cruzar la redacción.
Sarlanga ha caminado hasta el bar de la cita y se ha instalado en una mesa junto a la ventana. A la media hora ha comenzado a sospechar que Gladys no llegará y eso lo entristece: siempre ha sido olvidadizo, distraído; posiblemente le haya dado otra dirección, haya mencionado otro bar. Se levanta, sale, recorre ida y vuelta la vereda como una penitencia, o una esperanza tanguera. A poco de volver a la redacción, ese itinerario está expuesto en un panel a la vista y las risotadas de todos, en forma de secuencia fotográfica: el Fino Pizarro, a escondidas, lo ha retratado tras el vidrio del bar, en la vereda, de frente, de perfil, mirando hacia el imposible punto por donde debía aparecer Gladys. Lo que no queda registrado es lo que hace Sarlanga todos los días, cuando sale a la calle a dar una vuelta. Compra una pizza en la pizzería San Luis y camina hasta los escalones donde mendiga un espástico, un penoso muchacho mudo y babeante que al ver a Sarlanga lanza unos aullidos de contentura. Con los ojos acuosos y la baba chorreante el pobrecito aúlla cuando Sarlanga le da de comer en la boca, pero cuando aúlla y llora no mira a la pizza sino a Sarlanga. Si pudiera hablar, el pobrecito diría que Sarlanga es su mejor, su único amigo.
Días después el imitador se hará pasar por la escritora Mónica, o la escultora Amanda, o Florencia, estudiante de periodismo, todas metódicamente deslumbradas por la personalidad y las promesas de Sarlanga, dispuestas a aceptar el café, a recordarle las circunstancias en que Sarlanga las invitó, a despejarle a Sarlanga la sospecha de que es una broma y a incitarlo a pensar que en una de esas no, quizá sea cierto, porque Sarlanga es un prometedor compulsivo y profuso, un olvidadizo invitador genérico que si tuviera la mala suerte de que todas las mujeres que invita a tomar café le aceptaran, tendría que mudarse al bar, vivir allí, gastar su sueldo, inventar ante su querida esposa inverosímiles fabulaciones, amparado en el mejor oficio para ello, que es el periodismo y sus imprevistos. O quizá no, probablemente no precise inventar demasiado. Porque los jóvenes periodistas que recién empiezan a saber algo de Sarlanga y de mujeres creen advertir que las mujeres son deslumbradas por Sarlanga sin necesidad de que éste diga o haga algo, ni que cuente que es amigo, por ejemplo, de Borges, Timerman, Frondizi o Galeano; que frecuentó a Neruda, ni nada parecido, ni que cuente nada. Sarlanga seduce -creen saber los que quieren empezar a saber qué diablos les gusta a las mujeres- porque Sarlanga tiene el escueto pero efectivo imán de su pinta de porteño cincuentón, tanguero, silencioso y discreto, levemente panzón y petiso, que lo único que sabe hacer es rayar hojas y amasar tallarines, que mira por sobre sus anteojos mínimos y ríe con extrovertidas risotadas de niño. Datos, por cierto, que desconciertan y arrojan a profundas meditaciones a jóvenes que hacen aerobismo y pesas, recorren boliches de onda, visten ropa de marca, usan lociones fuertes y fuman cigarrillos suaves. Es que quizá para parecerse a Sarlanga y tener éxito con las mujeres haya que empezar por leer a Neruda, recuperar revistas Crisis escondidas luego del golpe militar, rayar hojas, aprender a cocinar, escuchar a Eladia Blázquez, callar ante la belleza de cualquier índole, darle comida a los espásticos y de vez en cuando estallar en indiscretas carcajadas de niño feliz.

Jorge Piva
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domingo, 23 de agosto de 2009

El hombre que está solo...

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Por Jorgelina Lagos
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A 50 años de su muerte, el actual poder ejecutivo decretó que 2009 sea declarado el “Año Homenaje a Raúl Scalabrini Ortiz”. El periodista, pensador, filósofo y poeta correntino, fallecía el 30 de mayo de 1959, sumido en la desesperanza y la desilusión, tras el ninguneo que le hiciera el segundo período presidencial de Perón y el desconcierto que le provocó el desaire infligido a su apoyo moral e ideológico al gobierno de Arturo Frondizi.



A partir de la década del treinta y durante casi 20 años, un espíritu recorrió Buenos Aires. Es lo que se dió en llamar “el espíritu nacional o el espíritu de la tierra”. Se aposentó inspirando a cronistas, poetas, artistas. Los pensadores y los escritores respondieron al llamado de su gente, pues ésta era una nación necesitada de mitos, de leyendas, de identidades.

Un joven Jorge Luis Borges proclamaba: “No hay leyendas en estas calles y ni un solo fantasma camina por ellas”. El ciudadano de todos los días – castigado tras la Gran Depresión y desalentado por el golpe del año 30 - se reunía en los cafetines de la ciudad donde trataba de unir cuerpo con alma, mientras era de rigor la charla sobre el amor, la amistad, la política, el juego, la aventura y el aburrimiento. Despuntaba el espíritu de comunidad alrededor del fútbol y el cigarrillo era un gran aliado en la soledad. Detestaba a la mina traidora y seguía siendo la vieja el incondicional amor de su vida.

En una ciudad donde había pocas mujeres, la soledad del porteño era, en realidad, una soledad sexual, a la que el orgullo viril intentaba sublimar a través de ritos que nutrían el imaginario masculino. Este hombre oscilaba entre los 25 y los 50 años; se reunía con los amigos en el café; era un fanático cumplidor de la palabra empeñada; disimulaba los sentimientos; parco, recelaba de las palabras y, políticamente hablando, si su padre había sido un inmigrante con ideas anarquistas que intentaba hacerse la América, él, desilusionado, había llegado a ser el afanoso buscador de un gran mito nacional.

Este fue el hombre de Corrientes y Esmeralda…Este fue “el hombre que está solo y espera…” Este fue el que describiera Raúl Scalabrini Ortíz en 1931; un pensador que creyó encontrar en Perón al hombre que el destino tenía para la Patria. Soñó, junto a Arturo Jauretche y varios más que conformaron el grupo FORJA (Fuerza de orientación radical de la joven Argentina ) y aunado a artistas que pretendían una visión diferente((Homero Manzi, Enrique S. Discépolo, etcétera ), con un nuevo movimiento de neto corte nacional, una Argentina libre y soberana, sin vendepatrias ni ligada a intereses cipayos. Un país en el cual ni la oligarquía vacuna ni los capitales foráneos se quedaran con la tajada más grande

Mucho luchó S. Ortiz, al lado de A. Jauretche ( Manual de zonceras argentinas, El mediopelo en la sociedad de hoy) desde las páginas de libros y ensayos. Memorables son títulos como Política británica en el Río de la Plata e Historia de los Ferrocarriles Argentinos.. Recordables los artículos en revistas como Qué o De frente. Pero su ilusión se perdió en los meandros de las mezquindades que siempre rodean a los espíritus generosos.



Cincuenta años después se intenta hacer justicia a su memoria. Se lo usa como estandarte de una causa actual supuestamente emparentada con aquella. Se lo reivindica, conjeturando que tanto él, como Jauretche, como Manzi, como Discépolo, han sido arbitrariamente silenciados en las últimas décadas. Se enarbola sus nombres usufructuando la imagen de honestidad que aquellos sembraron a su paso y este gobierno de turno insta a seguir las bondades patrióticas que demostraron. Vano esfuerzo de manipuladores sin ética, aferrados a lo que está más a mano para hacer un poco de demagogia y conseguir una supuesta adhesión.

Apropiarse de la bandera enarbolada en su momento por Scalabrini Ortiz es propio de la actitud cerril y abusiva de estas gentes que nos gobiernan. El camino del infierno - o, al menos, el del purgatorio- está sembrado de buenas intenciones. No me queda ninguna duda de que Scalabrini Ortiz se volvería a sentir desconcertado si viera en qué estado se encuentra esta Nación (y cuál es el calibre del gobierno que propicia este homenaje ) que él, junto a un grupo de bienpensantes, se empeñó en forjar.
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La revolución jubilada

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Por Jorge Piva
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Cualquier universitario que se considerara partícipe y protagonista de su época, a principios de los 70, tenía en su residencia alguno o todos los discos de Daniel Viglietti, Alfredo Zitarrosa y Los Olimareños. Estudiábamos con “El violín de Becho” de fondo, recibíamos la visita de nuestros pares con “A desalambrar” y cortejábamos señoritas con “El beso que te di” sonando en la penunbra. Algunos, no sin cierta culpa de “pasatismo burgués”, nos permitíamos escuchar a Roberto Carlos. Aún conservo algo de todo ello, en discos long-play. Y ahora, cuando de vez en cuando Rony Vargas en su “Club del recuerdo” nos permite escuchar a Braulio López y Pepe Guerra en un punteo impecable y cantar con toda el alma “No puedo vivir sin ti / te juré quererte con devoción / te besé y aquel beso que te di / se quedó clavado en mi corazón”, se nos tensa al máximo la cuerda de la nostalgia. Hay canciones que no son buenas o malas en sí mismas, sino en lo que significan para cada uno, o para una época.
En aquellos años, antes de su exilio, me lucí invitando a una compañera a ver a Alfredo Zitarrosa en la cancha del club Juniors, en una ceremonia de militancia antes que un recital. El uruguayo, de saco y corbata, acaricia su guitarra y saluda, parco, con su voz de locutor y cigarrillos, con un dejo de tristeza y nostalgia que ya tenía antes de irse obligado a España, donde se consumió de cigarrillos, alcohol, tristezas y nostalgias, aunque alcanzó a volver para la primavera democrática, antes de morirse de la suma de todo ello. Lo entreveo aún subido al rústico entablonado, cada vez que un inexplicable nudo de melancolía me incomoda al escuchar “Stefanie” (“Esta canción / que pregunta por ti / que no ha dormido / es puro olvido / Stefanie”.) En aquellos recitales vibraba no sólo la fuerza colectiva del deseo de un mundo mejor –que debería estar hecho de lucha y amor- sino la convicción de que ello era posible, que estaba ahí, al alcance de la mano. (Después, como se sabe –y dijeran los chicos ahora- se pudrió todo, pero éste no es el tema.)

Braulio López tiene 67 años y Pepe Guerra cumplirá 65 en octubre. “Los Olimareños” estaban para siempre instalados en lo mejor del folklore latinoamericano de los ‘60 a los ‘80 cuando a principios de 2009 a alguien, o a ellos mismos, se les ocurrió juntarse nuevamente en un escenario. Así como nunca explicaron muy bien las razones de la separación, no manifestaron las motivaciones de este retorno. Hacía 19 años que habían disuelto al dúo para continuar declinantes carreras de solistas, después de tres décadas de trabajo conjunto. Habían grabado 240 canciones, pero se los identificaba ante todo por las contestatarias, las llamadas “canciones de protesta”, críticas de las desigualdades del capitalismo y el imperialismo, celebrantes y propugnadoras del cambio político y social que tenía a la revolución cubana como faro ideológico continental y a Tupamaros y Montoneros como los máximos y más populares exponentes de su vanguardia armada en ambos márgenes del Río de la Plata. No estaban solos: en peñas y guitarreadas se coreaban los pegadizos himnos de Los Quilapayún, sin importar demasiado la calidad poética o sutil elaboración de sus letras. La emblemática canción “El tomate” decía: “Qué culpa tiene el tomate / que está tranquilo en la mata / si viene un hijo de puta / y lo mete en una lata y lo manda pa’ Caracas”. Terminaba diciendo: “ … que la tortilla se vuelva / que los pobres coman pan / y los ricos mierda mierda”.

En mayo pasado Los Olimareños hicieron dos presentaciones en el Estadio Centenario de Montevideo; habían anunciado una sola, pero el público agotó las entradas. El precio de las mismas motivó una pequeña polémica y algunas protestas, discusión que ellos zanjaron diciendo que si se pagaban entradas caras para ver recitales de músicos extranjeros, no cabía hacer diferenciaciones con los músicos nacionales. Alguien replicó que las entradas más caras para ver a Serrat y Sabina habían costado exactamente la mitad. La discusión sobre precio y valor de los espectáculos es interminable, y los espectadores, los que van, normalmente la relegan llenando los escenarios, sin darle importancia. Históricamente, el parámetro monetario de los espectáculos populares ha sido el precio del cine, donde no hay diferencias para verlo: es por orden de llegada. Lo cierto es que los recitales, hoy en día, tienen una serie de altos costos para solventar varios ítems: alquiler de escenario, técnicos, publicidad directa o indirecta, productores, impuestos, artistas, etc., donde nadie, que se sepa, trabaja por amor al arte.
El anuncio del retorno de Los Olimareños se hizo en conferencia de prensa en el Hotel Sheraton de Montevido (en Argentina la militancia montonera cantaba, en el 73 “Qué lindo, qué lindo que va a ser, el Hospital de Niños en el Sheraton Hotel”). Las fotos muestran a Braulio López y Pepe Guerra de remera y camisa, y a Pepe con una gorra marinera o ferroviaria. Quizá vivan así. Aquí se suele desconfiar de la escenografía de la humildad desde que los millonarios sindicalistas argentinos se resisten a usar traje y corbata, signos ajenos al proletariado que dicen representar. Se simpatiza más, según las últimas elecciones, con De Narváez, que es un auténtico rico y aunque no hace alarde de ello, no se ocupa de disimularlo.
Debido a aquel éxito en Montevideo, en junio pasado Los Olimareños vinieron al Luna Park de Buenos Aires. La platea VIP costó 250 pesos y la ubicación más barata, 80 pesos. Las crónicas coincidieron en mencionar las guitarras desafinadas, las voces desacomodadas, el recorrido por un repertorio que no incluyó ningún tema nuevo sino los de hace 30 años, la emoción lagrimeante del público que en el cierre apoteótico coreó de pie “Hasta siempre”, la guajira en homenaje al Che Guevara: “Seguiremos adelante / como junto a ti seguimos / y con Fidel te decimos / hasta siempre Comandante”.
En Córdoba, en el Orfeo, los precios de las entradas bajaron a 150 pesos y 50 en ambos extremos. Durante la semana previa a la presentación los escuché dialogando con Rony Vargas. Dio la casualidad que venía yo en auto por la avenida Luchesse, viendo cómo un gran despliegue de máquinas y obreros viales están modificando la entrada a Villa Allende, para que la cadena multinacional Carrefour pueda abrir otra sucursal, demostrando la excelente salud del capitalismo globalizado. Esta expansión ante mis ojos y simultáneamente Los Olimareños en mis oídos me generó cierto desacople que no podría explicar.
Escuché las voces ya notoriamente avejentadas en el teléfono de Pepe y Braulio, hablando de sus orígenes, su militancia en el canto popular, del encarcelamiento de Braulio en Córdoba y del exilio de ambos. Dos experiencias terribles y comprensiblemente inolvidables, que los periodistas generalmente se han ocupado de recordarles en cada entrevista, antiguas y actuales. Pensé: ¿no estarán hartos de hablar de aquella experiencia sucedida hace treinta y cinco años, diciendo siempre más o menos lo mismo? ¿Será que a medida que envejecemos se nos potencian y hacen más palpitantes los recuerdos?¿No los incomoda que invariablemente el exilio y los sufrimientos consecuentes son puestos casi en el mismo nivel que la música que hacen, a la hora de valorizar y darle identidad al dúo? Las persecuciones a artistas hablan de la estulticia criminal de los perseguidores y los dramas personales que provocan, a lo sumo de íconos artísticos de la censura, no de las calidades artísticas. Dicho de manera casi brutal: fueron perseguidos, pero hace 25 años que ya no son perseguidos. Y nada parece indicar que haya golpes militares en ciernes, como para mantener vivo un recuerdo preventivo. Por suerte, a continuación Rony matizó la entrevista con “La niña de Guatemala”.
Mi hijo es aficionado a la guitarra. En algunas ocasiones he llamado su atención sobre Los Olimareños. “Escuchá cómo suenan”. Omití lo del exilio: mi hijo nació recién cuando se estaba yendo Alfonsín, casi nada sabe de la dictadura, y lo poco que sabe –por mí, o por la propaganda sesgada de las agrupaciones universitarias de izquierda- no le interesa, no se conecta con ninguna de sus experiencias ni expectativas, duda si cuando menciono a Videla me refiero al cuartetero Negro Videla, y así. Más o menos como cuando nuestros padres, en los 60 y 70, nos hablaban de Irigoyen o Sabattini, que eran dos avenidas.

No fui a verlos al Orfeo. Me resistí, como quien elude a una novia de juventud por temor a que los estragos de la vejez le rompan el encanto del recuerdo. Pero no sólo por eso. No hubiera entendido ni querido entender a un público que paga 250, 170, 120 pesos para aplaudir a rabiar las letras contestatarias que proclamaban la lucha contra el capitalismo burgués, que propugnaban la revolución socialista, que legitimaban la lucha armada (“Cielito del 69”), la tierra para quien la trabaja, la reivindicación de una clase obrera mayoritariamente ausente de un espectáculo que no está al alcance de sus bolsillos: ni el albañil y la lavandera de “No lo conoce a Juan” ni el “hombre de mameluco” de otro de sus temas. Pensé que posiblemente en esas plateas hayan estado algunos sobrevivientes de aquellas experiencias militantes de final trágico, hoy personas maduras, que mal o bien lograron luego reinsertarse en las comodidades de la clase media, en profesiones o actividades liberales, que luego del recital subieron a sus autos y cruzaron a tomar café al Holiday Inn, comer hamburguesas en el Mc Donald’s del Hiper Libertad o en el patio de comidas del shopping Dino, ícono por excelencia del capitalismo consumista. Imaginé a esas personas coreando el “Hasta siempre Comandante” mientras la realidad indica que el ideario de lucha armada del Che está más cercano al “hasta nunca” – el otro “nunca más”- y posiblemente quienes lo cantan a coro no desean ni tolerarían que resucitase.
Pensé en cuál es el sentido de erigir esta especie de museo de la derrota –donde se grita la consigna “Hasta la victoria siempre”- en medio de las reglas de juego y el usufructo del capitalismo victorioso. Pensé en la paradoja de esta celebración musical de una revolución jubilada de oficio por la historia, a no ser que alguien suponga que la realidad de hoy es la corporización de “los sueños de los 70”.
Pensé dónde cantarían hoy Los Olimareños si aquellas revoluciones hubieran triunfado en nuestros países:¿serían subvencionados por el Estado con la obligación de dar recitales gratuitos en escuelas, fábricas, universidades y actos oficiales, en un ex Sheraton transformado en Hospital de Niños?
Pensé en León Gieco y Víctor Heredia, por ejemplo, que cuando vienen a Córdoba para las temporadas veraniegas, entre festival y festival, se presentan en improvisados escenarios barriales, por cierto con entrada libre, sin avisar ni antes ni después a los medios de prensa.
Pensé esto pero no quise pensar más, porque se me confunden los tantos, no sé extraer conclusiones taxativas, pero tengo la impresión de que hay algo en todo esto que no encaja, un error, una lástima, alguien que se está riendo de todos nosotros, como un marionetista que lucra manipulando muñecos en una obra que a la vez hace reír y llorar sincera y profundamente, porque remite a experiencias hermosas, crueles, heroicas y trágicas, pero que como toda ficción, la puesta en escena, en el fondo, es de mentirita.
Hasta que pensé en mi hijo veinteañero, que toca la guitarra y poco de esto le interesa, y que quizá sea mejor así.

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Agosto 2009.
jorospiva@yahoo.com.ar
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domingo, 2 de agosto de 2009

Confesiones (medicinales) de invierno

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Por: Jorge Piva
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En el listado de mis peores recuerdos de la infancia figuran casi con exclusividad las enfermedades. Un solo hecho rompe esa uniformidad: el catecismo. Ambas experiencias se unirían, según se verá, en aquellos inviernos inclementes de mi Villa María natal.
Me dicen que hoy en día la enseñanza religiosa ha cambiado. En mí tuvo el efecto de fomentar la rebeldía: a los ocho o diez años era yo alumno sobresaliente (alternábamos la mejor libreta con mi amigo Juan Carlos Seia), niño retraído, respetuoso y tímido, y sin embargo tuve la audacia de forzar inconductas para ser puesto en penitencia o ser echado de las clases de catecismo. Los rezos, credos y oraciones me resultaban más ininteligibles que las matemáticas, y como tales, debía estudiarlos de memoria, sin lograr encontrar algún atisbo de racionalidad o anclaje terrenal en frases como “creo en la resurrección de la carne”. Como todo niño a esa edad, casi no tenía pecados para confesar y en consecuencia me afligía inventar alguno que transgrediera apenas los diez mandamientos, de los cuales tres o cuatro tampoco entendía, sobre todo eso de “no desear la mujer del prójimo”. (Como Dios todo lo perdona, aprobé el catecismo, comulgué con sincera alegría por no tener que volver a las clases y con el tiempo descubrí que las cuestiones del deseo eran un tanto más complejas, comenzando por la mujer que desea al hombre de su prójima, o el prójimo que desea a la mujer de uno, etc.).
Pero esto es harina de otro costal (del costal de Adán que originó a la mujer).
Para contradecir eso de que todo tiempo pasado fue mejor, baste recordar las enfermedades infantiles que invariablemente nos pescábamos, medio siglo atrás, cuando las vacunas y los avances de la medicina no estaban tan desarrollados como ahora. En los grados de mi primaria abundaban escarlatinas, rubeolas, paperas, varicelas, sarampiones y gripes, y eran pocos los que podían transitar los inviernos indemnes a alguna de ellas. Entre el listado de mis peores recuerdos, decía, están aquellos días sin calefacción en casa propia o de abuelos, en cama, delirando de fiebre, con pesadillas de santos sufrientes, crucificados sangrantes y vírgenes lánguidas que se me aparecían entre el fuego infernal, abriéndose paso entre mis frazadas como Moisés en el mar, y me obligaban a cursar nuevamente el catecismo. (Esta pesadilla recurrente sería reemplazada después por otra que me acompañó hasta no hace mucho: por un problema de papeles, o extravíos, o sellos mal puestos, debía volver al servicio militar).
Recuerdo las paperas porque durante ellas, un mediodía, se asomó mi madre a mi pieza de convaleciente y me anunció que había muerto Julio Sosa, cuyo recitado de La Cumparsita (“Pido permiso, señores, este tango habla por mí …”) sonaba todas las tardes en el combinado de mi abuelo. Tengo tan nítida esa imagen de mi madre joven, de peinado alto a la usanza de Estela Raval de los años 60, como el gusto de la mermelada de naranja con tostadas que desayuné y merendé durante un mes entero de no recuerdo qué dolencia.
Como todo paciente infantil, fui víctima de las modas medicinales de entonces. Por cierto, fui operado de amígdalas -aunque esta usanza venía desde antes-, lo cual no me impidió contraer laringitis y faringitis durante los inviernos posteriores. El clima de frío húmedo y viento casi permanente de Villa María me hizo propenso a rinitis, sinusitis (creo que no me salvé de ninguna itis) y alergias varias y como tal fui objeto de otra práctica en boga, la que pasaría a ocupar el podio de mis peores recuerdos: la punción de senos paranasales. Veo a un doctor cuyo nombre no recuerdo ni quiero recordar introduciéndome un formón plateado por la nariz y golpeándolo con un martillito y siento –aún oigo nítidamente el crack del hueso, o cartílago- cómo esa cosa se metía en algún lugar dentro de mi mejilla. Y después, el mismo procedimiento por el otro orificio nasal. Y la infinita vergüenza de asistir a clase durante un par de semanas con cañitos plásticos, como sorbetes pegados en la cara. Evitaré el inelegante detalle de las dolorosas sesiones de “limpieza” a las que era sometido, a través de una especie de pomo conectado a los sorbetes que el médico apretaba con entusiasmo carnavalesco. Sólo diré que concluido el tratamiento, al cabo de unos días, posiblemente con el siguiente cambio de tiempo, el viento de agosto o el polen de setiembre, yo volví a estar exactamente igual que antes. O peor, porque luego de ello, imaginaba, sólo me quedaría por probar la silla eléctrica; algún método donde se sometería al paciente/condenado a esos gorros metálicos con cables que le colocaban a los sentenciados a muerte en las películas norteamericanas, con enchufes atornillados a mis mejillas.
Mi padre, que me acompañaba a las sesiones -mi madre era impresionable- debe haber comprendido la inutilidad de este procedimiento convencional porque al tiempo incursionó –me hizo incursionar- en la medicina alternativa: un buen día caí a una casa de lo que supe después era barrio Guiñazú, en Córdoba, donde una curandera me hizo aspirar por la nariz un brebaje que me tuvo moqueando, ardiendo, tosiendo, lagrimeando e insultando todo un fin de semana. A los pocos días, me resfrié nuevamente.
No obstante, dejo para el final el primer puesto de las extravagancias medicinales a las que fui sometido, sin duda producto de una moda de entonces, ya que nunca después, de adulto, supe que algo parecido siguiera vigente. Posiblemente para atacar mi sensibilidad y hacerme resistente a la baja temperatura, a mis seis o siete años fui sometido a una tortura inexplicable (o inexplicada para mí, resignado a los avances de la ciencia): en pleno invierno, durante diez días, fui desnudado y bañado con agua caliente, luego tibia y luego más bien fría. El secreto del tratamiento estaba en que cada día el agua debía tener un grado menos, lo cual implicaba preparativos y discusiones entre mi madre y mi padre sobre la forma de calentar el agua, el recipiente, el traslado al baño sin que perdiera temperatura, mi espera tiritando, la medición mediante un termómetro, el grandulón –yo- metido en un fuentoncito, el lavado con una toalla chorreante que aún siento frotar mi espalda y mi piel de gallina. Esto tenía su complementación con la asistencia, dos veces por semana, a sesiones de ejercicios respiratorios a cargo de una entusiasta gimnasta, o fisioterapeuta, que me atendía en un salón gélido donde, a poco de estar, yo comenzaba a estornudar a repetición, mientras me hacían levantar los brazos y contener la respiración como si jugara a la estatua.
Luego, avanzada mi adolescencia, aparecieron (no sé si en la usanza medicinal, pero sí en mi vida), las vacunas antialérgicas. Pinchazos dos veces por semana, durante uno o dos años, o más. Este tratamiento, por suerte, concluyó con la muerte. No la mía, claro, sino del médico que me las suministraba, que falleció imprevistamente. Huérfano de asistencia profesional, decidí automedicarme: agarré frasquitos, agujas y jeringas y tiré todo a la basura. No sé si por la suspensión de las vacunas, o por mi radicación en Córdoba –de frío más seco e inviernos más benignos-, o por ambas cosas, al poco tiempo mejoré. De todo aquello sólo conservo el estruendoso volumen de mis ocasionales estornudos, despertadores de canarios, perros y toda la fauna que me rodea, incluyendo a mi familia.
Quizá muchos de quienes han superado el medio siglo de edad hayan vivido algún episodio de conejito de indias de modas medicinales de otrora. Posiblemente aún subsista algún profesional cultor de prácticas caídas en desuso, que podrá refutar estas líneas airadamente, con argumentaciones, estadísticas y bibliografía, o asociaciones que hagan una defensa corporativa y retroactiva de su especialidad y me declaren paciente no grato. Nada de ello podrá atenuar mi penoso recuerdo de los inútiles padecimientos aquí descriptos, ni compensar las erogaciones que mi pobre padre debió invertir –y malgastar- en mi flaqueante salud. Me apresuro a decir que soy muy respetuoso de la medicina y de las diferencias individuales, por lo cual supongo que habrá prescripciones que a algunos les son útiles, a otros no, y a otros no les hacen nada. Es decir, como el catecismo y la religión. En mi caso, resultó evidente que mis defensas se parecían a las de River, que por aquella época estuvo dieciocho años sin salir campeón. Y eso de las diferencias individuales vale también para los buenos y malos médicos.
La duda es: ¿cuáles serán las modas actuales? ¿Qué tratamientos, prácticas y medicamentos para qué cosa que hoy consideramos de avanzada se revelarán contraindicados y serán, dentro de algunos años, un anacronismo, o una barbaridad, como aquellos baños térmicos de temperatura descendente que quién sabe cuántas bronquitis habrán deparado a mis congéneres?
Tengo para mí que las futuras pavadas se encuentran principalmente, hoy, entre las cuestiones vinculadas al sobrepeso, las dietas y las propiedades de los alimentos, donde abundan las recomendaciones contradictorias y los “descubrimientos” cotidianos, el chanterío y el mercantilismo con pátina de cientificidad. En cualquier momento, por ejemplo, se descubre que el bigote de bagre posee un elemento muy indicado para el colesterol, y allí tendremos a una legión de obesos volcados a la pesca, con la consiguiente reactivación de las ventas de cañas de pescar y shorts de baño de talles especiales. Se organizarán clubes y grupos de autoayuda con tours a los ríos donde habita el repulsivo pez, cuyos municipios aledaños acondicionarán predios con asadores (algún gordito no resistirá llevar chorizos y mollejas), organizarán festividades con elección de la reina del bagre, y en los programas culinarios de la televisión se enseñará a enmascarar el bigote de bagre cocinándolo con fideos, quizá también la tarea artesanal de anudarlos para mezclarlos con fideos moñito.
Todo ello, por cierto, menos flagelante (pero similarmente oneroso) que las punciones nasales, los baños térmicos y los cientos de pinchazos antialergéticos. Aunque algún pescador primerizo no se salve de clavarse un vidrio en el pie, pincharse con el anzuelo o agarrarse una insolación. Y en tales casos, ya se sabe, deberá ir al médico, que posiblemente rete al gordo por seguir modas dietarias, y le recete un novedoso medicamento –que como tal no cubre la obra social- pero que vale la pena porque además de antitetánico y antifebril, combate los triglicéridos, atenúa el apetito y véame la semana que viene.
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Invierno de 2009.

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Argentina quién te ha visto y quién te ve...

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Por: Jorgelina Lagos
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Teniendo en cuenta nuestra realidad cotidiana, tiro al azar un par de preguntas: ¿Todo tiempo pasado fue mejor? No necesariamente.
¿Se tropieza dos veces con la misma piedra? Sí. Y muchas veces, más.
Al que nace barrigón ¿es al ñudo que lo fajen? Puede ser…

Ha dicho Vargas Llosa en un pensamiento – ensayo que ha dado vueltas por Internet en los últimos tiempos:
“Este, que fue un país de vanguardia,¿cómo puede ser que sea el país empobrecido, subdesarrollado y caótico que es hoy?
¿Cree Ud, al igual que con mucha ironía dejó entrever Borges, que algunos argentinos somos irrecuperables o incorregibles? No lo podemos asegurar.
¿Piensa, como Marcos Aguinis manifiesta en su último trabajo literario
¡Pobre patria mía! que
“hay bronca, que se ha vuelto generalizada y casi permanente y que Argentina merece otro destino?
Diríamos que sí.

Hace algun tiempo, llegó a muchas manos el facsímil de una página de una enciclopedia publicada en España en la época del Centenario de Argentina. Allí dice, refiriéndose a nuestro país, entre otros datos:
“Todo hace creer que la Rep. Argentina está destinada rivalizar en su día con los Estados Unidos de la América del Norte…”(sic)

Entendemos que desde la época del 30 – cuando el mundo se sintió herido en sus raíces gracias a la Gran Depresión – venimos de mal en peor. También sabemos que otros países –y cuánto– sufrieron aquella debacle. Es más: vivieron de manera directa (en suelo propio) o indirecta (EEUU) los efectos de la Segunda Guerra Mundial. Nosotros, neutrales.
Ellos pudieron levantarse y avanzar. Nosotros, a los tumbos como paso de cangrejo.

Por éso me repito, al igual que usted, seguramente: ¿Argentinos, qué nos pasó?

Parafraseando a Baldomero Fernández Moreno, me atrevo a decir:
“A los argentinos; Señor, qué nos pasa? ¿Odiamos la bonanza, el orden, el honor?

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lunes, 6 de julio de 2009

La pavada como categoría del arte

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(O cómo sacar carnet de artista)

A raíz de la suplantación de dos avioncitos de papel en el Museo Caraffa

Por: Jorge Piva
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No debe haber título más fácil de obtener que el de artista. Título, titular, palabra escrita en diarios y folletos. Sólo basta autoadjudicarse tal condición o a veces ni siquiera: con que un gacetillero amigo o inadvertido lo escriba, ya está, consagrado el título habilitante en letras de molde. Uno hojea los suplementos culturales de los diarios y se encuentra con cientos de escritores, poetas, plásticos, performers, audiovideístas: todos artistas. Hay disciplinas que permiten más que otras la polución incontrolada de estos supuestos artesanos de la belleza: la instalación, la intervención y el más reciente “arte” digital. El género puede albergar cualquier pavada, pero su autor, si trasciende a los diarios, ya queda consagrado: “el artista Fulano intervino hoy la estatua de San Martín con un dispositivo a su alrededor que hace aparecer al caballo y al prócer como dando vueltas en una calesita, a semejanza de los caballos y autitos de la calesita tradicional”. Confieso que escribo el ejemplo al correr de la máquina, y no porque tenga una imaginación prolífica: cualquiera podría inventar en un rato una larga lista de tonterías susceptibles de ser presentadas como “instalación” o “intervención” artística. Debo agregar, ya que hablo de mí, que tengo publicadas dos novelas, una obra teatral y algunos cuentos a lo largo de veinte años, premios incluidos; cuando en trámites o presentaciones formales preguntan por mi ocupación, digo “empleado”. Jamás se me ocurriría responder “escritor”, tarea que desarrollo de a ratos anuales.

Caca provocativa. Hay un par de notas periodísticas de Mario Vargas Llosa que deberían incluirse en la bibliografía obligatoria de las escuelas de arte. La primera fue publicada en 1997 en El País, de Madrid, con el título “Caca de elefante”, acerca de una muestra de Chris Ofili montada sobre excremento de elefante. La segunda data de octubre de 2008 y se denomina “Tiburones en formol”, sobre una instalación de Damián Hirst, también originalmente publicada en el diario español. Ambas, que pueden rastrearse en Internet, sustentan la idea de que el arte moderno ha perdido todo rigor, que cualquier cosa es arte. Vargas Llosa menciona a las operaciones de marketing, prensa y relaciones públicas como fundamentales para la creación de un producto al que se le adjudica condición de artístico y que por eso mismo, en los mercados del primer mundo, puede adquirir valores monetarios asombrosos. El escritor –él sí que lo es- señala al factor precio como escandaloso y esa es la gran diferencia con nuestro medio, por cierto correspondiente a un país periférico y “en vías de desarrollo”, eufemismo optimista que los oficialismos suelen utilizar para no asumir que estamos en la malaria total, no sólo económica. En “Caca de elefante” nos enteramos, por ejemplo, que las blasfemias pictóricas contra la Virgen María o íconos religiosos ya eran, hace más de una década, antiguas. Agrega Vargas Llosa: “Si la exposición es verdaderamente representativa de lo que estimula y preocupa a los jóvenes artistas en Gran Bretaña, hay que concluir que la obsesión genital encabeza su tabla de prioridades.” En Córdoba tuvimos dos escandaletes ilustrativos en tiempos recientes: un trabajo de Onofre Fraticelli en el Cabildo, en la navidad de 2004, (una Virgen manteniendo relaciones sexuales con el espíritu santo) y otra del músico Alfonso Barbieri (dos ángeles orinando a la Virgen María) en el Centro España-Córdoba, en junio de 2007. En ambos casos los expositores tuvieron la inestimable colaboración de un grupo de fanáticos religiosos que intentaron violentamente clausurar las exposiciones, cuya trascendencia, de no ser por ello, hubiera sido la de una más entre tantas. La delictiva agresión les otorgó a los autores de las “obras de arte” otro rótulo muy cotizado y prestigioso en el ambiente del arte y la prensa: el de censurados.
Para contestarismo genuino y divertido, me quedo con Enrique Badessich, que hacia 1920 fundó el Partido Bromosódico, entre cuyos postulados proponía el amor libre, y hacía campaña paseándose por el centro con una vaca. Para su época fue un respetuoso y original provocador, objetando el orden conservador, además de un personaje popular: consiguió ser electo diputado, lo que luego el gobierno invalidaría. Badessich, como todo precursor, le erró a la época. En la actualidad podría a la vez haber obtenido el carnet de artista con el solo trámite de atar la vaca en la puerta del Museo Caraffa, por ejemplo, en cuyos jardines frontales Dolores Cáceres realizó una “instalación”: sembró soja, la cosechó y llevará semillas a China, según ha dicho, para plantarlas en otro museo, entroncándolas así conceptualmente con la semilla sagrada de aquel país. (Los marcos teóricos que justifican estos divertimentos -el supratexto- suelen ser tanto o más rebuscados que la anécdota en sí).

Efectiva carne podrida. A juicio de Vargas Llosa la consigna principal de Ofili (el de la caca de elefante) Damien Hirst (el de los tiburones en formol) y tantos militantes de este arte moderno sin jerarquías ni rigor es llamar la atención, efectivo procedimiento que, sostiene, en nuestra época reciente no resulta ni siquiera original. En los años ’60, relata, un amigo cubano, excelente escultor, se cansó y entró en desánimo debido a que todas las galerías de arte le rechazaban sus espléndidas tallas en madera. Decidió entonces concitar la mirada de la prensa y el mundillo del arte mediante la exposición de trozos de carne podrida, encerrados en cajas de vidrio, sobre los que revoloteaban moscas vivas. Por cierto, consiguió notoriedad inmediatamente y a partir de allí accedió al estrellato artístico con cierto prestigio, otorgado por críticos que indujeron curiosas interpretaciones semánticas, legitimando la pavada (suponemos que con las secretas risotadas de ambos amigos).

Recuerdos de provincia. Hace décadas, varios adolescentes, amigos de secundaria, ocupábamos nuestros veranos en Villa María con excursiones al río, portando infructuosas cañas de pescar. Como en el Río Tercero sólo habitaban algunas esporádicas mojarritas y bagres, matizábamos las tardes con la construcción de barquitos y avioncitos. A veces los escribíamos: lugar, fecha, alguna frase. También poníamos mensajes en botellas que luego arrojábamos a la corriente. Uno de nosotros hacía unos planeadores perfectos, los que, ayudados por el habitual viento de la región, se elevaban y desaparecían de nuestra vista con destino desconocido. Los mensajes iban desde proclamas fundacionales de un mundo mejor hasta el más vulgar y sencillo “Idiota el que lee”, pero en todo caso buscábamos un contacto, un receptor, un impacto. Estábamos, involuntariamente, “interviniendo” el paisaje fluvial y aéreo de Villa María y zona de influencia (nunca supimos hasta dónde llegaban los barquitos y botellas). De haber tenido algún periodista o teórico del arte amigo, puestos a intelectualizar el hecho, posiblemente nos hubiéramos convertido en un ícono, en la expresión simbólica de una juventud contestataria que buscaba librarse de los cánones expresivos y represivos impuestos por la dictadura (gobernaba el general Onganía), ansiosos del feed-back, militantes de una comunicación que rompiera la censura, vinculando el tiempo y el espacio individual y terrenal con el contexto nacional y por qué no internacional, ya que en países limítrofes también imperaban gobiernos dictatoriales, y el Río Tercero desemboca en el Carcarañá y éste en el Paraná. Un interesante escalón superador en la metodología comunicacional estuvo dado por un barrilete “cajón” donde voló una declaración de principios a favor de no recuerdo qué, perdiéndose en lontananza. Pero como no nos animaba el ánimo de figuración, sino simplemente pasar el calor de la siesta en el fresco del río, aquel grupo de jovencitos chacoteros fue ignorado -¿injustamente?- por la historia del arte cordobés.

Subversión aeronáutica. El recuerdo me volvió días atrás cuando leí que en el Museo Caraffa el artista cordobés Gerardo Repetto instaló 2.580 avioncitos de papel, firmados por el autor, numerados y separados los pares de los impares. Según dieron cuenta los partes de prensa, el autor instó al público a llevarse un avioncito en comodato, por un año y medio, plazo luego del cual el tenedor puede considerarse poseedor definitivo, aunque con algunas condiciones: el retiro debía hacerse sólo en el sector de los 1.290 avioncitos pares, y únicamente los días miércoles. Repetto, al parecer, incursiona en estas originalidades con gran dedicación: entre otras creaciones, ha diseñado una alfombra, del tamaño de un departamento monoambiente, con fideos largos. (No sabemos si del tipo tallarines comunes o esos agujereados al medio, dato importante porque al tener los últimos más volumen, relativizarían el esfuerzo del artista). En otra oportunidad fotografió el encendido y apagado de 222 fósforos, y expuso el resultado. No sin cierta honestidad intelectual, confiesa que "un amigo me dice que soy experto en cosas increíbles e inútiles”.
Pero no fue la muestra aeroartesanal de Repetto el disparador de estas líneas, sino lo que vino después. Según consigna la sección Artes Visuales de la página Cultura –repárese en las categorías- de La Voz del Interior del 14 de junio pasado, bajo el título “Operativo comando en el museo”, ocurrió más o menos lo siguiente. (Digo así porque trataré de ser sintético; la nota ocupó toda la página). Dos jovencitos (artistas, se los denomina reiteradamente, desde el copete) estudiantes de cuarto año de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba, tomaron dos avioncitos de la muestra del Caraffa (de la sala impar, donde estaban los que no se entregaban en comodato) y los reemplazaron por dos avioncitos hechos por ellos mismos. Acto seguido agregaron sus nombres al cartel de la entrada del museo donde se anuncian las exposiciones. Después, le avisaron a Repetto, el autor de los avioncitos originales. Alguno de ellos le avisó al cronista y el diario nos avisó a los lectores que si no una estrella, por lo menos habían nacido dos artistas. Todo ello no sólo motivó la aludida página entera, sino que obligó al director del Museo Caraffa, Alejandro Dávila, a responder a la requisitoria del diario, junto a entrevistas a Repetto y a uno de los estudiantes vivarachos, a partir de aquí (y con foto) artista y autor de la intervención a la instalación, lo cual bien podría dar lugar al surgimiento de una nueva disciplina: la del intervento-instalador. El cronista, como para encontrarle alguna entidad al tema y justificar la nota, citó algunos antecedentes referenciales: Marcel Duchamp con La Gioconda y el grafitero inglés Banksy en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, con lo cual, convengamos, se le va un poco la mano.

Imprevisibles consecuencias. No hubiéramos querido estar en el lugar del director del museo, forzado a comentar el episodio con algún concepto merecedor de integrar una nota sobre arte y cultura, lamentando quizá que el hecho no haya sido advertido a tiempo por algún ordenanza y los traviesos corridos con intimidante escoba. Deseo hipotético y en todo caso íntimo, jamás público, ya que un desenlace de esta naturaleza, aunque hubiera correspondido a la importancia del episodio, no sólo les hubiera otorgado carnets de artistas a los instala-interventores, sino de perseguidos. ¿Y si estos picarones, en lugar de los avioncitos, hubieran reemplazado algunas plantas de la soja sembrada en el jardín, por maíz o sorgo, que también son objeto de las polémicas retenciones? Ese sí hubiera sido un brete conceptual delicado, ya que la intervención habría excedido ampliamente al arte y tendido insospechadas derivaciones de política agroexportadora, obligando a todos –periodismo, artistas, público, por qué no también las universidades forjadoras de nuestros referentes culturales y clase dirigente- a tomar una postura clara y definida sobre el modelo kirchnerista de apropiación de la renta y distribución de la riqueza, posiblemente en un suplemento especial. Hubiera faltado sólo que algún otro artista original hiciera una intervención de desmalezamiento, regara las plantas con el controvertido glifosato, y ahí sí que, paradojalmente, se pudría todo.

Fuera de ironía. Fuera de broma, el Museo Caraffa, de sostenida actividad en estos meses recientes, cumple adecuadamente su función: muestra todo un abanico de expresiones, de diversos géneros, procedencia y nivel. Repetto, el de los miles de avioncitos y fideos, seguirá buscando su expresión creativa y está bien, si la energía está puesta en esa búsqueda y no en la del amigo periodista, lo cual sería poner los caballos detrás del carro (es una metáfora, no una sugerencia; encima que el tránsito por la Plaza España es caótico, no sea cosa que un día aparezcan por allí, en el estacionamiento del Museo Caraffa, miles de caballos).
Los reemplazadores de avioncitos, estudiantes de cuarto año, quizá concluyan su formación y empiecen a desarrollar una carrera artística genuina y exitosa. Es deseable que sea así. Después de todo, sobre lo sucedido puede decirse -en una valoración semántica perteneciente a la axiología popular- que la culpa no es del chancho. Ya tienen la gacetilla para la próxima muestra o intervención: “Se trata de los artistas que irrumpieron en la plástica cordobesa con audacia formal, generando una encendida polémica que …”. Los medios, que periódicamente denuncian que en municipios del Gran Córdoba se otorgan carnets de conducir sin exigir ningún requisito, suelen otorgar carnets de artistas –que, es cierto, son más inofensivos- con similar ligereza.

Ramplonería, fraude, pitonisas y bufones. Concluyo citando, textual, fragmentos de las aludidas notas de Vargas Llosa: “Bajo la coartada de la modernidad, el experimento, la búsqueda de ‘nuevos medios de expresión’, en verdad se documentaba la terrible orfandad de ideas, de cultura artística, de destreza artesanal, de autenticidad e integridad que caracteriza a buena parte del quehacer plástico en nuestros días. ( … ) Se han desmoronado del todo los códigos estéticos que permiten identificar la originalidad, la novedad, el talento, la desenvoltura formal o la ramplonería y el fraude. ( … ) El arte no puede quedar secuestrado por unas minorías insignificantes de pitonisas, bufones y negociantes ( … ) Todos los patrones tradicionales, los cánones o tablas de valores que existían a partir de ciertos consensos estéticos, han ido siendo derribados por una beligerante vanguardia que, a la postre, ha sustituido aquello que consideraba añoso, académico, conformista, retrógrado y burgués por una amalgama confusa donde los extremos se equivalen: todo vale y nada vale”.
Aunque, debo reconocer, las reflexiones de Vargas Llosa sean excesivas y holgadas para caracterizar las anécdotas menores que suceden por aquí, elevadas a la categoría de arte.
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