lunes, 6 de julio de 2009

La pavada como categoría del arte

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(O cómo sacar carnet de artista)

A raíz de la suplantación de dos avioncitos de papel en el Museo Caraffa

Por: Jorge Piva
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No debe haber título más fácil de obtener que el de artista. Título, titular, palabra escrita en diarios y folletos. Sólo basta autoadjudicarse tal condición o a veces ni siquiera: con que un gacetillero amigo o inadvertido lo escriba, ya está, consagrado el título habilitante en letras de molde. Uno hojea los suplementos culturales de los diarios y se encuentra con cientos de escritores, poetas, plásticos, performers, audiovideístas: todos artistas. Hay disciplinas que permiten más que otras la polución incontrolada de estos supuestos artesanos de la belleza: la instalación, la intervención y el más reciente “arte” digital. El género puede albergar cualquier pavada, pero su autor, si trasciende a los diarios, ya queda consagrado: “el artista Fulano intervino hoy la estatua de San Martín con un dispositivo a su alrededor que hace aparecer al caballo y al prócer como dando vueltas en una calesita, a semejanza de los caballos y autitos de la calesita tradicional”. Confieso que escribo el ejemplo al correr de la máquina, y no porque tenga una imaginación prolífica: cualquiera podría inventar en un rato una larga lista de tonterías susceptibles de ser presentadas como “instalación” o “intervención” artística. Debo agregar, ya que hablo de mí, que tengo publicadas dos novelas, una obra teatral y algunos cuentos a lo largo de veinte años, premios incluidos; cuando en trámites o presentaciones formales preguntan por mi ocupación, digo “empleado”. Jamás se me ocurriría responder “escritor”, tarea que desarrollo de a ratos anuales.

Caca provocativa. Hay un par de notas periodísticas de Mario Vargas Llosa que deberían incluirse en la bibliografía obligatoria de las escuelas de arte. La primera fue publicada en 1997 en El País, de Madrid, con el título “Caca de elefante”, acerca de una muestra de Chris Ofili montada sobre excremento de elefante. La segunda data de octubre de 2008 y se denomina “Tiburones en formol”, sobre una instalación de Damián Hirst, también originalmente publicada en el diario español. Ambas, que pueden rastrearse en Internet, sustentan la idea de que el arte moderno ha perdido todo rigor, que cualquier cosa es arte. Vargas Llosa menciona a las operaciones de marketing, prensa y relaciones públicas como fundamentales para la creación de un producto al que se le adjudica condición de artístico y que por eso mismo, en los mercados del primer mundo, puede adquirir valores monetarios asombrosos. El escritor –él sí que lo es- señala al factor precio como escandaloso y esa es la gran diferencia con nuestro medio, por cierto correspondiente a un país periférico y “en vías de desarrollo”, eufemismo optimista que los oficialismos suelen utilizar para no asumir que estamos en la malaria total, no sólo económica. En “Caca de elefante” nos enteramos, por ejemplo, que las blasfemias pictóricas contra la Virgen María o íconos religiosos ya eran, hace más de una década, antiguas. Agrega Vargas Llosa: “Si la exposición es verdaderamente representativa de lo que estimula y preocupa a los jóvenes artistas en Gran Bretaña, hay que concluir que la obsesión genital encabeza su tabla de prioridades.” En Córdoba tuvimos dos escandaletes ilustrativos en tiempos recientes: un trabajo de Onofre Fraticelli en el Cabildo, en la navidad de 2004, (una Virgen manteniendo relaciones sexuales con el espíritu santo) y otra del músico Alfonso Barbieri (dos ángeles orinando a la Virgen María) en el Centro España-Córdoba, en junio de 2007. En ambos casos los expositores tuvieron la inestimable colaboración de un grupo de fanáticos religiosos que intentaron violentamente clausurar las exposiciones, cuya trascendencia, de no ser por ello, hubiera sido la de una más entre tantas. La delictiva agresión les otorgó a los autores de las “obras de arte” otro rótulo muy cotizado y prestigioso en el ambiente del arte y la prensa: el de censurados.
Para contestarismo genuino y divertido, me quedo con Enrique Badessich, que hacia 1920 fundó el Partido Bromosódico, entre cuyos postulados proponía el amor libre, y hacía campaña paseándose por el centro con una vaca. Para su época fue un respetuoso y original provocador, objetando el orden conservador, además de un personaje popular: consiguió ser electo diputado, lo que luego el gobierno invalidaría. Badessich, como todo precursor, le erró a la época. En la actualidad podría a la vez haber obtenido el carnet de artista con el solo trámite de atar la vaca en la puerta del Museo Caraffa, por ejemplo, en cuyos jardines frontales Dolores Cáceres realizó una “instalación”: sembró soja, la cosechó y llevará semillas a China, según ha dicho, para plantarlas en otro museo, entroncándolas así conceptualmente con la semilla sagrada de aquel país. (Los marcos teóricos que justifican estos divertimentos -el supratexto- suelen ser tanto o más rebuscados que la anécdota en sí).

Efectiva carne podrida. A juicio de Vargas Llosa la consigna principal de Ofili (el de la caca de elefante) Damien Hirst (el de los tiburones en formol) y tantos militantes de este arte moderno sin jerarquías ni rigor es llamar la atención, efectivo procedimiento que, sostiene, en nuestra época reciente no resulta ni siquiera original. En los años ’60, relata, un amigo cubano, excelente escultor, se cansó y entró en desánimo debido a que todas las galerías de arte le rechazaban sus espléndidas tallas en madera. Decidió entonces concitar la mirada de la prensa y el mundillo del arte mediante la exposición de trozos de carne podrida, encerrados en cajas de vidrio, sobre los que revoloteaban moscas vivas. Por cierto, consiguió notoriedad inmediatamente y a partir de allí accedió al estrellato artístico con cierto prestigio, otorgado por críticos que indujeron curiosas interpretaciones semánticas, legitimando la pavada (suponemos que con las secretas risotadas de ambos amigos).

Recuerdos de provincia. Hace décadas, varios adolescentes, amigos de secundaria, ocupábamos nuestros veranos en Villa María con excursiones al río, portando infructuosas cañas de pescar. Como en el Río Tercero sólo habitaban algunas esporádicas mojarritas y bagres, matizábamos las tardes con la construcción de barquitos y avioncitos. A veces los escribíamos: lugar, fecha, alguna frase. También poníamos mensajes en botellas que luego arrojábamos a la corriente. Uno de nosotros hacía unos planeadores perfectos, los que, ayudados por el habitual viento de la región, se elevaban y desaparecían de nuestra vista con destino desconocido. Los mensajes iban desde proclamas fundacionales de un mundo mejor hasta el más vulgar y sencillo “Idiota el que lee”, pero en todo caso buscábamos un contacto, un receptor, un impacto. Estábamos, involuntariamente, “interviniendo” el paisaje fluvial y aéreo de Villa María y zona de influencia (nunca supimos hasta dónde llegaban los barquitos y botellas). De haber tenido algún periodista o teórico del arte amigo, puestos a intelectualizar el hecho, posiblemente nos hubiéramos convertido en un ícono, en la expresión simbólica de una juventud contestataria que buscaba librarse de los cánones expresivos y represivos impuestos por la dictadura (gobernaba el general Onganía), ansiosos del feed-back, militantes de una comunicación que rompiera la censura, vinculando el tiempo y el espacio individual y terrenal con el contexto nacional y por qué no internacional, ya que en países limítrofes también imperaban gobiernos dictatoriales, y el Río Tercero desemboca en el Carcarañá y éste en el Paraná. Un interesante escalón superador en la metodología comunicacional estuvo dado por un barrilete “cajón” donde voló una declaración de principios a favor de no recuerdo qué, perdiéndose en lontananza. Pero como no nos animaba el ánimo de figuración, sino simplemente pasar el calor de la siesta en el fresco del río, aquel grupo de jovencitos chacoteros fue ignorado -¿injustamente?- por la historia del arte cordobés.

Subversión aeronáutica. El recuerdo me volvió días atrás cuando leí que en el Museo Caraffa el artista cordobés Gerardo Repetto instaló 2.580 avioncitos de papel, firmados por el autor, numerados y separados los pares de los impares. Según dieron cuenta los partes de prensa, el autor instó al público a llevarse un avioncito en comodato, por un año y medio, plazo luego del cual el tenedor puede considerarse poseedor definitivo, aunque con algunas condiciones: el retiro debía hacerse sólo en el sector de los 1.290 avioncitos pares, y únicamente los días miércoles. Repetto, al parecer, incursiona en estas originalidades con gran dedicación: entre otras creaciones, ha diseñado una alfombra, del tamaño de un departamento monoambiente, con fideos largos. (No sabemos si del tipo tallarines comunes o esos agujereados al medio, dato importante porque al tener los últimos más volumen, relativizarían el esfuerzo del artista). En otra oportunidad fotografió el encendido y apagado de 222 fósforos, y expuso el resultado. No sin cierta honestidad intelectual, confiesa que "un amigo me dice que soy experto en cosas increíbles e inútiles”.
Pero no fue la muestra aeroartesanal de Repetto el disparador de estas líneas, sino lo que vino después. Según consigna la sección Artes Visuales de la página Cultura –repárese en las categorías- de La Voz del Interior del 14 de junio pasado, bajo el título “Operativo comando en el museo”, ocurrió más o menos lo siguiente. (Digo así porque trataré de ser sintético; la nota ocupó toda la página). Dos jovencitos (artistas, se los denomina reiteradamente, desde el copete) estudiantes de cuarto año de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba, tomaron dos avioncitos de la muestra del Caraffa (de la sala impar, donde estaban los que no se entregaban en comodato) y los reemplazaron por dos avioncitos hechos por ellos mismos. Acto seguido agregaron sus nombres al cartel de la entrada del museo donde se anuncian las exposiciones. Después, le avisaron a Repetto, el autor de los avioncitos originales. Alguno de ellos le avisó al cronista y el diario nos avisó a los lectores que si no una estrella, por lo menos habían nacido dos artistas. Todo ello no sólo motivó la aludida página entera, sino que obligó al director del Museo Caraffa, Alejandro Dávila, a responder a la requisitoria del diario, junto a entrevistas a Repetto y a uno de los estudiantes vivarachos, a partir de aquí (y con foto) artista y autor de la intervención a la instalación, lo cual bien podría dar lugar al surgimiento de una nueva disciplina: la del intervento-instalador. El cronista, como para encontrarle alguna entidad al tema y justificar la nota, citó algunos antecedentes referenciales: Marcel Duchamp con La Gioconda y el grafitero inglés Banksy en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, con lo cual, convengamos, se le va un poco la mano.

Imprevisibles consecuencias. No hubiéramos querido estar en el lugar del director del museo, forzado a comentar el episodio con algún concepto merecedor de integrar una nota sobre arte y cultura, lamentando quizá que el hecho no haya sido advertido a tiempo por algún ordenanza y los traviesos corridos con intimidante escoba. Deseo hipotético y en todo caso íntimo, jamás público, ya que un desenlace de esta naturaleza, aunque hubiera correspondido a la importancia del episodio, no sólo les hubiera otorgado carnets de artistas a los instala-interventores, sino de perseguidos. ¿Y si estos picarones, en lugar de los avioncitos, hubieran reemplazado algunas plantas de la soja sembrada en el jardín, por maíz o sorgo, que también son objeto de las polémicas retenciones? Ese sí hubiera sido un brete conceptual delicado, ya que la intervención habría excedido ampliamente al arte y tendido insospechadas derivaciones de política agroexportadora, obligando a todos –periodismo, artistas, público, por qué no también las universidades forjadoras de nuestros referentes culturales y clase dirigente- a tomar una postura clara y definida sobre el modelo kirchnerista de apropiación de la renta y distribución de la riqueza, posiblemente en un suplemento especial. Hubiera faltado sólo que algún otro artista original hiciera una intervención de desmalezamiento, regara las plantas con el controvertido glifosato, y ahí sí que, paradojalmente, se pudría todo.

Fuera de ironía. Fuera de broma, el Museo Caraffa, de sostenida actividad en estos meses recientes, cumple adecuadamente su función: muestra todo un abanico de expresiones, de diversos géneros, procedencia y nivel. Repetto, el de los miles de avioncitos y fideos, seguirá buscando su expresión creativa y está bien, si la energía está puesta en esa búsqueda y no en la del amigo periodista, lo cual sería poner los caballos detrás del carro (es una metáfora, no una sugerencia; encima que el tránsito por la Plaza España es caótico, no sea cosa que un día aparezcan por allí, en el estacionamiento del Museo Caraffa, miles de caballos).
Los reemplazadores de avioncitos, estudiantes de cuarto año, quizá concluyan su formación y empiecen a desarrollar una carrera artística genuina y exitosa. Es deseable que sea así. Después de todo, sobre lo sucedido puede decirse -en una valoración semántica perteneciente a la axiología popular- que la culpa no es del chancho. Ya tienen la gacetilla para la próxima muestra o intervención: “Se trata de los artistas que irrumpieron en la plástica cordobesa con audacia formal, generando una encendida polémica que …”. Los medios, que periódicamente denuncian que en municipios del Gran Córdoba se otorgan carnets de conducir sin exigir ningún requisito, suelen otorgar carnets de artistas –que, es cierto, son más inofensivos- con similar ligereza.

Ramplonería, fraude, pitonisas y bufones. Concluyo citando, textual, fragmentos de las aludidas notas de Vargas Llosa: “Bajo la coartada de la modernidad, el experimento, la búsqueda de ‘nuevos medios de expresión’, en verdad se documentaba la terrible orfandad de ideas, de cultura artística, de destreza artesanal, de autenticidad e integridad que caracteriza a buena parte del quehacer plástico en nuestros días. ( … ) Se han desmoronado del todo los códigos estéticos que permiten identificar la originalidad, la novedad, el talento, la desenvoltura formal o la ramplonería y el fraude. ( … ) El arte no puede quedar secuestrado por unas minorías insignificantes de pitonisas, bufones y negociantes ( … ) Todos los patrones tradicionales, los cánones o tablas de valores que existían a partir de ciertos consensos estéticos, han ido siendo derribados por una beligerante vanguardia que, a la postre, ha sustituido aquello que consideraba añoso, académico, conformista, retrógrado y burgués por una amalgama confusa donde los extremos se equivalen: todo vale y nada vale”.
Aunque, debo reconocer, las reflexiones de Vargas Llosa sean excesivas y holgadas para caracterizar las anécdotas menores que suceden por aquí, elevadas a la categoría de arte.
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Bienvenido al blog, Jorge Piva

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Hace ya varios meses que invité a compartir este blog a mi querido y admirado Jorge Piva, excelente periodista y escritor pero, por sobre todas las cosas, un magnífico ser humano. De los de antes ¿vió? Bueno, finalmente, el susodicho se ha “atrevido” a incursionar en esta modernidad y venciendo resistencias varias, se largó el hombre.

A partir de esta semana, y apoyándome un tanto en esta a veces ingrata y, la mayoría de las veces, gratificante tarea de mantener actualizado el blog, Jorge me ha dado el SI – para mi contento -y de tanto en tanto se lo podrá leer en esta página como columnista invitado.

Desde ya lo dejo a su consideración. Y espero que disfruten de su suave ironía tanto como yo. Ah, y al que tenga algo que señalar, ya sabe que hay dos e-mail (el de Jorge y el mío) que pueden ser usados como vehículo de opinión. Gracias a todos.

Bienvenido, Jorge.
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viernes, 29 de mayo de 2009

Muñeca rusa

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No sé bien en qué año aterrizaron en Córdoba, pero debe haber sido aproximadamente en la década de los 80. Llegaron junto a alguno de los tantos ballets rusos que por esa época ya habían comenzado a saltar de uno a otro continente, antes de la caída del Muro, cuando ya se advertía una cierta relajación en las condiciones de la otrora URSS.

Para mí, que he tenido la dicha de conocer sobre el escenario a los más grandes bailarines del mundo, desde los 70 a esta parte (léase Nureyev, Jorge Donn, -sí, cómo no- Plisetskaia, Julio Bocca, Paloma Herrera, Marcia Haydée, etc), fue un deslumbramiento y un regocijo: había llegado la pareja conformada por Vladimir Vasiliev y Ekaterina Maximova. Creo que solamente los balletómanos llegaron a darse cuenta de quiénes eran esas dos maravillas que flotaban sobre el escenario del teatro Rivera Indarte.

Los que allí estuvimos supimos que éramos privilegiados: pocas veces se han visto tanto vigor y tanto encanto unidos. Entre otros personajes interpretados, aquella Paquita fue única; aquel Don Lucien fue excepcional.
Ella (ahora me doy cuenta), ya era una veterana, pero en el escenario no pasaba de los veinte. Era bellísima, era La Gracia. Era perfecta. Menuda y jovial, se devoró al público. El también: alto, rubio, un verdadero efebo. Los dos se transformaron en inolvidables en el Parnaso de los Dioses.

Cuando dejaron Córdoba, se iban a seguir la gira por el Extremo Oriente. Poco tiempo después nos enteramos del intento de suicidio de la bella Katia, en el hotel en el que estaban alojados. Enloquecida por los celos, había descubierto el affaire de su marido con una bailarina.
Parece que la vida de esa pareja se mantuvo en un tembladeral permanente. A veces las grandes uniones distan mucho de la perfección.

Para saber de quiénes estoy hablando – o escribiendo – hay una opción: vea el filme La Traviata (1983) de Franco Zeffirelli. En la escena del baile español, los dos dan una clase magistral de lo que debe ser la danza: entrega, pasión, disciplina, alegría.

Han pasado casi treinta años. Ella acaba de morir recién cumplidos los 70.

Adiós, muñeca rusa.
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domingo, 24 de mayo de 2009

Aquellos dorados 70...

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En aquella década fue un ícono y casi, casi, se diría un ejemplo para las chicas y muchachos que andaban buscando soluciones a la ingravidez de la tierra bajo sus pies en la época de la guerra de Vietnam y del naciente movimiento hippie. La muchacha se las traía y desde aquel grupete vanguardista del Di Tella, despertaba la admiración de unos cuantos. Por ejemplo, de quien escribe ésto, pues, en el ámbito de la cultura y de las ideologías era todo un camino a tener en cuenta.

Las mil y una Nachas me deslumbró en el setenta y pico, puesta en escena en el Margarita Xirgu. Ella si sabía qué hacer sobre un escenario, mientras se reía de sí misma cantando, con su particular voz de falsete (muy educada, por otra parte), aquel Fumando espero antológico mientras con su larga boquilla lanzaba bocanadas de humo desde el escenario. (Claro, Greenpeace aun no había hecho su aparición por estos lares).

Después llegó el exilio –tras un brutal atentado en el teatro donde se disponía a estrenar un nuevo trabajo de impronta progre– y supimos de sus éxitos en el off Broadway (ojo, no es fácil hacerlo en el Broadway propiamente dicho) y de sus desplazamientos hacia uno y otro lugar del planeta. Pero la tierra tira. Y en cuanto pudo, con maridos varios e hijos a cuestas, emprendió el camino del regreso.

Se la recibió con los brazos abiertos. La naciente democracia valoró su talento y su audacia. Y siguió deslumbrando desde los escenarios – y fuera de ellos, cuando se apropió de la receta de la Fuente de Juvencia, que por cierto es casi propiedad exclusiva de ella. Le cantó a Mario Benedetti. Tuvo un fallido programa de TV; cuando se la interroga sobre el mismo, repite que era demasiado adelantado para sus tiempos. Y quizá razón no le falte. Porque mas allá de los delirios místicos de rebautizarse Guevara, la mujer es una verdadera vanguardista.

Y también personificó a Eva Perón. Lo hizo a su estilo, exaltado y refinado al mismo tiempo. Pero siempre impecable. El problema es cuando un intérprete cree ser la reencarnación del personaje. Allí la cosa empieza a hacer aguas. Y a Nacha le ha pasado eso, evidentemente. Pues con su aparente inteligencia de otra manera no se explica como ha podido dar este paso que acaba de dar.

Siempre la admiré. Por su capacidad de trabajo indomeñable; por su indudable talento y por una postura política definida -cuestionable, si se quiere- pero a todas luces, sincera.

Pero a la mujer que hace unos años se vanaglorió de que “60 años no es nada” –título de su autobiografía– se le han mezclado los tantos. Daba pena y vergüenza ajena verla vestida con un impecable tailleur oscuro, delgadísima, (hermosa), con el cabello blondo y la réplica de la bandera-broche que usaba Evita (subastada a un millonario yanqui hace unos años), el día en que el ¿ex? presidente Kirchner lanzó su candidatura. Me dí cuenta –y a esta altura “huelo” las cosas– que se la creía… Casi, casi, como si fuera una Evita rediviva… En fin, como bien dijo Abel Posse, el poder embriaga y anestesia.
Sobre todo, confunde las mentes. Una lástima.
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martes, 31 de marzo de 2009

Carta a un amigo que se fue

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Dos años atrás, cuando el ex presidente cumplía 80 años, tuve el gusto de dirigirle una carta a Raúl Alfonsín.
Quiero compartir algunos tramos, ahora, como mi mejor homenaje.


“Mucho hace que quería comunicarme para comentarle todo lo que usted ha representado para mí. Empecé a saber de su quehacer a comienzo de los años 80 cuando fue abogado de muchas de las víctimas de la dictadura. Con el paso de los meses su figura se fue agrandando y perfilando tras la hermosa campaña y el 10 de diciembre de 1983 todo me supo a gloria. Fue un hecho cívico de maravillosa alegría. Y confieso que cada vez que las imágenes documentales (recogidas en La República Perdida) me devuelven su mensaje-saludo al pueblo desde los balcones del Cabildo, mi corazón explota de regocijo y de nostalgia”.


“Creo, Dr. Alfonsín, que usted fue un político adelantado a su tiempo; un visionario incomprendido no valorado en su justa medida. Pero ese es el glorioso destino de los Redentores, a quienes a menudo se reconoce un poco tarde…
Cuando Ud. dijo que con la democracia “se come, se educa, etcétera”, no hizo más que descubrir al pueblo lo que con los años se convertiría en certeza aquí y en el mundo entero, al menos para los que nos consideramos pensantes. Pero en ese momento, en nuestra Argentina en pañales, no se entendió. O no se quiso entender. Y así estamos, más allá de los populistas del momento, que fingen vivir en un estado de derecho…”


“Cuando aseguró de que había que trasladar la Capital al frío, al mar, me sentí absolutamente identificada con la propuesta. Y si en realidad había otros intereses mezquinos de gente allegada a usted, no importa. ¡La idea era fantástica! ¡Yo, cómo lo comprendí! ¡Cuánta sabiduría hubo en su visión! Eso me olía a progreso, a futuro. Pero, qué difícil es luchar contra la incomprensión y la indiferencia. Y los intereses. Usted lo sabe mejor que yo.( Yo solamente tengo el olfato entrenado por mi oficio y por intuición). En fin…
La frutilla de aquel postre, lo que la posteridad tendrá que reconocer y valorar por siempre, fueron la creación de la CONADEP y los juicios a las Juntas. Vaya tamaña valentía! Sólo un “gallego” tozudo como usted podria haberlo encarado y enfrentado. ¡Fue grandioso! Y pensar que algunos ahora quieren borrarlo (o ignorarlo), para ponerse otros moños…
Fue un ejemplo para el mundo. Y allí usted se ganó un lugar entre los más grandes.”


“Sé que no todo fue un lecho de rosas en su gestión, pero lo comprendo. A usted le tocó bailar con la más fea .Y lidiar con los más brutos: los militares; los sindicalistas; la oposición. Los que por una u otra razón se sintieron excluídos.
No vale la pena enumerar las penas. Usted las conoce mejor que yo. Pero los logros las superan ampliamente.”
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jueves, 26 de marzo de 2009

El coloso despierta

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Hace muchos años tuve la fortuna de viajar a la India y estuve allá varias semanas.
Por supuesto que volví impactada. Y no fueron solamente los rastros de su fantástica cultura – traducida concretamente en miles de monumentos, templos, etc – lo que más me impactó. Lo que cambió mi vida a partir de entonces fue su gente.

¿Cómo describirlo? Un sentimiento de ternura me invade cuando los recuerdo. Hablé mucho con la gente de pueblo –la mayoría habla inglés– y algunos conceptos se me prendieron en el corazón. Cuando a un humilde mozo de un hotel lo indagué sobre la vida de pareja, me dijo rotundamente, en su inglés gutural: No divorce in India; no divorce! Cuando un dependiente de un negocio callejero admiró mi par de anteojos de sol y se los ofrecí para su esposa, se negó, azorado, a aceptarlos. Por supuesto que se los dejé, alegremente. Cuando el bonachón chofer del destartalado automóvil que la empresa de viajes había puesto a mi disposición se mostró tan dispuesto a llevarme a donde le pidiera –sin negociar pago alguno, más allá del que ya se había convenido de antemano– todo éso, repito, hizo que ese pueblo se me metiera en las entrañas.

Por supuesto que los chiquillos en las calles, advirtiendo la condición de turista, me imploraban one rupee, one rupee a cada paso. Insistentemente, casi hasta el hartazgo.
Y seguían y rogaban… y, al final, se salían con la suya. Pero nunca había tenido la oportunidad de ver tanta dignidad envuelta en el ropaje de la pobreza.

Observé las abluciones matinales en el Ganges, en Benarés, mientras los cuervos sobrevolaban persistentemente y los cadáveres pasaban flotando a nuestro lado. Por el lado de los más afortunados, sus deudos se ocupaban de ordenar las piras funerarias para la inmediata cremación. Y uno escrutaba esos rostros, hermosos, nobles y ¿qué era lo que más llamaba la atención? La mirada sonriente. La mirada de ternura hacia el ser humano, más allá de las carencias y la miseria y los dolores. Esa mirada infinita poseedora de toda la sabiduría del mundo y de toda la bondad, en esos ojos oscuros llenos de chispitas de alegría de vivir y de comprensión…

Pero… siempre hay un pero.

Han transcurrido casi veinte años y parece que para una gran parte de la población las cosas han cambiado. Dice Susana Reinoso en La Nación del 26 de marzo en un artículo titulado La India, cultura que deslumbra que, en pleno siglo 21, India es un coloso que está despertando y que de los 1.050 millones de almas que lo habitan, 500 ya están viviendo con una calidad de vida desconocida hasta ahora. Por supuesto que esas noticias nos confortan. Todo ser humano se merece lo mejor. Pero mi temor es otro…

Después de ver los desfiles de moda de diseñadores indios – a nivel de los mayores couturiers del mundo; después de observar las reacciones que muestra el filme Slumdog Millonaire (donde la codicia no sólo impera en las clases dominantes) y de leer en el suplemento adnCultura del mismo diario del sábado 21 de marzo las declaraciones del autor Aravind Adiga, me pregunto, no sin consternación: ¿Aquella bondad intrínseca de ese pueblo maravilloso, está en peligro? ¿Se contaminará con el recelo, la codicia, la envidia?

A todo esto, ¿qué declaraciones hace Adiga que suenan tan inquietantes? Simplemente, lea, por favor:

“Aunque gran parte de la India siempre ha sido pobre, antes había muy poca delincuencia. Pero hoy la tentación de una persona pobre es mayor: ves los centros comerciales, la publicidad por todas partes; ves que tus vecinos la pasan mejor que tú. Eso te conduce a la frustración y la frustración a la ira”

Usted ¿qué opina?
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sábado, 21 de marzo de 2009

Entrevista

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Como me resultó muy simpática, les transcribo a continuación la entrevista que me hizo pocas semanas atrás la periodista Mariana de los Santos para la revista IMPRONTA:


Mujeres de ojos grandes


Jorgelina Lagos ya tiene 30 años de carrera en los medios de comunicación de Córdoba, pero es una mujer joven y muy activa. Empezó en Radio Nacional, allá por el año 79, haciendo una columna de cine. Claro que no demasiados podrán asociar a Elda Seifer (el seudónimo que usaba para sus incursiones en las artes plásticas) con quien sería años más tarde uno de los referentes en la crítica cinematográfica local. Cuando dejó Radio Nacional pasó a LV2, donde se afianzó en su rol de crítica. Un tiempo después empezó a presentar películas en Canal 8 y no dejó de hacerlo por casi 20 años. Trabajó de manera intermitente en LV3 (ahora Cadena 3). Escribió en el diario Córdoba y en Los Principios.
En el 2007 fue distinguida con el segundo premio en un certamen de teatro radial en San Sebastián, España, por la adaptación de un fragmento del guión de “Variaciones sobre la venganza de Don Mendo”.
Este año hará radio, seguirá “Con Jorgelina”, su programa en Canal 6 Satelital, editará su primera novela y continuará escribiendo en su blog.
Es profesora de inglés. Estudió Psicología, Letras y Cine. Es periodista, actriz, cantante, dramaturga, poeta. Es artista plástica. Es madre y es mujer. Y es una persona muy divertida para sentarse a tomar un café. Tiene una risa recurrente, contagiosa, generosa. Como fue generosa la manera en que se sentó con nosotros y nos permitió que la acosáramos a preguntas en esta entrevista.

¿En qué estadio está tu proyecto literario sobre el fenómeno nazi?
Es una novela ya escrita - una nouvelle - que pienso editar este año. Es ficción, pero ficción histórica. Ya está terminado el primer borrador. No es fácil escribir una novela y sobre todo sobre este tema.
La novela tiene una extensión de 70 años, comienza en el año 38 en Berlín y termina en la actualidad. Son tres generaciones que ya al final tienen que ver con la Argentina. Yo no viví ese fenómeno, fui a escarbar allá como para darle una plataforma a lo que después se iba a desarrollar acá.

¿Qué conceptos anteriores se modificaron después de tu visita a Berlín el año pasado?
Ya había estado en Berlín hace 25 años cuando todavía el Muro no había caído y la situación era muy diferente. Se hablaba muy poco del fenómeno nazi, prácticamente estaba un poco prohibido, sobretodo en los mayores. Los jóvenes recién empezaban a darse cuenta de lo que había pasado en su país. Ahora advertí de que en la población hay una gran conciencia de lo que pasó, quieren hacer un mea culpa, una expiación a toda costa. Esta vez fui directamente a lugares académicos y ahí me indicaron a dónde tenía que buscar. No es lo mismo leer sobre un campo de concentración que visitar campos de concentración. Me empapé de toda esa atmósfera, traje un clima. Además tiene tanta relación con lo nuestro… tuvo tanta relación con la Argentina el fenómeno nazi. Se permitió que emigraran los nazis a la Argentina, y al mismo tiempo se permitió y no se permitió que entraran los judíos; fue todo muy incoherente, muy contradictorio, muy argentino. A mí me fascinó este fenómeno que tiene tanto que ver con lo nuestro.

¿Cómo fue que decidiste dejar de ser espectadora y crítica, para pasar al otro lado y desembarcar en los escenarios?
Cuando uno tiene tantas inquietudes es muy difícil poder hacer todo. A mí siempre me ha interesado todo lo que sea expresión en el mundo del arte. Entonces en un momento me dí cuenta de que yo me estaba relegando siendo una simple espectadora cuando tenía tantas cosas que quería decir. Bueno, me animé y lo empecé a decir.

¿Cómo te llevás con las críticas que hacen de tus espectáculos, conociendo el oficio de crítico como lo conocés?
Ya estoy más allá del bien y del mal. Siempre fueron muy bondadosos conmigo los críticos. Incluso cuando presenté la primera obra de Bernard Shaw, un crítico escribió, un poco entre líneas, que yo tendría que haber empezado con un rol menos ambicioso. Y lo dejé pasar y hasta pensé que quizá tenía razón. Nunca me sentí mal porque me criticaran; sé lo que es criticar, sé lo que se siente. Durante años he percibido todo el sufrimiento que los actores y directores de teatro en Córdoba tenían ante una mala crítica. Porque a la gente de teatro -a diferencia de la del cine- la ves al día siguiente… Así fue desarrollándose en mí una cierta consideración, más allá de que sigo siendo rigurosa. Quiero serlo, porque creo que el arte no puede hacerse de otra manera. Pero sé que esa gente es muy vulnerable. Si a mí en este momento me hacen una mala crítica lo tomo como algo muy natural, no me mortifica. Pero ya mis años hacen que no lo sienta como una mortificación; lo vivo como un aprendizaje, como una oportunidad de mejorar algo.

Desde 2007 publicás un blog. Es un espacio en el que tenés libertad absoluta para decidir temas y enfoques. En contraste con eso ¿Cómo has vivido el corsé que pueden significar los medios masivos?
Es así. La situación a veces te obliga a tener que vender algo y vos sabés que estás dando una imagen falsa al público porque el medio te presiona, no te lo dice pero vos ya lo sabés.
El gran problema de los periodistas es no tener espacio. Entonces tener un blog es lo más maravilloso que le puede pasar a un periodista en este momento. Con que te lea una sola persona, con que una sola persona sepa tu sentir, tu pensamiento, es suficiente. Realmente estoy muy contenta. Internet ha sido para mí (como para mucha gente) descubrir un mundo maravilloso. Te da una posibilidad de expansión mental infinita, no tenemos la vida para cubrir las expectativas que provoca.

¿Cuáles son tus proyectos para el 2009?
Editar el libro, hacer radio en FM Cielo, continuar con el blog, seguir con el programa de televisión…

Hablemos un poco de cine, desde la butaca de espectadora:¿Preferís las grandes producciones de los mega estudios, o disfrutás más con una historia pequeña de algún director independiente?
¡De eso quiero hablarte! Es algo que quiero decir, difundir. Yo prefiero el buen cine, no es una cuestión de géneros, si está bien hecho todo puede ser. Pero esta tarde he visto 2 o 3 películas, por ejemplo y no sé lo que ví. Son todas iguales, están todas llenas de efectos especiales, los temas son tratados con una liviandad espantosa. Excepto el cine independiente que es otra cosa, las producciones que vienen de Hollywood, las mega-producciones, parece que lo que buscan es estupidizar a la gente. En lugar de estar leyendo un buen libro la gente se abarrota. Habría que nivelar un poco para arriba.
El cine argentino no existe para el gran público, no le han encontrado la vuelta. O se hacen cosas demasiado populares o se hacen producciones para una élite intelectual, porque saben que van a participar en todos los festivales del mundo.

¿Cuán ansiosa te pone la espera de un estreno? ¿Al punto de ver una copia filmada en una sala, en la que de vez en cuando se escucha un comentario o se levanta alguien del público?
Mi hijo se encarga de bajar todas las películas de Internet. Se ven preciosas, con subtítulos, pero yo me resisto a verlas así. Ël no entiende por qué soy tan negada. Es que yo quiero el rito del cine. Quiero ir al cine, quiero la sala grande, quiero estar en ese ambiente de misa, que es lo que a mí me inculcaron. Las nuevas generaciones harán otra cosa. Pero yo me resisto a abandonar la sala.


¿Sos de los que se llevan una bandeja de nachos con queso y mastican durante toda la proyección?
Puede ser un maní con chocolate, nada más.

¿Estás pensando en lo que vas a decir de una película mientras la estás viendo, aun cuando sepas que no tenés que hacer una crítica de ella?
Es inevitable. Segundo por segundo vas tratando de hacer un análisis. Si está bien, o no. No como directora; ser director de cine es ir directo al infarto. Pero el vicio, la profesión, te sale por los poros.
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