domingo, 17 de octubre de 2010

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Mario Vargas Llosa y su sonado premio
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(Introducción de Jorge Piva a una nota sobre el reciente premio Nobel
de literatura, escrita por Guillermo Arias)
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El Nobel a Mario Vargas Llosa, como suele ser común en cada edición de la entrega del premio, originó una polémica entre escritores, gente de la cultura, políticos y lectores en general. El eje fue el viraje ideológico del escritor (izquierdista en su juventud, liberal en la actualidad, con igual grado de pasión y hasta fundamentalismo en ambos casos). También propensos a los extremos, varios críticos decantaron hacia la simplificación “buen escritor, mal político”, equiparándolo a Borges. La cuestión es mucho más matizada. En este último sentido, Guillermo Arias (subyugado en su juventud por la literatura de Marito y admirador de Borges) ha escrito una nota que explora algunos intersticios de aquella dicotomía esquemática y, como tal, inexacta o incompleta, aseverando que no todo lo que ha escrito es bueno, respetando el derecho a expresar ideas políticas pero rechazando sus últimas declaraciones, que entiende son un ataque injustificado al gobierno democrático y en consecuencia al pueblo argentino. La fundamentación con que está escrita, -alejada de los eslóganes o prejuicios- aunque sus puntos de vista no necesariamente sean compartidos, amerita al menos tenerse en cuenta como un aporte o un desafío, según cada lector, a nuestras propias convicciones. J.P.
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Sobre Marito, su talento literario y su derrape político
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Por Guillermo Arias(*)
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Será mi alma, tal vez
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Como buen hijo adolescente de padres exiliados, y con menos interés artístico que necesidad de temas de conversación para encarar a hermosísimas hijas de otros refugiados chilenos, argentinos y uruguayos que nunca me dieron corte ni me hubieran dado bola aunque hubiera sido yo el mismísimo creador del realismo mágico, devoraba en los años ‘70 y ‘80 toda la literatura latinoamericana contemporánea. Desde Miguel Ángel Asturias hasta Julio Cortázar, de Alejo Carpentier a Mario Benedetti, Octavio Paz, García Márquez; y, por supuesto, Mario Vargas Llosa. No por obligada fue menos placentera la lectura de “La ciudad y los perros” que me impusieron en el cole. Y cada tanto vuelvo a gozar releyendo, regalando o simplemente recordando y comentando episodios de “La tía Julia y el escribidor”. Al igual que sus colegas del “boom latinoamericano”, seguramente por aquellos años Vargas Llosa habrá firmado solicitadas, o participado en conferencias y simposios en los que se hacía saber al mundo que por estos lares se estaban cometiendo atrocidades. Y qué bueno era que gentes conocidas y respetadas por su pluma y por su inteligencia, difundieran aquello que los dictadores se empeñaban en ocultar. Me gustaría -la historia lo dirá- que los dichos de los que bien escriben hayan sido aunque sea una ínfima concausa del retorno de la democracia formal a la América del sur.
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Viviendo la adolescencia en otro país, hijo de exiliados, creía que estaba aprendiendo historia leyendo a Galeano y que hacía justicia omitiendo a Borges de mi biblioteca incipiente. ¡Cómo un hijo de peronistas va a claudicar leyendo a un viejo “gorila” que nunca condenó a Videla!
Y hoy, sin embargo, quizás por Gelman o por Dolina o vaya uno a saber por qué, puedo permitirme llenar el alma, ser otro, disfrutar de veras cada vez que repaso las páginas de “El Aleph”, de “Ficciones”, del “Libro de arena” y poblar una nueva pero siempre incipiente biblioteca con las obras completas, los textos recuperados y los ensayos dantescos del viejo “gorila” que nunca condenó a Videla, ni divinizó al pueblo y renegó de todo lo que asomase como popular, pero que dejó a la lengua de Castilla las páginas más memorables que en ella se hubieran escrito (según este simple lector aficionado que soy).
Los pasajes borgeanos por los que se lo condena al infierno de lo “antipopular” son residuales y por lo general extraños a su obra. Hay que ser muy perspicaz o muy prejuicioso para adivinar al enemigo en sus renglones; tal vez en su cuento “El otro”, quizás en algún poema, pero no mucho más. Creo que a Borges hay que disfrutarlo. Qué me importa hoy en día –desde lo artístico- lo que haya dicho Borges hace mucho en un reportaje, su anatema del peronismo, sus preferencias por lo europeo, si siento que no podría vivir sin leer y releer su obra, si la Literatura no sería la misma sin sus cuentos, sin sus relatos, sin su poesía; si todo estante estaría vacío aun lleno de todos los volúmenes de otras obras que no incluyeran las suyas.
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Y aunque sea también un gran escritor y dueño de una pluma privilegiada, no puedo sentir lo mismo por Vargas Llosa, de parecida ideología a la de Borges. Mi temor a la colimba no nació de improbables amenazas paternas ante berrinches infantiles, sino de la bala misteriosa que mató al conscripto en “La ciudad y los perros”; ese miedo, sin embargo, se compensaba con los contactos sexuales que la milicia aseguraba, según “Pantaleón y las visitadoras”.
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Vargas Llosas, Marito, como lo llama la Tía Julia, es un gran escritor y mucho cariño debería tenerle a quien, con su talento literario, me hizo pasar gratísimos momentos de juvenil lectura.
Pero no. Y aunque no está en mi ánimo reprochar a nadie la profesión de la ideología que se quiera, no puedo sentir aprecio por quien, por ejemplo, escribió el panfleto llamado “Lituma en los Andes”. No hace falta poner ese talento al servicio de una causa innoble. No se puede, creo yo muy humildemente que no se puede, o al menos no es válido, que tan buen escritor sienta odio hacia lo popular, que es de lo que se nutrió gran parte de su obra, y lo exprese cada vez que pueda no sólo en reportajes, discursos de campaña y artículos periodísticos, sino también, y esto es lo que más me duele, en su obra literaria. Que tenga inquietudes políticas no es nada grave, mas no sé si su bien ganado prestigio de hombre de letras lo avalaba para postularse a presidente de su país, dividir votos de la progresía y permitir que tan luego Fujimori gobernara al Perú. No me gusta cuando tan buen literato subordina su creación artística a su militancia política y, a qué negarlo, mucho menos me gusta cuando esa militancia es a favor de ideas y de políticas contrarias a los intereses nacionales y que se traducen en ataques a los movimientos y a los gobiernos que, a los tumbos y como pueden, buscan nuevas y realistas maneras de gobernar cada nación y de integrar nuestro continente de manera distinta y en algunos casos contraria a las formas y los fondos en que se vino haciendo, para desgracia, desde hace ya casi medio siglo.
No; hoy no me gusta Vargas Llosa.
Un premio Nobel de Literatura que por atendibles razones políticas se le negó a Borges, hoy lo obtiene -¿por idénticas razones políticas?- el Marito de la Tía Julia.
Después de todo, el de la Paz, hace un año, se lo dieron al poseedor de la más inconcebible y mortífera panoplia de toda la historia de la humanidad, y lo estrenó bombardeando aldeas desprotegidas. Vargas Llosa estrena el suyo agrediendo a un pueblo hermano, al nuestro, diciendo al día siguiente del anuncio de su galardón que, corroídos por la corrupción del actual gobierno, ya no somos los argentinos cultos ni modernos. En mi ignorancia, yo no sé cuándo lo fuimos ni qué entiende el novel Nobel por cultura y modernidad; quizás algo parecido a lo que nos sucedía antes de la dolorosísima crisis que estalló al iniciarse el siglo, cuando hubiéramos necesitado de su solidaridad y comprensión, y no de unas palabras que Vargas Llosa nos dedicó en el mismo sentido que las de ahora, más propias de un fanático que del excelente escritor que fue y que seguramente es.
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Entre el que me conmovió de adolescente y el de los ataques furibundos a un gobierno democrático, me quedo con aquél, el que en “Elogio de la madrastra”, fue capaz de hacer decir a un personaje
“...esa soy yo cuando, por ti, me saco la piel de diario y de días feriados. Esa será mi alma, tal vez ...”.
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(*)Guillermo Arias es abogado, tiene 45 años y desde hace 8 se desempeña como Secretario Legislativo de la Legislatura de Córdoba. Es autor del libro “Derecho Parlamentario” (Editorial Advocatus, 2009) y de numerosos artículos sobre el tema en diarios y revistas especializadas, entre ellos “Comercio y Justicia” y “Quórum”. Avido lector, en particular de literatura latinoamericana, tiene numerosas notas al respecto y sobre actualidad política –la mayoría aún inéditas- que a lo sumo ha compartido con sus amigos y contactos de correo electrónico.
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Bienvenida a un nuevo participante en esta página
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Por Jorgelina Lagos
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Como todo periodista que se precie de tal, entiendo que en una democracia debe haber pluralidad de opiniones. Por tal razón, hoy le damos la más cordial bienvenida al Dr Guillermo Arias, cuya presentación corre a cargo de Jorge Piva, mi habitual compañero de blog. Respeto la opinión de Guillermo sobre Vargas Llosa, aunque no la comparto en su totalidad. Pero de tales cosas está hecha la vida y sobre todo la vida política. Ya lo decía muy bien el General y lo traemos a colación hoy, precisamente, en que se recuerdan los 65 años de aquel día histórico.
Adelante, entonces.
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En defensa del buen nombre
Vamos a terminar todos siendo chinos
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Por Jorge Piva
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Con frecuencia, mi hija se enoja conmigo porque no distingo o confundo a sus amistades. Sus amistades son Cande, Cami, Fer, Juli, Jo, Flor, Fede y cuanto apócope posible hay para formar con la primera o dos primeras sílabas del nombre. Con un matiz más problemático aún: están el Jose y la Jose, el Fer y la Fer. A la vez, Ro puede ser Rocío o Roberto o Rodolfo; Juli, Julieta, Julián, Julia o Juliana; Silvi, Silvia, Silvina o Silvana, Luisi un apelativo cariñoso de Luis o la síntesis de Luisina, y todo más o menos así.
Esta costumbre la he advertido también entre compañeros de trabajo, y yo mismo incurro a veces en tales síntesis nominales. No me puse a pensar en las causas, aunque quizá tenga que ver con la velocidad y la economía de palabras con que los chicos usan los mensajes de texto o el messenger, o simplifican o acortan sus comunicaciones de chat tecleando en la computadora con dos dedos. Y los grandes nos contagiamos o imitamos estos modismos. Algo parecido ocurre con las palabras comodines que se generalizan durante un tiempo.
Hace años dos muletillas lingüísticas comunes, utilizadas para unir frases, eran “o sea” y “es decir”, pronunciadas como “osea” y “e’cir”. Ahora me causa gracia una forma generalizada de reemplazar al “bueno” o “de acuerdo”, o “cómo no”, o “sí” por una palabra que es en realidad una instrucción: dale. Hágase la prueba en cualquier negocio atendido por algún jovencito o no tanto:
-Dame tres medialunas.
-Dale.

Misterios del habla: el “nada” ha dejado de usarse en su significado original y se utiliza como comodín verbal un tanto snob (que quiere decir frívolo, superficial), aunque huele más bien a moda lingüística pasajera:
-¿Cómo fue el gol en contra?
-Nada; vino el centro y nada, yo metí la cabeza para despejar y entró, y bueno, nada, fue una desgracia, pero nada, ya está, hay que pensar en el próximo partido.
(El cronista recuperará el sentido original de la palabra para decir que el equipo fue horrible, que no jugaron a nada).
La clase política también va renovando su propia jerga. Recuérdese cualquier discurso en acto público donde el orador unía sus frases con “Por eso”, aunque el párrafo siguiente no tuviera relación con el anterior:
- … vamos a encolumnarnos detrás de nuestro candidato. Por eso compañeros hoy una vez más ….
Dado que los actos públicos son cada vez más escasos –por lo menos los de asistencia espontánea- y la lucha cívica se desarrolla en los sets televisivos o los espacios radiales, ha cambiado también la forma del discurso político y abundan los “A ver” y “Digo” o “Quiero decir”, en este último caso para decir lo mismo que se había dicho anteriormente, pero con otras palabras:
-¿Qué responde a la denuncia de corrupción que lanzó en su contra Fulano?
-A ver. Digo: me pongo a disposición de la justicia. Quiero decir: que la justicia investigue.
La justicia investigará y posiblemente no llegue a nada, porque se sabe de antaño que la coima no da recibo.

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El “dale” y “nada” posiblemente caiga en desuso con el tiempo y sea reemplazado por otras resignificaciones, aunque fuera de la simpática curiosidad de su utilización no causa demasiados problemas, ya que todos sabemos qué se quiere decir cuando se lo emplea.
El problema son los nombres acortados. De seguir la tendencia, posiblemente en el futuro nuestras generaciones terminen pareciéndose en sus nombres a los chinos: Li, Lin, Yi, Wei, Yun, Yan, Hao. Inútil será que bauticemos a nuestros chicos Francisco Isidoro o Mercedes Agustina, por ejemplo, ya que inmediatamente pasarán a ser Fran, Isi, Merce o Agus. Lejos habrán quedados los tiempos de nuestra fundación patria, cuando los pobres chicos debían memorizar no sin cierto esfuerzo su propio nombre, dada la extensión. Belgrano, por ejemplo, fue bautizado Manuel Joaquín del Corazón de Jesús. Carlos de Alvear se llamaba completamente Carlos Antonio José Gabino del Ángel de la Guardia Alvear y Balbastro. Porque para colmo, la alcurnia familiar era rastreable en el doble o triple apellido, y así Bolívar fue inscripto como Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco. Mariquita Sánchez fue registrada María Josefa Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velazco y Trillo, a lo que luego hubo que agregar su apellido de casada Se nota que el espíritu de época, al contrario del actual, era más bien propenso al barroco, ya que en lugar de decirle Mary, los allegados alargaron el María a Mariquita.
Entre aquellas exageraciones de hace dos siglos y los presentes apócopes que amenazan tornar a todos los nombres monosilábicos o a lo sumo bisilábicos, estamos los partidarios del justo medio. Aunque en definitiva son los demás los que nos nombran a su antojo y no como nosotros quisiéramos. Yo, sin ir más lejos, me llamo Jorge Oscar Piva Ermacora Omega Gioino. Pero mis amigos me dijeron, desde chico, el Flaco. (Lo cual, al igual que el “dale” o el “nada”, ahora ha perdido su sentido original y la realidad actual es más bien todo lo contrario). Por otra parte, inútil hubiera sido, convengamos, esgrimir aquellos apellidos en los cenáculos de la aristocracia local, delatores como son de famélicos inmigrantes italianos.
En casa, ante mis hijos, he quedado reducido a .

Ya que hablamos de tendencias hacia la síntesis, recuerdo que hace años Alejandro Dolina escribió un delicioso artículo en la revista “Humor” sobre la novedad literaria de compilar historias tradicionales, con lo cual se ahorra tiempo y energía en la lectura. De acuerdo a ello, por ejemplo, “Crimen y castigo”, de Dostoievsky, podría llegar a trocar su edición de 600 páginas por una sola hoja donde se imprimiera un párrafo con su pretendido resumen: “Un muchacho mata a una vieja y se arrepiente”.
Así, la presente nota bien podría sintetizarse, a juicio de mi implacable hija adolescente, la Juli, de este modo: “El no entiende nada, está en cualquiera y escribe pavadas”. No estaría demasiado alejada del sustrato de las cosas.
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lunes, 2 de agosto de 2010

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Pequeña digresión

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Por J.L.

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Posiblemente usted, lector de esta página, se preguntó el porqué de la transcripción de la nota anterior. Tal vez el título le haya dado una pista: “Experiencias de vida en la Argentina de la tergiversación”. Un país que no cuida su patrimonio –artístico o de otra índole- es índice de una desidia que se traduce en todos los estratos.

Cuando al controvertido técnico de la selección nacional de fútbol –perdedora, además- se le pretende erigir una estatua(¡); cuando ese mismo personaje nos hace quedar como la mona cada vez que abre la boca; cuando se lo endiosa; cuando se le regalan pasajes a Sudáfrica a un grupo de inadaptados, etc, etc, etc, mientras a René Favaloro algunos pretenden todavía pasarle facturas… qué quiere que le diga! La indignación puede más que mi buena educación y mi buena voluntad. Es más fuerte que yo.

Esa es la razón de haberle pedido a Lito Paszucki que me trasladara su experiencia. En cuanto me la contó supe que debía transmitirla. Que un museo dedicado a uno de los pintores más ilustres que haya tenido el país quede (como sucede) librado al azar, sin que ninguna Comisión – de las tantas que andan dando vueltas, cobrando sueldos pagos por el Estado, es decir, nosotros – se haga cargo del asunto, es síntoma (uno más de los tantos) de los tumbos que vamos dando al caminar. Que no es poca cosa, por cierto.

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domingo, 1 de agosto de 2010

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Experiencias de vida en la Argentina de la tergiversación

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Por J Lagos (con el aporte de Samuel “Lito” Paszucki)

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Lo que leeremos en esta nota es una transcripción casi textual de una circunstancia vivida por el matrimonio integrado por Inés y Lito Paszucki, dos personas que aman el arte y todo lo bueno que la vida ofrece. Son dos “disfrutadores” – no usaría la palabra “hedonista” en este caso – que saben ubicar a las cosas en su justo término. Como son amigos, además, tras contarme esta experiencia, le sugerí a Lito que me lo narrara por escrito, pues es un testimonio que merece ser difundido. Aquí va.

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“Estábamos pasando unos días en Capital Federal, disfrutando de todo lo que esa ciudad ofrece en materia de arte y espectáculos. Pero con Inés teníamos una idea fija: visitar Glew. Tras varios meses de tratativas y luego de varios intentos frustrados, el martes 6 de julio nos decidimos. Entiéndase que ese lugar, para mi esposa y para mí, significa Soldi. Viajamos a pesar de no haber recibido respuesta a nuestros correos y no lograr comunicarnos telefónicamente para averiguar horarios y/o concertar una visita guiada; pero una vez tomada la decisión, hacia allá nos largamos.

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“Nos movilizamos en transporte público; del centro a Constitución en subte ($1.10 el boleto) y luego en tren del FFCC ROCA ($ 3.- ida y vuelta) a Glew. El costo total de viaje, ida y vuelta: $ 5.20 cada uno (allí entendimos algo de la imperiosa necesidad de dinero para subsidios que tiene la presidente). Después de 40 minutos en tren llegamos a Glew. Es una ciudad obrera, chata, de aproximadamente 70.000 habitantes.

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“Inicialmente nuestra intención era visitar la Capilla de Santa Ana (por sus murales pintados por Soldi) y, opcionalmente, la Fundación. El destino quiso que preguntando llegáramos primero a ésta. Tocamos el timbre de la casa, nos abrió una empleada, anunciamos nuestra visita desde Córdoba y, menos de cinco minutos más tarde, apareció Zulema. Ella es quien está a cargo de la entidad y oficia de guía para los visitantes.

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“Después de unos pocos minutos nos dimos cuenta de nuestra suerte.: Zulema lo conoció personalmente al maestro. El museo posee alrededor de 50 obras de Soldi, principalmente de su período amarillo (primera época) y del azul. Impensables allí. Zulema conoce la historia de cada uno de los cuadros exhibidos y nos la contó con amor. Cada vez estábamos más contentos. Casi al final de la visita llegaron alumnos de una escuela primaria de la zona. Entonces nuestra guía nos condujo a un pequeño auditorio (calculamos para 120 personas), con antiguas butacas de cine. Allí pudimos admirar dos enormes cuadros con ángeles que formaron parte de la decoración del viejo programa “La Botica del Angel”; además, en el escenario, había cuatro enormes paneles de papel, parte de una decoración pintada por el artista.

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“Pudimos ver una película sobre el maestro, filmada por su hijo. Con apariciones de Soldi; con entrevistas en las que refiere historias de su vida en Glew y sus obras. La voz que narraba nos resultaba conocida: era la de China Zorrilla, quine ni aparece en los créditos.

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“Decidimos con mi esposa que debíamos colaborar con esa obra. Hay en venta láminas y xerigrafías; optamos por dos de éstas. La alegría de Zulema era enorme; nos comentó que con ese dinero “podría pagar la luz hasta fin de año” (sic). Como el monto era importante, le pregunté el motivo por el que se pagaba tanto de energía. Me contestó que tenían un servicio catalogado como “comercial”. No entendí nada. Ante la pregunta de porqué no hacían una labor mayor de difusión, nos contestó que el hijo del maestro no quería transformar la fundación en algo marketinero. Se mantienen con lo que pueden vender allí: hacía tres meses (hasta nuestra llegada) que tal cosa no sucedía…

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“Visitamos luego la Capilla de Santa Ana, cuyos murales fueron pintados por el maestro durante 23 veranos. Sin palabras.

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“A cuarenta minutos de Buenos Aires hay una joya desconocida. Argentina tiene algo más que tango, asado y cueros. “

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Hasta aquí el relato del matrimonio Paszucki. ¿No les dije que valía la pena leerlo?

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No hay peor ciego...
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Por J.L.

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Esta es una nota sobre el libro que, poco tiempo atrás editaron Jorge Piva – el otro bloggero que incursiona en esta página – y David Metral, amigos de toda la vida, desde su Villa María natal y opositores fieros ( pero amistosos) en las lides de la política. Simpatizante del radicalismo el primero y justicialista el segundo, desde marzo de 2009 se fueron trenzando en largas misivas virtuales, que desembocaron en el libro recientemente publicado por la Editorial de la Universidad de Villa María, y que se titula “De Kirchner a Perón – Ida y vuelta”. El origen de la polémica estuvo en el supuesto progresismo de los Kirchner y la utilización política de los derechos humanos. Como el sentido del libro es, entre otros, que cada lector movilice sus propias ideas y conclusiones, me permito opinar aquí.

Desde un primer momento tuve presente el refrán de nuestras abuelas: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.Sin entrar en mayores detalles (el libro se consigue en la Docta) sólo puedo decir que advierto actualmente– y si no, remítase al Grupo Carta Abierta (que reúne cerebros privilegiados)- que hay una tendencia a defender lo indefendible. Es una habilidad asombrosa que admiro, pues me siento totalmente incapacitada para hacerlo (en el caso de que me viera forzada a encararlo en una situación parecida o semejante).


¿Cómo asegurar que el dueño de los derechos humanos en Argentina es el gobierno de los Kirchner, y que la reinvindicación de los mismos comenzó con ellos? ¿No se lee la historia reciente y se comparan fechas? Me gustaría preguntarle al Toto López, que estuvo preso y fue torturado en la D2 y que fuera reivindicado al comienzo de la democracia… ¿Cuándo se realizaron los juicios a las Juntas? ¿Es justo que este gobierno se haya arrogado el “nunca más”? Si bien las causas de lesa humanidad refieren a crímenes cometidos por el Estado ¿por qué ni siquiera se intentó o impulsó una revisión de los delitos –secuestros extorsivos, asesinatos- cometidos por Montoneros? Por no mencionar a las Tres A, antecedente paramilitar del terrorismo de Estado, cuyas causas judiciales duermen el sueño del olvido. (De paso: les recomiendo la saga de “Marcados por el fuego” de Marcelo Larraquy, sobre el pasado violento de nuestro país, donde el peronismo no sólo fue víctima de persecución política, sino victimario a través de las mencionadas organizaciones irregulares o de la Sección Especial de la Policía Federal).


Hay que repasar a Juan José Sebreli en “Comediantes y mártires- Ensayo contra los mitos”. Qué panzada de perspicacia. Sí, me imagino. Para los justicialistas todos los gorilas deben haber abandonado la selva. Y todos los periodistas del diario La Nación – léase Jorge Fernández Díaz o Tomás Eloy Martínez – eran o son simples escribas al servicio de la oligarquía vacuna. (Entre nosotros, confieso que personalmente lamento la inamovible presencia de Mariano Grondona…) Para quienes en cambio somos independientes, cualquier dogmatismo acrítico y cerrado nos resulta detestable.


Algo de todo esto y más es debatido en el libro, que empieza por los Kirchner, viaja hasta el primer peronismo –infancia de los autores-, transita por los convulsionados 70 y vuelve a la actualidad. Ello, desde la experiencia personal y política de los dos escritores, tan diversa, que motivó que cada uno tomara posturas contrapuestas, aunque manteniendo el respeto y la amistad. Lo que no es poco en un país ya habituado a la crispación y a ver enemigos mortales en todo aquel que no piensa como uno.


No es mi intención defender ninguna postura, pues se impone por sí misma. Y en todo caso cada uno tendrá la suya y está bien que sea así, ya que la democracia está hecha de diversidades. El pensamiento único es de totalitarios…


Vuelvo al principio. Ocurre que aunque pensemos distinto sobre ciertas cosas de la realidad, si tiene cuatro patas, olfatea y ladra, muy posiblemente, como lo percibirá la mayoría de ciudadanos corrientes y normales, sea perro. Ahora, si el fundamentalismo político enceguece, y encima no se quiere ver… no habrá más que esperar la hora del voto.


Lamento sí que en el país de los ciegos, el tuerto sea rey…

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sábado, 24 de julio de 2010

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Sobre el día del amigo
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Por Jorge Piva
jorospiva@yahoo.com.ar

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Hacia 1989 mi destino laboral me llevó a una tarea de clasificación de correspondencia dirigida a la Gobernación de Córdoba. Habían sido las elecciones generales ganadas por Carlos Menem y Angeloz, el candidato presidencial derrotado, reasumió la gobernación un día después. Entonces el secretario de prensa de la Gobernación, de quien yo dependía, me convocó a su despacho para decirme que estaban precisando provisoriamente alguien que supiera leer y escribir, y que habían pensado en mí, no porque yo destacara en esas funciones, sino simplemente porque terminada la campaña electoral –y agotado el presupuesto anual del área- no habría nada que hacer allí hasta el año siguiente, y yo debía justificar mi contrato. Era 15 de mayo.

Mi nueva tarea protocolar comenzó por ordenar una parva de papeles que se habían amontonado desde fines del año anterior, derivando las misivas hacia las áreas correspondientes, según cada tema. Téngase en cuenta que aún no existía el correo electrónico, los teléfonos seguían perteneciendo a la vetusta Entel y la comunicación epistolar tenía una vigencia que ahora nos parece anacrónica. Al cabo de la tarea –y del recalentamiento de la trituradora de papeles- quedaron algunas decenas de cartas cuyo destino o respuesta debía decidir la superioridad. Si bien la mayoría estaba dirigida al gobernador, a éste le llegaba solamente lo que antes había pasado por el secretario del secretario, y luego por el secretario, quienes en el camino disponían por sí la mayoría de las cuestiones. Esto, por comprensibles razones de ahorro de tiempo y atención de quien se suponía estaba para cosas más importantes que decidir si se donaba o no una bandera a los bomberos de Chazón, o si se declaraba de interés provincial un campeonato de bochas en Pasco.

Una de las carpetas más voluminosas era la que rotulé, para simplificar, como “Locos”. Había allí un poco de todo: propuestas para solucionar en un santiamén diversos problemas como el hambre en el mundo o la falta de agua en el desierto, videntes que anunciaban cataclismos varios, inventores, pruebas de la vida extraterrestre y avisos de conspiraciones para asesinar a presidentes, gobernadores y ministros. Recuerdo una deliciosa secuencia que duró varios meses: un grupo de estudiosos de los ovnis, de Tucumán, anunciaba su viaje a Córdoba para una fecha determinada, cuando, según ellos, se iría a producir un aterrizaje extragaláctico en el cerro Uritorco. A medida que se acercaba la fecha las notas eran más apocalípticas, inquiriendo sobre si las autoridades habían tomado los debidos recaudos, extrañados por no haber tenido respuesta. Fue por esos años que algunos vivarachos funcionarios de turismo de Capilla del Monte y alrededores habían vuelto a difundir noticias sobre avistaje de ovnis y fenómenos celestiales. Un noticiero televisivo de entonces, Nuevediario, dedicó varios programas a mostrar lucecitas que se movían en el cielo nocturno (eran autos trepando o bajando el camino a las Altas Cumbres), enanitos verdes y gnomos que salían desde abajo de la tierra. La serie de alertas del grupo tucumano terminó con un telegrama donde avisaban que los extraterrestres habían decidido postergar el aterrizaje.

En medio de todo ello había cartas que si bien no eran extravagantes, no encajaban en la clasificación temática común. Me llamó la atención una correctamente escrita por un tal Dr. Enrique Febbraro, donde solicitaba a las autoridades el apoyo necesario para la difusión de una iniciativa destinada a promover la concordia y la paz entre los argentinos y por qué no en la humanidad toda: el Día del Amigo. Interiorizado sobre el tema, el secretario respondió: “Hay que estar al reverendo pedo para ocuparse de estas cosas”. Yo entonces, que ya había aprendido la diferencia entre la verdad poética y la verdad política, escribí un borrador de respuesta a Febbraro donde se lo felicitaba por la iniciativa, deseándole éxito y asegurándole que el gobierno de Córdoba haría lo que estuviera a su alcance para difuminar en los espíritus de esta provincia la celebración de tan tocante fecha, o algo así. Y lo que estaba más al alcance, al lado del escritorio, era el tarrito de la basura, adonde derivó la carta de Febbraro. No recuerdo si la respuesta la firmó el secretario o el secretario del secretario, o el administrativo que ponía los sellos.

En los meses siguientes llegaron cartas similares y, dado el ajuste presupuestario vigente, directamente se ahorró papel y franqueo; no se respondieron y fueron a parar a lo que estaba al alcance.

Varios años después, alejado yo de aquellos protocolos oficiales, escuché por radio el anuncio de un menú para celebrar el día del amigo. Y después la publicidad de una regalería con el mismo motivo. Me sonreí: la iniciativa de Febbraro había prosperado. Supuse que había interiorizado a alguna cámara comercial, o algunos vendedores habían advertido que la ocasión podía servir para mover un poco el negocio. Mis sentimientos fueron encontrados: por una parte, pensé en la perseverancia de un individuo que un día, solo en el living de su casa, comienza a enviar cartas con una propuesta, que al cabo de los años comienza a efectivizarse. Por otra parte, en la actitud de rebaño abierto a las novedades de buena parte de nosotros, que vamos tras el arbitrio de cualquiera que un buen día se le ocurre cualquier cosa. En este caso, promover saludos, encuentros gastronómicos y regalos por el día del amigo. Pensé que habría quienes se sentirían obligados a comprar un regalito para el amigo invisible, saludar personalmente o por lo menos llamar por teléfono a los amigos, afligidos por la posibilidad de olvidarse de alguien. Y no faltarían quienes no recibieran el saludo y se sintieran menoscabados, elucubrando por qué fulano no lo saludó. Habida cuenta de los destinatarios que generarían dudas: ¿lo saludo o no? Y todo ello porque a Febbraro se le ocurrió, en 1969, viendo el primer alunizaje, que ese día podía festejarse como de concordia universal, paz entre los argentinos y demás etéreos valores.

Febbraro no fue original: diez años antes, un paraguayo perteneciente al Rotary Club –como nuestro inspirador- promovió la Cruzada Mundial de la Amistad entre los Seres Humanos (¿y los animales y vegetales?), en el marco a la vez de un programa o plan o ensoñación de Cultura por la Paz. Con distintos nombres y diversas fechas, la amistad tiene su día festivo en muchos países. No es de extrañar que el tema haya enraizado entre nosotros, propensos a festejar cualquier cosa, hasta las derrotas, como lo demostraron las miles de personas que fueron a recibir a la selección nacional de fútbol luego de su inelegante eliminación del campeonato mundial.

Tiempo atrás, a raíz de que a un diputado bonaerense se le ocurrió instituir por ley el Día de la Parrilla, el periodista y escritor Norberto Firpo recopiló en su columna de La Nación algunas de las más extravagantes celebraciones que tenemos los argentinos, fuera de broma: días de la suegra, del kiosquero, del condiscípulo, del tasador, del parapsicólogo, del entorno acústico saludable, de la prevención sísmica y de la refrigeración. En la ciudad de Córdoba, no sé en otras geografías, tenemos el día del vecino, curioso homenaje que involucra a todos, ya que todos somos vecinos de alguien. Disculpas por la obviedad, pero a veces, por ser mínimas, se nos pasan por alto estas tonterías.

Yo en lo esencial soy la misma persona, o creo serlo, que era antes de 1989, o 1994, o cuando empezó a difundirse esto del día del amigo. Hasta entonces no saludaba a ningún amigo en un día en particular, a lo sumo para su cumpleaños o año nuevo. No veo por qué tenga que hacerlo ahora, o sí: porque a alguien se le ocurrió imponer el día, que año tras año los dueños de restaurantes, ante todo, nos lo recuerdan, escudados en la excusa del valor espiritual, para vender treinta platos más o menos de milanesas con papas fritas. No rechazo por cierto los saludos para la ocasión, pero no se me ocurriría regalarle algo a algún conocido por el Día del Ingeniero Electricista, y supongo que no se enojará conmigo si no lo saludo, inadvertido de tan magno acontecimiento nacional.

El ejemplo actual más extremo de inducción de conductas sociales con fines comerciales quizá sea en nuestro país el de Halloween, una celebración tradicional en países anglosajones, y que aquí han empezado a promover los vendedores de disfraces y bolicheros, de modo de motivar a los jóvenes para que tengan una excusa más para juntarse, festejar, consumir, emborracharse, recibir el alba del día siguiente orinando en las veredas y vomitando en el auto, olvidados de qué festejaban y qué hacían allí. Podríamos devolverle la idea a los estadounidenses y la embajada argentina en Washington, por ejemplo, promover un festejo equivalente: el Día de la Pachamama, y ver cuántos norteamericanos pavotes se juntan a festejar disfrazados con ponchos y sombreros collas.

Mientras esto escribo oigo otro aviso radial: una oferta aprovechando el mes del amigo. ¿Y por qué ya que estamos no instituimos el trimestre del amigo? De igual modo y aunque no es mi caso, propongo poner en valor una problemática sensible a muchos de nuestros connacionales y seres humanos en general: la sequedad de vientre. El Día del Seco de Vientre, de promoverse e instalarse en los medios a través de una buena campaña publicitaria, puede revitalizar la industria farmacéutica de los laxantes, motivar a los restaurantes a preparar platos en base a ciruelas y remolacha, reforzar la venta de yogures para el tránsito lento y reflotar la alicaída fabricación de enemas, aquellas peritas de goma que recordamos con una mezcla de nostalgia y pavor cuando pensamos en nuestra infancia. Sólo faltaría determinar la fecha. ¿Alguien sabe qué día se inventó el aceite de ricino?

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