domingo, 17 de octubre de 2010

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Bienvenida a un nuevo participante en esta página
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Por Jorgelina Lagos
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Como todo periodista que se precie de tal, entiendo que en una democracia debe haber pluralidad de opiniones. Por tal razón, hoy le damos la más cordial bienvenida al Dr Guillermo Arias, cuya presentación corre a cargo de Jorge Piva, mi habitual compañero de blog. Respeto la opinión de Guillermo sobre Vargas Llosa, aunque no la comparto en su totalidad. Pero de tales cosas está hecha la vida y sobre todo la vida política. Ya lo decía muy bien el General y lo traemos a colación hoy, precisamente, en que se recuerdan los 65 años de aquel día histórico.
Adelante, entonces.
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En defensa del buen nombre
Vamos a terminar todos siendo chinos
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Por Jorge Piva
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Con frecuencia, mi hija se enoja conmigo porque no distingo o confundo a sus amistades. Sus amistades son Cande, Cami, Fer, Juli, Jo, Flor, Fede y cuanto apócope posible hay para formar con la primera o dos primeras sílabas del nombre. Con un matiz más problemático aún: están el Jose y la Jose, el Fer y la Fer. A la vez, Ro puede ser Rocío o Roberto o Rodolfo; Juli, Julieta, Julián, Julia o Juliana; Silvi, Silvia, Silvina o Silvana, Luisi un apelativo cariñoso de Luis o la síntesis de Luisina, y todo más o menos así.
Esta costumbre la he advertido también entre compañeros de trabajo, y yo mismo incurro a veces en tales síntesis nominales. No me puse a pensar en las causas, aunque quizá tenga que ver con la velocidad y la economía de palabras con que los chicos usan los mensajes de texto o el messenger, o simplifican o acortan sus comunicaciones de chat tecleando en la computadora con dos dedos. Y los grandes nos contagiamos o imitamos estos modismos. Algo parecido ocurre con las palabras comodines que se generalizan durante un tiempo.
Hace años dos muletillas lingüísticas comunes, utilizadas para unir frases, eran “o sea” y “es decir”, pronunciadas como “osea” y “e’cir”. Ahora me causa gracia una forma generalizada de reemplazar al “bueno” o “de acuerdo”, o “cómo no”, o “sí” por una palabra que es en realidad una instrucción: dale. Hágase la prueba en cualquier negocio atendido por algún jovencito o no tanto:
-Dame tres medialunas.
-Dale.

Misterios del habla: el “nada” ha dejado de usarse en su significado original y se utiliza como comodín verbal un tanto snob (que quiere decir frívolo, superficial), aunque huele más bien a moda lingüística pasajera:
-¿Cómo fue el gol en contra?
-Nada; vino el centro y nada, yo metí la cabeza para despejar y entró, y bueno, nada, fue una desgracia, pero nada, ya está, hay que pensar en el próximo partido.
(El cronista recuperará el sentido original de la palabra para decir que el equipo fue horrible, que no jugaron a nada).
La clase política también va renovando su propia jerga. Recuérdese cualquier discurso en acto público donde el orador unía sus frases con “Por eso”, aunque el párrafo siguiente no tuviera relación con el anterior:
- … vamos a encolumnarnos detrás de nuestro candidato. Por eso compañeros hoy una vez más ….
Dado que los actos públicos son cada vez más escasos –por lo menos los de asistencia espontánea- y la lucha cívica se desarrolla en los sets televisivos o los espacios radiales, ha cambiado también la forma del discurso político y abundan los “A ver” y “Digo” o “Quiero decir”, en este último caso para decir lo mismo que se había dicho anteriormente, pero con otras palabras:
-¿Qué responde a la denuncia de corrupción que lanzó en su contra Fulano?
-A ver. Digo: me pongo a disposición de la justicia. Quiero decir: que la justicia investigue.
La justicia investigará y posiblemente no llegue a nada, porque se sabe de antaño que la coima no da recibo.

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El “dale” y “nada” posiblemente caiga en desuso con el tiempo y sea reemplazado por otras resignificaciones, aunque fuera de la simpática curiosidad de su utilización no causa demasiados problemas, ya que todos sabemos qué se quiere decir cuando se lo emplea.
El problema son los nombres acortados. De seguir la tendencia, posiblemente en el futuro nuestras generaciones terminen pareciéndose en sus nombres a los chinos: Li, Lin, Yi, Wei, Yun, Yan, Hao. Inútil será que bauticemos a nuestros chicos Francisco Isidoro o Mercedes Agustina, por ejemplo, ya que inmediatamente pasarán a ser Fran, Isi, Merce o Agus. Lejos habrán quedados los tiempos de nuestra fundación patria, cuando los pobres chicos debían memorizar no sin cierto esfuerzo su propio nombre, dada la extensión. Belgrano, por ejemplo, fue bautizado Manuel Joaquín del Corazón de Jesús. Carlos de Alvear se llamaba completamente Carlos Antonio José Gabino del Ángel de la Guardia Alvear y Balbastro. Porque para colmo, la alcurnia familiar era rastreable en el doble o triple apellido, y así Bolívar fue inscripto como Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco. Mariquita Sánchez fue registrada María Josefa Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velazco y Trillo, a lo que luego hubo que agregar su apellido de casada Se nota que el espíritu de época, al contrario del actual, era más bien propenso al barroco, ya que en lugar de decirle Mary, los allegados alargaron el María a Mariquita.
Entre aquellas exageraciones de hace dos siglos y los presentes apócopes que amenazan tornar a todos los nombres monosilábicos o a lo sumo bisilábicos, estamos los partidarios del justo medio. Aunque en definitiva son los demás los que nos nombran a su antojo y no como nosotros quisiéramos. Yo, sin ir más lejos, me llamo Jorge Oscar Piva Ermacora Omega Gioino. Pero mis amigos me dijeron, desde chico, el Flaco. (Lo cual, al igual que el “dale” o el “nada”, ahora ha perdido su sentido original y la realidad actual es más bien todo lo contrario). Por otra parte, inútil hubiera sido, convengamos, esgrimir aquellos apellidos en los cenáculos de la aristocracia local, delatores como son de famélicos inmigrantes italianos.
En casa, ante mis hijos, he quedado reducido a .

Ya que hablamos de tendencias hacia la síntesis, recuerdo que hace años Alejandro Dolina escribió un delicioso artículo en la revista “Humor” sobre la novedad literaria de compilar historias tradicionales, con lo cual se ahorra tiempo y energía en la lectura. De acuerdo a ello, por ejemplo, “Crimen y castigo”, de Dostoievsky, podría llegar a trocar su edición de 600 páginas por una sola hoja donde se imprimiera un párrafo con su pretendido resumen: “Un muchacho mata a una vieja y se arrepiente”.
Así, la presente nota bien podría sintetizarse, a juicio de mi implacable hija adolescente, la Juli, de este modo: “El no entiende nada, está en cualquiera y escribe pavadas”. No estaría demasiado alejada del sustrato de las cosas.
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lunes, 2 de agosto de 2010

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Pequeña digresión

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Por J.L.

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Posiblemente usted, lector de esta página, se preguntó el porqué de la transcripción de la nota anterior. Tal vez el título le haya dado una pista: “Experiencias de vida en la Argentina de la tergiversación”. Un país que no cuida su patrimonio –artístico o de otra índole- es índice de una desidia que se traduce en todos los estratos.

Cuando al controvertido técnico de la selección nacional de fútbol –perdedora, además- se le pretende erigir una estatua(¡); cuando ese mismo personaje nos hace quedar como la mona cada vez que abre la boca; cuando se lo endiosa; cuando se le regalan pasajes a Sudáfrica a un grupo de inadaptados, etc, etc, etc, mientras a René Favaloro algunos pretenden todavía pasarle facturas… qué quiere que le diga! La indignación puede más que mi buena educación y mi buena voluntad. Es más fuerte que yo.

Esa es la razón de haberle pedido a Lito Paszucki que me trasladara su experiencia. En cuanto me la contó supe que debía transmitirla. Que un museo dedicado a uno de los pintores más ilustres que haya tenido el país quede (como sucede) librado al azar, sin que ninguna Comisión – de las tantas que andan dando vueltas, cobrando sueldos pagos por el Estado, es decir, nosotros – se haga cargo del asunto, es síntoma (uno más de los tantos) de los tumbos que vamos dando al caminar. Que no es poca cosa, por cierto.

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domingo, 1 de agosto de 2010

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Experiencias de vida en la Argentina de la tergiversación

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Por J Lagos (con el aporte de Samuel “Lito” Paszucki)

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Lo que leeremos en esta nota es una transcripción casi textual de una circunstancia vivida por el matrimonio integrado por Inés y Lito Paszucki, dos personas que aman el arte y todo lo bueno que la vida ofrece. Son dos “disfrutadores” – no usaría la palabra “hedonista” en este caso – que saben ubicar a las cosas en su justo término. Como son amigos, además, tras contarme esta experiencia, le sugerí a Lito que me lo narrara por escrito, pues es un testimonio que merece ser difundido. Aquí va.

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“Estábamos pasando unos días en Capital Federal, disfrutando de todo lo que esa ciudad ofrece en materia de arte y espectáculos. Pero con Inés teníamos una idea fija: visitar Glew. Tras varios meses de tratativas y luego de varios intentos frustrados, el martes 6 de julio nos decidimos. Entiéndase que ese lugar, para mi esposa y para mí, significa Soldi. Viajamos a pesar de no haber recibido respuesta a nuestros correos y no lograr comunicarnos telefónicamente para averiguar horarios y/o concertar una visita guiada; pero una vez tomada la decisión, hacia allá nos largamos.

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“Nos movilizamos en transporte público; del centro a Constitución en subte ($1.10 el boleto) y luego en tren del FFCC ROCA ($ 3.- ida y vuelta) a Glew. El costo total de viaje, ida y vuelta: $ 5.20 cada uno (allí entendimos algo de la imperiosa necesidad de dinero para subsidios que tiene la presidente). Después de 40 minutos en tren llegamos a Glew. Es una ciudad obrera, chata, de aproximadamente 70.000 habitantes.

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“Inicialmente nuestra intención era visitar la Capilla de Santa Ana (por sus murales pintados por Soldi) y, opcionalmente, la Fundación. El destino quiso que preguntando llegáramos primero a ésta. Tocamos el timbre de la casa, nos abrió una empleada, anunciamos nuestra visita desde Córdoba y, menos de cinco minutos más tarde, apareció Zulema. Ella es quien está a cargo de la entidad y oficia de guía para los visitantes.

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“Después de unos pocos minutos nos dimos cuenta de nuestra suerte.: Zulema lo conoció personalmente al maestro. El museo posee alrededor de 50 obras de Soldi, principalmente de su período amarillo (primera época) y del azul. Impensables allí. Zulema conoce la historia de cada uno de los cuadros exhibidos y nos la contó con amor. Cada vez estábamos más contentos. Casi al final de la visita llegaron alumnos de una escuela primaria de la zona. Entonces nuestra guía nos condujo a un pequeño auditorio (calculamos para 120 personas), con antiguas butacas de cine. Allí pudimos admirar dos enormes cuadros con ángeles que formaron parte de la decoración del viejo programa “La Botica del Angel”; además, en el escenario, había cuatro enormes paneles de papel, parte de una decoración pintada por el artista.

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“Pudimos ver una película sobre el maestro, filmada por su hijo. Con apariciones de Soldi; con entrevistas en las que refiere historias de su vida en Glew y sus obras. La voz que narraba nos resultaba conocida: era la de China Zorrilla, quine ni aparece en los créditos.

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“Decidimos con mi esposa que debíamos colaborar con esa obra. Hay en venta láminas y xerigrafías; optamos por dos de éstas. La alegría de Zulema era enorme; nos comentó que con ese dinero “podría pagar la luz hasta fin de año” (sic). Como el monto era importante, le pregunté el motivo por el que se pagaba tanto de energía. Me contestó que tenían un servicio catalogado como “comercial”. No entendí nada. Ante la pregunta de porqué no hacían una labor mayor de difusión, nos contestó que el hijo del maestro no quería transformar la fundación en algo marketinero. Se mantienen con lo que pueden vender allí: hacía tres meses (hasta nuestra llegada) que tal cosa no sucedía…

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“Visitamos luego la Capilla de Santa Ana, cuyos murales fueron pintados por el maestro durante 23 veranos. Sin palabras.

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“A cuarenta minutos de Buenos Aires hay una joya desconocida. Argentina tiene algo más que tango, asado y cueros. “

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Hasta aquí el relato del matrimonio Paszucki. ¿No les dije que valía la pena leerlo?

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No hay peor ciego...
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Por J.L.

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Esta es una nota sobre el libro que, poco tiempo atrás editaron Jorge Piva – el otro bloggero que incursiona en esta página – y David Metral, amigos de toda la vida, desde su Villa María natal y opositores fieros ( pero amistosos) en las lides de la política. Simpatizante del radicalismo el primero y justicialista el segundo, desde marzo de 2009 se fueron trenzando en largas misivas virtuales, que desembocaron en el libro recientemente publicado por la Editorial de la Universidad de Villa María, y que se titula “De Kirchner a Perón – Ida y vuelta”. El origen de la polémica estuvo en el supuesto progresismo de los Kirchner y la utilización política de los derechos humanos. Como el sentido del libro es, entre otros, que cada lector movilice sus propias ideas y conclusiones, me permito opinar aquí.

Desde un primer momento tuve presente el refrán de nuestras abuelas: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.Sin entrar en mayores detalles (el libro se consigue en la Docta) sólo puedo decir que advierto actualmente– y si no, remítase al Grupo Carta Abierta (que reúne cerebros privilegiados)- que hay una tendencia a defender lo indefendible. Es una habilidad asombrosa que admiro, pues me siento totalmente incapacitada para hacerlo (en el caso de que me viera forzada a encararlo en una situación parecida o semejante).


¿Cómo asegurar que el dueño de los derechos humanos en Argentina es el gobierno de los Kirchner, y que la reinvindicación de los mismos comenzó con ellos? ¿No se lee la historia reciente y se comparan fechas? Me gustaría preguntarle al Toto López, que estuvo preso y fue torturado en la D2 y que fuera reivindicado al comienzo de la democracia… ¿Cuándo se realizaron los juicios a las Juntas? ¿Es justo que este gobierno se haya arrogado el “nunca más”? Si bien las causas de lesa humanidad refieren a crímenes cometidos por el Estado ¿por qué ni siquiera se intentó o impulsó una revisión de los delitos –secuestros extorsivos, asesinatos- cometidos por Montoneros? Por no mencionar a las Tres A, antecedente paramilitar del terrorismo de Estado, cuyas causas judiciales duermen el sueño del olvido. (De paso: les recomiendo la saga de “Marcados por el fuego” de Marcelo Larraquy, sobre el pasado violento de nuestro país, donde el peronismo no sólo fue víctima de persecución política, sino victimario a través de las mencionadas organizaciones irregulares o de la Sección Especial de la Policía Federal).


Hay que repasar a Juan José Sebreli en “Comediantes y mártires- Ensayo contra los mitos”. Qué panzada de perspicacia. Sí, me imagino. Para los justicialistas todos los gorilas deben haber abandonado la selva. Y todos los periodistas del diario La Nación – léase Jorge Fernández Díaz o Tomás Eloy Martínez – eran o son simples escribas al servicio de la oligarquía vacuna. (Entre nosotros, confieso que personalmente lamento la inamovible presencia de Mariano Grondona…) Para quienes en cambio somos independientes, cualquier dogmatismo acrítico y cerrado nos resulta detestable.


Algo de todo esto y más es debatido en el libro, que empieza por los Kirchner, viaja hasta el primer peronismo –infancia de los autores-, transita por los convulsionados 70 y vuelve a la actualidad. Ello, desde la experiencia personal y política de los dos escritores, tan diversa, que motivó que cada uno tomara posturas contrapuestas, aunque manteniendo el respeto y la amistad. Lo que no es poco en un país ya habituado a la crispación y a ver enemigos mortales en todo aquel que no piensa como uno.


No es mi intención defender ninguna postura, pues se impone por sí misma. Y en todo caso cada uno tendrá la suya y está bien que sea así, ya que la democracia está hecha de diversidades. El pensamiento único es de totalitarios…


Vuelvo al principio. Ocurre que aunque pensemos distinto sobre ciertas cosas de la realidad, si tiene cuatro patas, olfatea y ladra, muy posiblemente, como lo percibirá la mayoría de ciudadanos corrientes y normales, sea perro. Ahora, si el fundamentalismo político enceguece, y encima no se quiere ver… no habrá más que esperar la hora del voto.


Lamento sí que en el país de los ciegos, el tuerto sea rey…

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sábado, 24 de julio de 2010

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Sobre el día del amigo
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Por Jorge Piva
jorospiva@yahoo.com.ar

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Hacia 1989 mi destino laboral me llevó a una tarea de clasificación de correspondencia dirigida a la Gobernación de Córdoba. Habían sido las elecciones generales ganadas por Carlos Menem y Angeloz, el candidato presidencial derrotado, reasumió la gobernación un día después. Entonces el secretario de prensa de la Gobernación, de quien yo dependía, me convocó a su despacho para decirme que estaban precisando provisoriamente alguien que supiera leer y escribir, y que habían pensado en mí, no porque yo destacara en esas funciones, sino simplemente porque terminada la campaña electoral –y agotado el presupuesto anual del área- no habría nada que hacer allí hasta el año siguiente, y yo debía justificar mi contrato. Era 15 de mayo.

Mi nueva tarea protocolar comenzó por ordenar una parva de papeles que se habían amontonado desde fines del año anterior, derivando las misivas hacia las áreas correspondientes, según cada tema. Téngase en cuenta que aún no existía el correo electrónico, los teléfonos seguían perteneciendo a la vetusta Entel y la comunicación epistolar tenía una vigencia que ahora nos parece anacrónica. Al cabo de la tarea –y del recalentamiento de la trituradora de papeles- quedaron algunas decenas de cartas cuyo destino o respuesta debía decidir la superioridad. Si bien la mayoría estaba dirigida al gobernador, a éste le llegaba solamente lo que antes había pasado por el secretario del secretario, y luego por el secretario, quienes en el camino disponían por sí la mayoría de las cuestiones. Esto, por comprensibles razones de ahorro de tiempo y atención de quien se suponía estaba para cosas más importantes que decidir si se donaba o no una bandera a los bomberos de Chazón, o si se declaraba de interés provincial un campeonato de bochas en Pasco.

Una de las carpetas más voluminosas era la que rotulé, para simplificar, como “Locos”. Había allí un poco de todo: propuestas para solucionar en un santiamén diversos problemas como el hambre en el mundo o la falta de agua en el desierto, videntes que anunciaban cataclismos varios, inventores, pruebas de la vida extraterrestre y avisos de conspiraciones para asesinar a presidentes, gobernadores y ministros. Recuerdo una deliciosa secuencia que duró varios meses: un grupo de estudiosos de los ovnis, de Tucumán, anunciaba su viaje a Córdoba para una fecha determinada, cuando, según ellos, se iría a producir un aterrizaje extragaláctico en el cerro Uritorco. A medida que se acercaba la fecha las notas eran más apocalípticas, inquiriendo sobre si las autoridades habían tomado los debidos recaudos, extrañados por no haber tenido respuesta. Fue por esos años que algunos vivarachos funcionarios de turismo de Capilla del Monte y alrededores habían vuelto a difundir noticias sobre avistaje de ovnis y fenómenos celestiales. Un noticiero televisivo de entonces, Nuevediario, dedicó varios programas a mostrar lucecitas que se movían en el cielo nocturno (eran autos trepando o bajando el camino a las Altas Cumbres), enanitos verdes y gnomos que salían desde abajo de la tierra. La serie de alertas del grupo tucumano terminó con un telegrama donde avisaban que los extraterrestres habían decidido postergar el aterrizaje.

En medio de todo ello había cartas que si bien no eran extravagantes, no encajaban en la clasificación temática común. Me llamó la atención una correctamente escrita por un tal Dr. Enrique Febbraro, donde solicitaba a las autoridades el apoyo necesario para la difusión de una iniciativa destinada a promover la concordia y la paz entre los argentinos y por qué no en la humanidad toda: el Día del Amigo. Interiorizado sobre el tema, el secretario respondió: “Hay que estar al reverendo pedo para ocuparse de estas cosas”. Yo entonces, que ya había aprendido la diferencia entre la verdad poética y la verdad política, escribí un borrador de respuesta a Febbraro donde se lo felicitaba por la iniciativa, deseándole éxito y asegurándole que el gobierno de Córdoba haría lo que estuviera a su alcance para difuminar en los espíritus de esta provincia la celebración de tan tocante fecha, o algo así. Y lo que estaba más al alcance, al lado del escritorio, era el tarrito de la basura, adonde derivó la carta de Febbraro. No recuerdo si la respuesta la firmó el secretario o el secretario del secretario, o el administrativo que ponía los sellos.

En los meses siguientes llegaron cartas similares y, dado el ajuste presupuestario vigente, directamente se ahorró papel y franqueo; no se respondieron y fueron a parar a lo que estaba al alcance.

Varios años después, alejado yo de aquellos protocolos oficiales, escuché por radio el anuncio de un menú para celebrar el día del amigo. Y después la publicidad de una regalería con el mismo motivo. Me sonreí: la iniciativa de Febbraro había prosperado. Supuse que había interiorizado a alguna cámara comercial, o algunos vendedores habían advertido que la ocasión podía servir para mover un poco el negocio. Mis sentimientos fueron encontrados: por una parte, pensé en la perseverancia de un individuo que un día, solo en el living de su casa, comienza a enviar cartas con una propuesta, que al cabo de los años comienza a efectivizarse. Por otra parte, en la actitud de rebaño abierto a las novedades de buena parte de nosotros, que vamos tras el arbitrio de cualquiera que un buen día se le ocurre cualquier cosa. En este caso, promover saludos, encuentros gastronómicos y regalos por el día del amigo. Pensé que habría quienes se sentirían obligados a comprar un regalito para el amigo invisible, saludar personalmente o por lo menos llamar por teléfono a los amigos, afligidos por la posibilidad de olvidarse de alguien. Y no faltarían quienes no recibieran el saludo y se sintieran menoscabados, elucubrando por qué fulano no lo saludó. Habida cuenta de los destinatarios que generarían dudas: ¿lo saludo o no? Y todo ello porque a Febbraro se le ocurrió, en 1969, viendo el primer alunizaje, que ese día podía festejarse como de concordia universal, paz entre los argentinos y demás etéreos valores.

Febbraro no fue original: diez años antes, un paraguayo perteneciente al Rotary Club –como nuestro inspirador- promovió la Cruzada Mundial de la Amistad entre los Seres Humanos (¿y los animales y vegetales?), en el marco a la vez de un programa o plan o ensoñación de Cultura por la Paz. Con distintos nombres y diversas fechas, la amistad tiene su día festivo en muchos países. No es de extrañar que el tema haya enraizado entre nosotros, propensos a festejar cualquier cosa, hasta las derrotas, como lo demostraron las miles de personas que fueron a recibir a la selección nacional de fútbol luego de su inelegante eliminación del campeonato mundial.

Tiempo atrás, a raíz de que a un diputado bonaerense se le ocurrió instituir por ley el Día de la Parrilla, el periodista y escritor Norberto Firpo recopiló en su columna de La Nación algunas de las más extravagantes celebraciones que tenemos los argentinos, fuera de broma: días de la suegra, del kiosquero, del condiscípulo, del tasador, del parapsicólogo, del entorno acústico saludable, de la prevención sísmica y de la refrigeración. En la ciudad de Córdoba, no sé en otras geografías, tenemos el día del vecino, curioso homenaje que involucra a todos, ya que todos somos vecinos de alguien. Disculpas por la obviedad, pero a veces, por ser mínimas, se nos pasan por alto estas tonterías.

Yo en lo esencial soy la misma persona, o creo serlo, que era antes de 1989, o 1994, o cuando empezó a difundirse esto del día del amigo. Hasta entonces no saludaba a ningún amigo en un día en particular, a lo sumo para su cumpleaños o año nuevo. No veo por qué tenga que hacerlo ahora, o sí: porque a alguien se le ocurrió imponer el día, que año tras año los dueños de restaurantes, ante todo, nos lo recuerdan, escudados en la excusa del valor espiritual, para vender treinta platos más o menos de milanesas con papas fritas. No rechazo por cierto los saludos para la ocasión, pero no se me ocurriría regalarle algo a algún conocido por el Día del Ingeniero Electricista, y supongo que no se enojará conmigo si no lo saludo, inadvertido de tan magno acontecimiento nacional.

El ejemplo actual más extremo de inducción de conductas sociales con fines comerciales quizá sea en nuestro país el de Halloween, una celebración tradicional en países anglosajones, y que aquí han empezado a promover los vendedores de disfraces y bolicheros, de modo de motivar a los jóvenes para que tengan una excusa más para juntarse, festejar, consumir, emborracharse, recibir el alba del día siguiente orinando en las veredas y vomitando en el auto, olvidados de qué festejaban y qué hacían allí. Podríamos devolverle la idea a los estadounidenses y la embajada argentina en Washington, por ejemplo, promover un festejo equivalente: el Día de la Pachamama, y ver cuántos norteamericanos pavotes se juntan a festejar disfrazados con ponchos y sombreros collas.

Mientras esto escribo oigo otro aviso radial: una oferta aprovechando el mes del amigo. ¿Y por qué ya que estamos no instituimos el trimestre del amigo? De igual modo y aunque no es mi caso, propongo poner en valor una problemática sensible a muchos de nuestros connacionales y seres humanos en general: la sequedad de vientre. El Día del Seco de Vientre, de promoverse e instalarse en los medios a través de una buena campaña publicitaria, puede revitalizar la industria farmacéutica de los laxantes, motivar a los restaurantes a preparar platos en base a ciruelas y remolacha, reforzar la venta de yogures para el tránsito lento y reflotar la alicaída fabricación de enemas, aquellas peritas de goma que recordamos con una mezcla de nostalgia y pavor cuando pensamos en nuestra infancia. Sólo faltaría determinar la fecha. ¿Alguien sabe qué día se inventó el aceite de ricino?

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sábado, 15 de mayo de 2010

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Los poderosos escriben la historia…
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Por J. L.
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Durante mucho tiempo –fíjese usted: desde la década del ’60– se ha venido hablando de la presidencia de John Fitzgerald Kennedy como ejemplar. Evidentemente a Jack le tocó vivir un momento afortunado de la economía y de la política de su país.

“El presidente más joven de la historia de los EEUU”, como se lo denominó en ese momento, vivió la gloria hasta aquel desafortunado 22 de noviembre de 1963 en que comenzó el duelo del pueblo norteamericano en particular y del resto de parte del mundo en general. Aquel magnicidio hizo temblar la Tierra y desde entonces pasó a ser un héroe y un mártir en suelo propio y ajeno.

Cuando su joven viuda se casó años más tarde, un sueño se derrumbó: ¿cómo osaba la reina sin corona casarse con un armador griego del que se decían las peores cosas?
Quien además, para colmo, había abandonado a la diva del canto lírico María Callas para concertar un casamiento de conveniencia con la viuda más famosa del mundo…
Todos apuntaban con dedo acusador a Jackie, quien estuvo algunos años a su lado, le sacó algunos buenos millones y al final de sus días, lo dejó solo.

Simultáneamente, comenzó a conocerse la relación que el ex presidente había mantenido con la también desafortunada Marilyn Monroe (amante de su hermano Bob, además, y de varios de los amigos del famoso Rat Pack encabezado por Frank Sinatra). Fue como que el público no se había repuesto de una sorpresa para ya internarse en la siguiente…

Personalmente he leído decenas de libros sobre la muerte de la actriz con toda una sarta interminable de suposiciones: suicidio, asesinato, etc, etc, etc. En general, historias que rozaban la prensa amarilla cuando no el escándalo. Al morir la rubia actriz, todos a su alrededor se irguieron como poseedores de la verdad revelada y cada uno tenía su versión. Por suerte, no me até a ninguna hipótesis, esperando que el tiempo asentara la polvareda y se despejara la incógnita.

De alguna manera, casi cincuenta años después, un librito de no más de 250 páginas parece echar un viso de verosimilitud al asunto. Pero va más allá: revela, de manera casi sorprendente y creíble, el porqué de los asesinatos de los dos hermanos Kennedy.

El libro en cuestión se titula “Marilyn y JFK” y pertenece a la pluma (y, sobre todo, a la investigación) de Francois Forestier, periodista y escritor francés, quien, con una vasta, seria y profusa bibliografía sobre ambos personajes, de manera clara y sencilla confirma lo que siempre fue un secreto a voces: la familia Kennedy tenía una estrecha y comprometida relación con la mafia que manejaba intereses en las grandes capitales de los EEUU, amén de controlar la Cuba sometida por Fidel Castro.
Sam Giancana, Santo Trafficante, Skinny D’Amato, Jimmy Hoffa eran algunos de los capomafia que tenían a los Kennedy agarrados de los pelos.
Además les seguía los pasos de cerca el implacable J. Edgar Hoover, “dueño” del FBI por más de cincuenta años, servil y obsecuente con el poder que odiaba a aquellos dos hermanos - a quienes hacía espiar por sus agentes - que lo trataban con arrogancia y que ocultaba a toda costa una homosexualidad que les servía de elemento de presión a Jack, Bob y antes a Joe, el patriarca de la familia, quien comenzara todos aquellos turbios manejos en las primeras décadas del siglo XX.
Algunas deudas pendientes; un par de idiotas útiles (llámense Oswald y Ruby); la supuesta conspiración de la URSS para sacarse al presidente demócrata de encima (la crisis desatada con Cuba en octubre de 1962 estaba muy fresca aún); algunas facturas a cobrar y el guiso ya estaba listo para ser servido.

A los hermanos Kennedy la sociedad wasp no le perdonó ser católicos y descendientes de irlandeses, por una parte. Por la otra, sus formas autoritarias y déspotas les granjearon muchos enemigos. Se llevaron el mundo por delante pero no fueron dos redentores víctimas de la incomprensión. Más bien, parece ser que debían saldar muchas cuentas y eso es lo que sucedió.
Interesante la teoría desarrollada por Forestier. Se aprecia como un rompecabezas cuyas piezas encajan perfectamente al final. Sobre todo, esclarecedora para quienes vivimos aquellos años.

Una última disquisición sobre el tema: al título “Los poderosos escriben la historia…” podría agregársele como corolario:
“… pero el tiempo pasa, y en la era de la información muchas verdades salen a relucir”
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