viernes, 29 de mayo de 2009

Muñeca rusa

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No sé bien en qué año aterrizaron en Córdoba, pero debe haber sido aproximadamente en la década de los 80. Llegaron junto a alguno de los tantos ballets rusos que por esa época ya habían comenzado a saltar de uno a otro continente, antes de la caída del Muro, cuando ya se advertía una cierta relajación en las condiciones de la otrora URSS.

Para mí, que he tenido la dicha de conocer sobre el escenario a los más grandes bailarines del mundo, desde los 70 a esta parte (léase Nureyev, Jorge Donn, -sí, cómo no- Plisetskaia, Julio Bocca, Paloma Herrera, Marcia Haydée, etc), fue un deslumbramiento y un regocijo: había llegado la pareja conformada por Vladimir Vasiliev y Ekaterina Maximova. Creo que solamente los balletómanos llegaron a darse cuenta de quiénes eran esas dos maravillas que flotaban sobre el escenario del teatro Rivera Indarte.

Los que allí estuvimos supimos que éramos privilegiados: pocas veces se han visto tanto vigor y tanto encanto unidos. Entre otros personajes interpretados, aquella Paquita fue única; aquel Don Lucien fue excepcional.
Ella (ahora me doy cuenta), ya era una veterana, pero en el escenario no pasaba de los veinte. Era bellísima, era La Gracia. Era perfecta. Menuda y jovial, se devoró al público. El también: alto, rubio, un verdadero efebo. Los dos se transformaron en inolvidables en el Parnaso de los Dioses.

Cuando dejaron Córdoba, se iban a seguir la gira por el Extremo Oriente. Poco tiempo después nos enteramos del intento de suicidio de la bella Katia, en el hotel en el que estaban alojados. Enloquecida por los celos, había descubierto el affaire de su marido con una bailarina.
Parece que la vida de esa pareja se mantuvo en un tembladeral permanente. A veces las grandes uniones distan mucho de la perfección.

Para saber de quiénes estoy hablando – o escribiendo – hay una opción: vea el filme La Traviata (1983) de Franco Zeffirelli. En la escena del baile español, los dos dan una clase magistral de lo que debe ser la danza: entrega, pasión, disciplina, alegría.

Han pasado casi treinta años. Ella acaba de morir recién cumplidos los 70.

Adiós, muñeca rusa.
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domingo, 24 de mayo de 2009

Aquellos dorados 70...

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En aquella década fue un ícono y casi, casi, se diría un ejemplo para las chicas y muchachos que andaban buscando soluciones a la ingravidez de la tierra bajo sus pies en la época de la guerra de Vietnam y del naciente movimiento hippie. La muchacha se las traía y desde aquel grupete vanguardista del Di Tella, despertaba la admiración de unos cuantos. Por ejemplo, de quien escribe ésto, pues, en el ámbito de la cultura y de las ideologías era todo un camino a tener en cuenta.

Las mil y una Nachas me deslumbró en el setenta y pico, puesta en escena en el Margarita Xirgu. Ella si sabía qué hacer sobre un escenario, mientras se reía de sí misma cantando, con su particular voz de falsete (muy educada, por otra parte), aquel Fumando espero antológico mientras con su larga boquilla lanzaba bocanadas de humo desde el escenario. (Claro, Greenpeace aun no había hecho su aparición por estos lares).

Después llegó el exilio –tras un brutal atentado en el teatro donde se disponía a estrenar un nuevo trabajo de impronta progre– y supimos de sus éxitos en el off Broadway (ojo, no es fácil hacerlo en el Broadway propiamente dicho) y de sus desplazamientos hacia uno y otro lugar del planeta. Pero la tierra tira. Y en cuanto pudo, con maridos varios e hijos a cuestas, emprendió el camino del regreso.

Se la recibió con los brazos abiertos. La naciente democracia valoró su talento y su audacia. Y siguió deslumbrando desde los escenarios – y fuera de ellos, cuando se apropió de la receta de la Fuente de Juvencia, que por cierto es casi propiedad exclusiva de ella. Le cantó a Mario Benedetti. Tuvo un fallido programa de TV; cuando se la interroga sobre el mismo, repite que era demasiado adelantado para sus tiempos. Y quizá razón no le falte. Porque mas allá de los delirios místicos de rebautizarse Guevara, la mujer es una verdadera vanguardista.

Y también personificó a Eva Perón. Lo hizo a su estilo, exaltado y refinado al mismo tiempo. Pero siempre impecable. El problema es cuando un intérprete cree ser la reencarnación del personaje. Allí la cosa empieza a hacer aguas. Y a Nacha le ha pasado eso, evidentemente. Pues con su aparente inteligencia de otra manera no se explica como ha podido dar este paso que acaba de dar.

Siempre la admiré. Por su capacidad de trabajo indomeñable; por su indudable talento y por una postura política definida -cuestionable, si se quiere- pero a todas luces, sincera.

Pero a la mujer que hace unos años se vanaglorió de que “60 años no es nada” –título de su autobiografía– se le han mezclado los tantos. Daba pena y vergüenza ajena verla vestida con un impecable tailleur oscuro, delgadísima, (hermosa), con el cabello blondo y la réplica de la bandera-broche que usaba Evita (subastada a un millonario yanqui hace unos años), el día en que el ¿ex? presidente Kirchner lanzó su candidatura. Me dí cuenta –y a esta altura “huelo” las cosas– que se la creía… Casi, casi, como si fuera una Evita rediviva… En fin, como bien dijo Abel Posse, el poder embriaga y anestesia.
Sobre todo, confunde las mentes. Una lástima.
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martes, 31 de marzo de 2009

Carta a un amigo que se fue

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Dos años atrás, cuando el ex presidente cumplía 80 años, tuve el gusto de dirigirle una carta a Raúl Alfonsín.
Quiero compartir algunos tramos, ahora, como mi mejor homenaje.


“Mucho hace que quería comunicarme para comentarle todo lo que usted ha representado para mí. Empecé a saber de su quehacer a comienzo de los años 80 cuando fue abogado de muchas de las víctimas de la dictadura. Con el paso de los meses su figura se fue agrandando y perfilando tras la hermosa campaña y el 10 de diciembre de 1983 todo me supo a gloria. Fue un hecho cívico de maravillosa alegría. Y confieso que cada vez que las imágenes documentales (recogidas en La República Perdida) me devuelven su mensaje-saludo al pueblo desde los balcones del Cabildo, mi corazón explota de regocijo y de nostalgia”.


“Creo, Dr. Alfonsín, que usted fue un político adelantado a su tiempo; un visionario incomprendido no valorado en su justa medida. Pero ese es el glorioso destino de los Redentores, a quienes a menudo se reconoce un poco tarde…
Cuando Ud. dijo que con la democracia “se come, se educa, etcétera”, no hizo más que descubrir al pueblo lo que con los años se convertiría en certeza aquí y en el mundo entero, al menos para los que nos consideramos pensantes. Pero en ese momento, en nuestra Argentina en pañales, no se entendió. O no se quiso entender. Y así estamos, más allá de los populistas del momento, que fingen vivir en un estado de derecho…”


“Cuando aseguró de que había que trasladar la Capital al frío, al mar, me sentí absolutamente identificada con la propuesta. Y si en realidad había otros intereses mezquinos de gente allegada a usted, no importa. ¡La idea era fantástica! ¡Yo, cómo lo comprendí! ¡Cuánta sabiduría hubo en su visión! Eso me olía a progreso, a futuro. Pero, qué difícil es luchar contra la incomprensión y la indiferencia. Y los intereses. Usted lo sabe mejor que yo.( Yo solamente tengo el olfato entrenado por mi oficio y por intuición). En fin…
La frutilla de aquel postre, lo que la posteridad tendrá que reconocer y valorar por siempre, fueron la creación de la CONADEP y los juicios a las Juntas. Vaya tamaña valentía! Sólo un “gallego” tozudo como usted podria haberlo encarado y enfrentado. ¡Fue grandioso! Y pensar que algunos ahora quieren borrarlo (o ignorarlo), para ponerse otros moños…
Fue un ejemplo para el mundo. Y allí usted se ganó un lugar entre los más grandes.”


“Sé que no todo fue un lecho de rosas en su gestión, pero lo comprendo. A usted le tocó bailar con la más fea .Y lidiar con los más brutos: los militares; los sindicalistas; la oposición. Los que por una u otra razón se sintieron excluídos.
No vale la pena enumerar las penas. Usted las conoce mejor que yo. Pero los logros las superan ampliamente.”
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jueves, 26 de marzo de 2009

El coloso despierta

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Hace muchos años tuve la fortuna de viajar a la India y estuve allá varias semanas.
Por supuesto que volví impactada. Y no fueron solamente los rastros de su fantástica cultura – traducida concretamente en miles de monumentos, templos, etc – lo que más me impactó. Lo que cambió mi vida a partir de entonces fue su gente.

¿Cómo describirlo? Un sentimiento de ternura me invade cuando los recuerdo. Hablé mucho con la gente de pueblo –la mayoría habla inglés– y algunos conceptos se me prendieron en el corazón. Cuando a un humilde mozo de un hotel lo indagué sobre la vida de pareja, me dijo rotundamente, en su inglés gutural: No divorce in India; no divorce! Cuando un dependiente de un negocio callejero admiró mi par de anteojos de sol y se los ofrecí para su esposa, se negó, azorado, a aceptarlos. Por supuesto que se los dejé, alegremente. Cuando el bonachón chofer del destartalado automóvil que la empresa de viajes había puesto a mi disposición se mostró tan dispuesto a llevarme a donde le pidiera –sin negociar pago alguno, más allá del que ya se había convenido de antemano– todo éso, repito, hizo que ese pueblo se me metiera en las entrañas.

Por supuesto que los chiquillos en las calles, advirtiendo la condición de turista, me imploraban one rupee, one rupee a cada paso. Insistentemente, casi hasta el hartazgo.
Y seguían y rogaban… y, al final, se salían con la suya. Pero nunca había tenido la oportunidad de ver tanta dignidad envuelta en el ropaje de la pobreza.

Observé las abluciones matinales en el Ganges, en Benarés, mientras los cuervos sobrevolaban persistentemente y los cadáveres pasaban flotando a nuestro lado. Por el lado de los más afortunados, sus deudos se ocupaban de ordenar las piras funerarias para la inmediata cremación. Y uno escrutaba esos rostros, hermosos, nobles y ¿qué era lo que más llamaba la atención? La mirada sonriente. La mirada de ternura hacia el ser humano, más allá de las carencias y la miseria y los dolores. Esa mirada infinita poseedora de toda la sabiduría del mundo y de toda la bondad, en esos ojos oscuros llenos de chispitas de alegría de vivir y de comprensión…

Pero… siempre hay un pero.

Han transcurrido casi veinte años y parece que para una gran parte de la población las cosas han cambiado. Dice Susana Reinoso en La Nación del 26 de marzo en un artículo titulado La India, cultura que deslumbra que, en pleno siglo 21, India es un coloso que está despertando y que de los 1.050 millones de almas que lo habitan, 500 ya están viviendo con una calidad de vida desconocida hasta ahora. Por supuesto que esas noticias nos confortan. Todo ser humano se merece lo mejor. Pero mi temor es otro…

Después de ver los desfiles de moda de diseñadores indios – a nivel de los mayores couturiers del mundo; después de observar las reacciones que muestra el filme Slumdog Millonaire (donde la codicia no sólo impera en las clases dominantes) y de leer en el suplemento adnCultura del mismo diario del sábado 21 de marzo las declaraciones del autor Aravind Adiga, me pregunto, no sin consternación: ¿Aquella bondad intrínseca de ese pueblo maravilloso, está en peligro? ¿Se contaminará con el recelo, la codicia, la envidia?

A todo esto, ¿qué declaraciones hace Adiga que suenan tan inquietantes? Simplemente, lea, por favor:

“Aunque gran parte de la India siempre ha sido pobre, antes había muy poca delincuencia. Pero hoy la tentación de una persona pobre es mayor: ves los centros comerciales, la publicidad por todas partes; ves que tus vecinos la pasan mejor que tú. Eso te conduce a la frustración y la frustración a la ira”

Usted ¿qué opina?
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sábado, 21 de marzo de 2009

Entrevista

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Como me resultó muy simpática, les transcribo a continuación la entrevista que me hizo pocas semanas atrás la periodista Mariana de los Santos para la revista IMPRONTA:


Mujeres de ojos grandes


Jorgelina Lagos ya tiene 30 años de carrera en los medios de comunicación de Córdoba, pero es una mujer joven y muy activa. Empezó en Radio Nacional, allá por el año 79, haciendo una columna de cine. Claro que no demasiados podrán asociar a Elda Seifer (el seudónimo que usaba para sus incursiones en las artes plásticas) con quien sería años más tarde uno de los referentes en la crítica cinematográfica local. Cuando dejó Radio Nacional pasó a LV2, donde se afianzó en su rol de crítica. Un tiempo después empezó a presentar películas en Canal 8 y no dejó de hacerlo por casi 20 años. Trabajó de manera intermitente en LV3 (ahora Cadena 3). Escribió en el diario Córdoba y en Los Principios.
En el 2007 fue distinguida con el segundo premio en un certamen de teatro radial en San Sebastián, España, por la adaptación de un fragmento del guión de “Variaciones sobre la venganza de Don Mendo”.
Este año hará radio, seguirá “Con Jorgelina”, su programa en Canal 6 Satelital, editará su primera novela y continuará escribiendo en su blog.
Es profesora de inglés. Estudió Psicología, Letras y Cine. Es periodista, actriz, cantante, dramaturga, poeta. Es artista plástica. Es madre y es mujer. Y es una persona muy divertida para sentarse a tomar un café. Tiene una risa recurrente, contagiosa, generosa. Como fue generosa la manera en que se sentó con nosotros y nos permitió que la acosáramos a preguntas en esta entrevista.

¿En qué estadio está tu proyecto literario sobre el fenómeno nazi?
Es una novela ya escrita - una nouvelle - que pienso editar este año. Es ficción, pero ficción histórica. Ya está terminado el primer borrador. No es fácil escribir una novela y sobre todo sobre este tema.
La novela tiene una extensión de 70 años, comienza en el año 38 en Berlín y termina en la actualidad. Son tres generaciones que ya al final tienen que ver con la Argentina. Yo no viví ese fenómeno, fui a escarbar allá como para darle una plataforma a lo que después se iba a desarrollar acá.

¿Qué conceptos anteriores se modificaron después de tu visita a Berlín el año pasado?
Ya había estado en Berlín hace 25 años cuando todavía el Muro no había caído y la situación era muy diferente. Se hablaba muy poco del fenómeno nazi, prácticamente estaba un poco prohibido, sobretodo en los mayores. Los jóvenes recién empezaban a darse cuenta de lo que había pasado en su país. Ahora advertí de que en la población hay una gran conciencia de lo que pasó, quieren hacer un mea culpa, una expiación a toda costa. Esta vez fui directamente a lugares académicos y ahí me indicaron a dónde tenía que buscar. No es lo mismo leer sobre un campo de concentración que visitar campos de concentración. Me empapé de toda esa atmósfera, traje un clima. Además tiene tanta relación con lo nuestro… tuvo tanta relación con la Argentina el fenómeno nazi. Se permitió que emigraran los nazis a la Argentina, y al mismo tiempo se permitió y no se permitió que entraran los judíos; fue todo muy incoherente, muy contradictorio, muy argentino. A mí me fascinó este fenómeno que tiene tanto que ver con lo nuestro.

¿Cómo fue que decidiste dejar de ser espectadora y crítica, para pasar al otro lado y desembarcar en los escenarios?
Cuando uno tiene tantas inquietudes es muy difícil poder hacer todo. A mí siempre me ha interesado todo lo que sea expresión en el mundo del arte. Entonces en un momento me dí cuenta de que yo me estaba relegando siendo una simple espectadora cuando tenía tantas cosas que quería decir. Bueno, me animé y lo empecé a decir.

¿Cómo te llevás con las críticas que hacen de tus espectáculos, conociendo el oficio de crítico como lo conocés?
Ya estoy más allá del bien y del mal. Siempre fueron muy bondadosos conmigo los críticos. Incluso cuando presenté la primera obra de Bernard Shaw, un crítico escribió, un poco entre líneas, que yo tendría que haber empezado con un rol menos ambicioso. Y lo dejé pasar y hasta pensé que quizá tenía razón. Nunca me sentí mal porque me criticaran; sé lo que es criticar, sé lo que se siente. Durante años he percibido todo el sufrimiento que los actores y directores de teatro en Córdoba tenían ante una mala crítica. Porque a la gente de teatro -a diferencia de la del cine- la ves al día siguiente… Así fue desarrollándose en mí una cierta consideración, más allá de que sigo siendo rigurosa. Quiero serlo, porque creo que el arte no puede hacerse de otra manera. Pero sé que esa gente es muy vulnerable. Si a mí en este momento me hacen una mala crítica lo tomo como algo muy natural, no me mortifica. Pero ya mis años hacen que no lo sienta como una mortificación; lo vivo como un aprendizaje, como una oportunidad de mejorar algo.

Desde 2007 publicás un blog. Es un espacio en el que tenés libertad absoluta para decidir temas y enfoques. En contraste con eso ¿Cómo has vivido el corsé que pueden significar los medios masivos?
Es así. La situación a veces te obliga a tener que vender algo y vos sabés que estás dando una imagen falsa al público porque el medio te presiona, no te lo dice pero vos ya lo sabés.
El gran problema de los periodistas es no tener espacio. Entonces tener un blog es lo más maravilloso que le puede pasar a un periodista en este momento. Con que te lea una sola persona, con que una sola persona sepa tu sentir, tu pensamiento, es suficiente. Realmente estoy muy contenta. Internet ha sido para mí (como para mucha gente) descubrir un mundo maravilloso. Te da una posibilidad de expansión mental infinita, no tenemos la vida para cubrir las expectativas que provoca.

¿Cuáles son tus proyectos para el 2009?
Editar el libro, hacer radio en FM Cielo, continuar con el blog, seguir con el programa de televisión…

Hablemos un poco de cine, desde la butaca de espectadora:¿Preferís las grandes producciones de los mega estudios, o disfrutás más con una historia pequeña de algún director independiente?
¡De eso quiero hablarte! Es algo que quiero decir, difundir. Yo prefiero el buen cine, no es una cuestión de géneros, si está bien hecho todo puede ser. Pero esta tarde he visto 2 o 3 películas, por ejemplo y no sé lo que ví. Son todas iguales, están todas llenas de efectos especiales, los temas son tratados con una liviandad espantosa. Excepto el cine independiente que es otra cosa, las producciones que vienen de Hollywood, las mega-producciones, parece que lo que buscan es estupidizar a la gente. En lugar de estar leyendo un buen libro la gente se abarrota. Habría que nivelar un poco para arriba.
El cine argentino no existe para el gran público, no le han encontrado la vuelta. O se hacen cosas demasiado populares o se hacen producciones para una élite intelectual, porque saben que van a participar en todos los festivales del mundo.

¿Cuán ansiosa te pone la espera de un estreno? ¿Al punto de ver una copia filmada en una sala, en la que de vez en cuando se escucha un comentario o se levanta alguien del público?
Mi hijo se encarga de bajar todas las películas de Internet. Se ven preciosas, con subtítulos, pero yo me resisto a verlas así. Ël no entiende por qué soy tan negada. Es que yo quiero el rito del cine. Quiero ir al cine, quiero la sala grande, quiero estar en ese ambiente de misa, que es lo que a mí me inculcaron. Las nuevas generaciones harán otra cosa. Pero yo me resisto a abandonar la sala.


¿Sos de los que se llevan una bandeja de nachos con queso y mastican durante toda la proyección?
Puede ser un maní con chocolate, nada más.

¿Estás pensando en lo que vas a decir de una película mientras la estás viendo, aun cuando sepas que no tenés que hacer una crítica de ella?
Es inevitable. Segundo por segundo vas tratando de hacer un análisis. Si está bien, o no. No como directora; ser director de cine es ir directo al infarto. Pero el vicio, la profesión, te sale por los poros.
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martes, 3 de febrero de 2009

El que las hace...

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Hace casi diez años me sentí incomprendida –y hasta molesta– cuando la “capacidad” histriónica de Roberto Benigni me dejó sin habla con su película La vida es bella. No podía creer lo que estaba viendo. La verdad es que ese señor –un inmejorable clown, sin duda– pretendió que todos aceptaran y justificaran la visión edulcorada y bien intencionada de un padre disimulando ante su pequeño hijo las atrocidades cometidas en un campo de concentración nazi adonde, se supone, han ido a parar. En verdad, me pareció una farsa grotesca y delirante, fuera de tono con la seriedad que conlleva el tema.


Pero, al mismo tiempo, noté que muchos integrantes de la comunidad judía también sentían beneplácito ante esa visión, así que tras varios encontronazos tuve que meter violín en bolsa y callarme la boca. Quién era yo para opinar en contra si hasta ellos lo aprobaban. Pero el año pasado, cuando a mi programa de televisión fue como invitado Edgard Wildfeuer (ex prisionero de Auschwitz), hablando sobre la visión que ha dado el cine sobre el Holocausto, él me manifestó que a su entender las dos mejores versiones sobre el tema se dieron en La lista de Schindler y en El Pianista. Cuando admití que muchos judíos no habían visto mal la óptica del bufo italiano, W. me dijo casi irritado: Ah, sí, porque a ellos no les tocó!


De aquel filme de Benigni mucho se habló. Ganó premios por todo el mundo; él mismo desconcertó a los asistentes con sus piruetas simiescas en la entrega de los Oscar… y después se desinfló. Sus posteriores intentos como director de cine han caído en el olvido.


Pero, ahora, y con un tema similar, creo que los espectadores que adoraron aquella película deben sentirse igualmente satisfechos tras el estreno de El niño con el piyama a rayas, filme basado en la exitosísima novela de John Boyne.


Dicen que en cine, hasta el más pintado es vencido cuando aparece en pantalla un perro o un niño. Y en este caso hay… ¡dos niños! El judío encerrado en un campo, por un lado y el hijo del comandante nazi, de ese mismo campo, por el otro. Que se encuentran día tras día para jugar, cada uno desde su lugar, pues la cerca de alambre de púas que los separa está electrificada…


Quiero aclarar que alguna situación, de todo lo que allí acontece, puede haber sido factible. Tantas cosas ocurrieron en ese incomensurable caos que fue la II Guerra Mundial que circunstancias similares tienen su asidero. Además aclaro que tanto los rubros técnicos y artísticos del filme son impecables y muy cuidados (si hasta los rudos alemanes hablan en inglés, no vaya a ser que se pierda mercado…). Pero cuando se aproximó el final y ya habían pasado dos tercios del metraje y advertí hacia dónde se precipitaba la cosa, no podía creer lo que estaba viendo. ¡Y yo que me había quejado por la mirada naive del italiano!


Por supuesto que no voy a contar el final. Pero sí le dejo el subtítulo que muy bien podría llevar El niño con…: ¡El que las hace las paga, c…!
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martes, 23 de diciembre de 2008

La última travesura de Sebreli

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Se le anima a cualquiera. Y en contra de cualquiera. Me imagino la polvareda que debe estar levantando el último trabajo publicado por y de Juan José Sebreli: Comediantes y Mártires, Ensayo contra los Mitos.


Lúcido y filoso, parece como que en estos tiempos Sebreli quiere entretenerse y hasta divertirse (si éste fuera el término apropiado) más que de costumbre. Su autobiografía
El Tiempo de una Vida así lo reveló hace tres años cuando con un gran desparapajo desnudó detalles de su vida personal e íntima que escandalizaron a muchos. Ahora toma el caso de los cuatro grandes mitos argentinos y prácticamente los destroza (para el acerbo popular, claro)

Refiriéndose a Gardel, Evita, el Che Guevara y Maradona ya de entrada nomás, dice textualmente:
Los cuatro personajes eran igualmente narcisistas ,egotistas, egocéntricos rayanos en la egomanía.
Y así, de ese mismo tenor, es el tono que impera en todo el trabajo, que una vez más, destaca a Sebreli como uno de los más claros pensadores argentinos.


Decidido a patear todos los tableros y a contramano de lo que quizá le convendría para la simpatía hacia su imagen, deschava actitudes mezquinas e interesadas, actitudes que quizá hasta nuestros días nadie se había atrevido a poner en duda. No es el caso de Evita, personaje por el cual Sebreli nunca sintió mucha simpatía
-aunque en algún momento la reivindicó- y contra quien se ha expresado en muchas oportunidades. O Maradona, más cercano en el tiempo, a quien ya se le pasó el cuarto de hora para morirse con gloria (léase joven) y de quien supone la gente está bastante escarmentada.


Pero sí se arriesga a dudar de la virilidad y actitud abierta a todos plena de simpatía que han sido una marca de fábrica del Morocho del Abasto, por ejemplo, o del criterio del Che para emprender su lucha armada libertaria y expurgada de todo interés personal.


Del primero dice:
“ El silencio con el que Gardel manejó su vida íntima dio pie a todas las interpretaciones. Don Juan, Casanova, gigoló, proxeneta, latin lover, misógino, indiferente, frígido, homosexual reprimido, bisexual, narcisista, edípico incurable, o todo a la vez; nunca se sabrá”


De Guevara:
“Le repugnaba corromperse en impuras transacciones políticas, aunque no le temblaba la mano con el fusil. No quería ensuciarse las manos, pero no le importaba mancharse de sangre”

Sebreli siempre ha querido ser desencasillado y le pese o no, lo consigue.
En fin, una auténtica cachetada - para aquellos incautos que todo se lo tragan - este libro bien vale la pena que se lo tenga en cuenta. Aunque usted no esté de acuerdo con los conceptos que allí se vierten. Pruebe.
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