domingo, 24 de enero de 2010

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"El Museo de la Inocencia"
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por J. L.
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Acabo de terminar – al cabo de unos diez días de lectura salteada - uno de los libros más deliciosos que haya llegado a mis manos en los últimos tiempos. Tal como usted puede apreciar en el título de esta nota, me refiero a El museo de la Inocencia (Mondadori),el último trabajo aparecido en español del autor turco ( premio Nobel 2006) Orhan Pamuk.


Esta es una pura y convencional – o no, según cómo se mire – historia de amor. De un amor contrariado desde el principio y que le duró a Kemal Bey, protagonista de la novela (escrita en primera persona) alrededor de treinta años; es decir, su vida entera.
No busque aquí alguna postura política específica del autor (algo contra lo cual ha tenido que batallar hasta llegar al autoexilio hace algunos años). No; ésta es solamente una historia estupendamente narrada, con toda la minuciosidad de un espíritu riquísimo, para el cual nada es accesorio y todo es esencial.


En este largo relato, que consta de 640 páginas, Kemal nos cuenta la circunstancia que lo llevó a conocer a la joven Füsum y enamorarse perdidamente de ella, estando ya comprometido para casarse a través de un matrimonio concertado anteriormente. Y si bien la novela mantiene al lector en vilo hasta el final, no dejando entrever ni un atisbo de lo que sucederá y de cómo se resolverá ese capricho amoroso que dura varias décadas, no es el suspenso lo que enamora del libro. Lo que apasiona es cómo Pamuk describe detalladamente cuanto rodea de la vida y las circunstancias de ese hombre obsesionado, que para honrar a la amada decide recoger cuanto objeto haya tenido que ver con la existencia cotidiana de esa muchacha: un lápiz, una prenda, un adorno, una hebilla para el pelo, una estatuilla tosca de cerámica, frascos vacíos de perfume, colillas de cigarrillos, etcétera.


Y lo maravilloso es que ese extraordinario despliegue de detalles no aburre: sirve sí para hacerse el lector una composición de lugar más certera, forjar un sentimiento más aproximado a las vicisitudes, alegrías y desventuras de ese hombre perdido por una mujer ¿Perdido? En realidad, no. Pues la novela comienza haciendo mención al día más feliz en la vida de Kemal Bey: el 27 de abril de 1975 y termina el 12 de marzo de 2007, en que antes de morir asegura: “Que todo el mundo sepa que he tenido una vida muy feliz”


Quizá esté de más mencionar que a través de los vericuetos de esta historia amorosa, se van descubriendo la vida y los seres que pueblan esa ciudad increíble, por muchas circunstancias, que es Estambul. Todo es riquísimo y variopinto allí; además se atisba su realidad política, tan vapuleada. Nada de esto extraña, al ser Pamuk un autor tan avezado y brillante, amante incondicional de esa ciudad que tanto ha mostrado en sus otras novelas.


En la revista adnCultura (La Nación) de hace tres semanas, un crítico literario, con todo el vuelo de un académico, hizo un comentario sobre este libro. Pero al advertir qué flaco favor le hacía al dejar de lado todo el encanto que contiene y la delicia que provoca, me decidí a escribir esta nota. No tan solemne quizá, ni con la mirada distante de un observador despojado de emoción, pero con un poco más de pasión.
Pues eso es lo que me provocó el libro.
Que además, por cierto, es una verdadera obra de arte.
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viernes, 8 de enero de 2010

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“Con Jorgelina”
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por Jorgelina Lagos
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Como comienzan muchas cosas importantes en la vida, esta historia comenzó casi sin haberla pensado. El 8 de marzo de 2009 yo le daba el puntapié inicial a un programa de radio que, en verdad, no sabía muy bien qué formato tendría. Sí sabía que daría mis pareceres sobre cine, teatro, literatura y todo lo que, de una u otra manera, ha venido develándome en las últimas décadas. Es decir, difundir y apuntalar la cultura artística; la razón de mi vida (uy, qué feo suena ¿no?), por otra parte.


Días antes de comenzar a gestar aquel primer programa, alguien, avisado, se apresuró en decirme: “Vas a comenzar el Día de la Mujer”. No pude ocultar mi sorpresa y turbación.
Sentí que, de alguna manera, la circunstancia me obligaría a abordar el tema. Yo, que detesto “los días de” que siempre hacen alusión a minorías desprotegidas por la sociedad (aunque los comprendo, pues por algo existen), decidí tomar la oportunidad y sacarle provecho. Así, a los tumbos, sin una idea muy clara todavía, me lancé a dedicarle aquel primer domingo a LA mujer. ¡Qué dilema! Y bueno, fue un programa un tanto improvisado, sobre la marcha, con todo el material literario que anda dando vueltas por allí: Neruda, Machado, Hernández, etcétera, tratando de no caer en la cursilería. Y en lo musical allí estuvieron desde Naná Mouskouri, pasando por Paloma San Basilio y Frank Sinatra, hasta llegar a un Plácido Domingo cantando algún bolero de Agustín Lara.


Todo anduvo muy bien y el recién nacido fue recibido con aplausos. Yo, feliz.
Hasta que alguien me sugirió: “¿Vas a seguir esa tónica? ¿Cada programa abordará un tema específico?” Debo decir que la tal pregunta me obligó a tomar una decisión: sí, así lo haría. Cada programa se referiría a un tópico puntual. De esa manera, casi sin cavilarlo, se me aclaró el panorama. Trataría de encontrar fechas, personajes, efemérides, conmemoraciones, movimientos artísticos, sociales e históricos que significaran un punto de partida y una reflexión.
Y, como todos sabemos, el pensamiento debe ser envuelto en un papel de colores atractivos - y con un bello moño, si es posible - para captar la atención. El mensaje radial es fugaz, efímero, inasible: lo sé por experiencia. En el caso de este programa, el envoltorio serían los temas musicales que adornarían a cada uno y le añadirían su cuota de sustancia y cerrarían la idea propuesta.


Sabía que me había metido en una cuestión ardua. Pero amo los desafíos y me lancé al ruedo. Por eso, el segundo programa, el del 15 de marzo, versó sobre la frase del bardo de Avon: “La vida es un escenario y todos somos meros actores sobre él”. Con lectura de trozos de “Como gustéis”; con reflexiones propias acerca del sentido de la existencia; con poesía referida al asunto; con el aporte del ingenio de Sabina (que de la vida sabe y mucho); con momentos musicales de María Elena Walsh interpretados por Susana Rinaldi; con Monserrat Caballé y Freddy Mercury entonando el descomunal “Barcelona” y con la cereza del postre en la voz de Sinatra haciendo “A mi manera”, el segundo programa me dejó casi satisfecha (nunca del todo, ¿eh?) y así me preparé para el siguiente. Para entonces, ya un montón de nuevos amigos radiales (y virtuales) se había incorporado a mi vida y yo entendía que el esfuerzo estaba valiendo la pena.


A lo que siguió después se lo seguiré contando en nuevos envíos (como llama el Dr.
Héctor Rubio a estas notas). Mientras tanto, lo invito a que los domingos a las 11 de la mañana, por 105.5 - FM Cielo – sin tomarme vacaciones: faltaba más – usted, con toda su buena voluntad siga escuchando “Con Jorgelina”. Después del valioso programa de René Sierra, claro.

Lo espero.
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